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El 12 de febrero de 1924 se estrenaba en el Aeolian Hall de Nueva York la célebre Rhapsody in Blue, inicialmente llamada An American Rhapsody, en un concierto titulado An experiment in Modern Music en manos del director de orquesta Paul Whiteman y su banda Palais Royal Orchestra. La obra no fue fruto de un trabajo compositivo extenso ni de un planeamiento estructural de gran vuelo. George Gershwin, como buen artista de jazz, vivía en una rutina poco rutinaria. Después de aquel primer propósito inicial con Whiteman, al compositor se le pasó totalmente por alto aquel proyecto. No fue hasta que, tres semanas antes del concierto, incrédulo, Gershwin vio anunciado el estreno de su obra cuando ni siquiera había escrito una sola nota. Con una composición incompleta, el creador se presentó en la première improvisando grandes fragmentos de los solos de piano que él interpretaba. La primera versión de la obra estaba pensada para dos pianos, pero se arregló y orquestó en dos partes para que se interpretara con el piano de Gershwin y la orquesta de Whiteman.
Una improvisación, fruto de una necesidad, que fue lo que justamente transformó aquella pieza en una obra única, fresca y virtuosa. Este “experimento” supuso toda una acción revolucionaria en la época, no sólo a nivel musical, también social.
“El experimento supuso toda una acción revolucionaria en la época, no sólo a nivel musical, también social”
Tras el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918, la sociedad americana se había adentrado en una vorágine de crecimiento económico y demográfico. Con una población que había tenido que involucrarse en diversos conflictos bélicos, en las calles de Nueva York se respiraba ganas de querer pasarlo bien. La población afroamericana era cada vez más importante y las calles y bares se llenaban de un nuevo género llamado jazz.

Los musicólogos americanos Jeffrey Melnick y Jeffrey Magee coinciden en que en aquella época el jazz no se consideraba como un género convencional “sino una colección de diversos estilos musicales de origen afroamericano”. En una época con una gran diferencia social entre colectivos incluir el ragtime, el stridepiano de Harlem, el blues, la técnica de los pianistas que tocaban fragmentos de canciones a las discográficas … la sensación jazzística, en definitiva, al ritmo, color y armonía de una rapsodia clásica suponía un éxito total al propósito de Gershwin y Whiteman. No estaba demasiado visto combinar, por ejemplo, el ritornello, típico del barroco y el ritmo del tren que el compositor cogía para ir de Nueva York a Boston.
A diferencia de muchos compositores de música orquestal de la época, Gershwin no vivía en la burbuja de las clases acomodadas, los recitales de clásica y de la vida glamurosa. En palabras de Arnold Shoenberg, Gershwin era un hombre que “vive en la música y lo expresa todo, de forma seria o no, profunda o superficial, a través de su música, que es su lenguaje nativo”.
“La música es su lenguaje nativo”
Arnold Shoenberg sobre Gershwin
Nacido en 1898 en una familia de ascendencia judía y rusa, en sus primeros años de vida mostró una indiferencia absoluta en el mundo de la música. No es hasta que cumplió 12 años que su familia adquirió un piano para su hermano Ira, un instrumento que George terminó tocando más que él. El joven artista quedó fascinado por el arte que se respiraba en la Nueva York de los años 1910. Espoleado por su mentor y maestro Charles Hambitzer, se introduce en las primeras salas de conciertos de música clásica que, gracias a su intuición armónica, memoria musical e improvisación, reproducía su piano a la vuelta de las actuaciones que presenciaba. Su presencia en el mundo de la música pop fue aumentando a medida que Gershwin llegaba a su mayoría de edad que fue cuando se adentró en el mundo de las productoras de música popular.
El joven compositor, por lo tanto, se sumergía con Rhapsody in Blue en un mundo en el que era un extraño con un currículum bastante inusual. Este perfil tan atípico permitió incorporar una bocanada de aire fresco en una música clásica americana que buscaba su propia identidad.
La obra es un reflejo del llamado sueño americano, de la creación de una nueva música tradicional americana basada en las aportaciones afroamericanas, de la tradición europea y de las clases migrantes más humildes. De hecho, en algunos pasajes de la rapsodia se pueden llegar a apreciar influencias de la música judía.
La innovación es fruto de combinar lo desconocido con el riesgo. Un artista puede elucubrar durante horas y horas sobre cómo conseguir una obra diferente, que cambie el panorama musical. Sin embargo, el cambio no llega a través de reproducir lo ya creado, se consigue a través de elementos novedosos y que han tenido poca experimentación. Este cambio de paradigma no podía llegar por parte de alguien que no tuviera el perfil de Gershwin, lleno de juventud y que se había movido dentro de la escena jazzística, un mundo prácticamente desconocido para los compositores clásicos de la época.
El valor histórico de Rhapsody in Blue genera gran consenso actualmente. Un prestigio que ha tenido que hacerse su lugar en la historia después de iniciarse con una crítica poco fervorosa. Leonard Bernstein dijo años más tarde del estreno que esta rapsodia no era una “composición del todo” a pesar de tener unos temas fabulosos. Justamente el hecho de sobresalir en ese experimento y conseguir llevar el jazz a sus límites es lo que hizo que se creara polémica a su alrededor. Críticos como Oscar Thompson consideraban que “jazzificar” la clásica destruía la belleza original de este género propio de las clases más opulentas. Otras figuras como Duke Ellington, consideraban que era mejor mantener el jazz en su fuerza inicial. Con obras como las de Gershwin y orquestas como Paul Whiteman había surgido un sentimiento que el jazz se desvirtuaba con la sofisticación de la clásica. También podía parecer que desaparecía uno de los elementos más importantes del jazz: las raíces afroamericanas. Al mundo clásico del centro de Europa le costaba entender que, con creaciones como la Rhapsody, la cultura de los negros estaba cambiando la música americana.

Parte de esta crítica podía llegar a ser justificada con el hecho de que la composición se basara en la estructura de la improvisación. Lo que inicialmente puede parecer una virtud a la hora de dar una impresión fresca y renovadora, acaba convirtiendo la obra en una composición sin demasiado crecimiento ni progresión temática. Esto se debe a que, en el mundo de la improvisación, a menudo prima la capacidad del artista de crear en el momento unas notas que encajen perfectamente con el resto de la obra que no su complejidad y evolución armónica o melódica. Dos visiones que, lejos de ser antagónicas, son interdependientes.
“A Europa le costaba entender que, con creaciones como la Rhapsody, la cultura de los negros estaba cambiando la música americana”
Con los cambios en tendencias estilísticas a lo largo de los años, esta crítica compositiva ha terminado quedando desfasada. Gershwin, de hecho, llegó a decir “a veces lo que sale de mi piano me ha llegado a asustar”, una cautela compositiva que actualmente no tendría sentido. El compositor consigue un equilibrio virtuoso entre talento y entrenamiento. El americano parte de una técnica poco trabajada pero que consigue dejar en segundo plano gracias a su madurez musical innata.
En la contemporaneidad de cambios rápidos y radicales, la sociedad necesita identificarse con unos referentes y sentir que forma parte de la colectividad del cambio. La clásica asume, poco a poco, que debe buscar formas de cumplir esta función. El arte, liberador y humanizador, transforma perspectivas y nos reafirma como individuos. La revolución social que necesitamos pasa por, como con Rhapsody in Blue, reivindicar y revalorizar aquellas ideas expresivas que demasiado a menudo son invisibles. Hacer música de y para las clases más silenciadas, acercar otras realidades al recital de exuberancia de las clases más acomodadas. Tener la libertad de apropiarse de quince minutos para poder escuchar la Rhapsody in Blue sin sometimiento al trabajo, a las preocupaciones, los pagos, abrir el agua caliente de la ducha y entonar las memorables melodías de la obra. Y si se llega a coronar la cima, conseguir crear tu propia rapsodia.
Haga clic aquí para escuchar la Rhapsody in Blue de Gershwin interpretada por la Orquesta Filarmónica Nacional de Eslovaquia bajo la batuta del checo Libor Pesek.

Este icónico musical de 1952 nos ha regalado numerosos bailes y canciones para la posteridad, desde la mítica Singin’ in the rain hasta el You were meant for me versionado por Gene Kelly. Para estos tiempos de lluvia y calor, pero, Good morning es, sin duda, la canción que tenemos en constante replay en nuestras listas de música estival.
La versión que hacen Donald O’Connor, Debbie Reynolds y Gene Kelly de esta canción —originalmente interpretada por Judy Garland y Mickey Rooney en la película Babes in arms (1939)— refleja como ninguna otra la energía que nos ayuda por la mañana a hacer frente planes improvisados durante la noche: es libertad en estado puro, las ganas y el atrevimiento de hacer cosas nuevas que nos da el verano. Después de meses de un pesado confinamiento, las vacaciones de agosto de este año se presentan como una nueva oportunidad para sentirnos más vivos que nunca, y ¿qué mejor que hacerlo empezando nuestros días de buen humor con Good morning?
In the mood es uno de los más grandes jazz standards para big band por excelencia. Número 1 durante casi 3 meses en las listas musicales de los Estados Unidos en 1940, este hit adquirido por Miller en 1939 constituye una delicia de swing instrumental. La vivacidad de los instrumentos junto con el ritmo y la melodía pegajosos pondrán a cualquiera que escuche este tema con los pies en marcha y un no parar de movimiento de cadera.
El tema In the mood es tan ideal para los viajes en coche como para las barbacoas al aire libre, si es que no lo hemos escuchado antes para marcarnos sencillamente un baile en la sala de estar de casa. Sea como sea, la obra de Miller consigue crear un ambiente dinámico y estimulante que no nos decepcionará estas vacaciones de verano.
Hay compositores cuya música —secretamente y por razones inexplicables— no soportamos. Del mismo modo, hay artistas a los que admiramos sin ningún motivo concreto. En mi caso, Sarasate es un ejemplo de los últimos. La ligereza y el virtuosismo de sus obras, a menudo impregnadas de un nerviosismo infantil, las convierten en un acompañamiento ideal para las vacaciones de verano. El Zapateado es la propuesta del compositor navarro que ha ganado un lugar en esta lista. El folclore español, como en la mayoría de su producción, goza de un importante papel en esta obra, caracterizada por una velocidad de ejecución también requerida en una gran parte del resto de su catálogo.
Sarasate, en el Zapateado, transforma en una partitura para piano y violín la fogosidad un baile hermano del claqué que ya hemos visto en Good morning de Singin’ in the rain. El espíritu animoso de la música convierte esta obra en una propuesta perfecta para el sol del verano, el choque entre las olas del mar y el ruido de la vida en la calle, que vuelve después del confinamiento.
Florence Price es una gran compositora aún por descubrir: una cata de su música nos permite viajar a los Estados Unidos más salvajes y rurales —lejos del ruido de las grandes ciudades con rascacielos—, nos remite a las raíces de la población negra con los sonidos de las melodías religiosas afroamericanas y nos da la oportunidad de disfrutar de la confluencia entre los valores tradicionales europeos y los géneros musicales de esta comunidad del sur que tanta discriminación ha sufrido históricamente en el país del American Dream.
Summer moon es una pieza para piano que evoca las raíces de la compositora, creando una atmósfera de nostalgia y, al mismo tiempo, de disfrute del presente. La melodía, que a menudo recuerda al estilo de Debussy, transmite la calidez fruto del encuentro con los seres queridos y refleja las noches estrelladas de verano. Es una obra cándida, inocente, ideal para este mes de Perseidas.
Enric Granados ha sido una figura clave en la escena musical catalana. Entre su amplia producción, Escenas románticas constituye un maravilloso ejemplo del lenguaje intimista del compositor leridano. Este pequeño conjunto de seis breves piezas para piano fue fruto de una de sus relaciones extramatrimoniales, en este caso con María Oliveró, y fueron compuestas en 1904. La última es el Epílogo, una melodía que impulsa el recuerdo y la memoria pero con la mirada siempre hacia el futuro. Esta pieza de Granados es un incentivo en agosto para no olvidar todo lo que ha pasado durante los últimos meses, para reflexionar sobre estos eventos y, una vez estemos listos, para afrontar el futuro que se nos presenta, con todo lo que conlleva. Es un canto a la vida, que siempre debería estar presente en la última página de todos los libros —y ahora, que tanto lo necesitamos, más que nunca.

Ya son cinco ediciones las que el DeltaChamber Music Festival organiza religiosamente desde que comenzó. Este verano no ha sido, pues, una excepción, si bien el festival internacional ha tenido que adaptarse a la situación actual ocasionada por la COVID-19. Posiblemente los cambios más destacados del evento recaen en su formato, que se ha lanzado al agua con unos rompedores “conciertos individuales”: han sido la respuesta más evidente a la pandemia y han consistido en la creación de una velada tan íntima como breve -—cada concierto duraba aproximadamente diez minutos— entre un solo oyente y un solo músico, respetando siempre la distancia de seguridad y, al mismo tiempo, creando un ambiente muy personal a partir de un contacto visual directo entre el público y el intérprete. Además de estos conciertos, que se llevaron a cabo entre el 28 y el 30 de julio, el festival también ofreció a su público tres conciertos de música de cámara en la plaza del Ayuntamiento de Amposta los días 31 de julio y 1 y 2 de agosto.
El DeltaChamber Music Festival, que nació fruto de la iniciativa de los clarinetistas Laura Ruiz Ferreres y Pablo Rodríguez Ruiz —ambos ampostinos—, este año ha acogido tan sólo artistas nacionales
El DeltaChamber Music Festival, que nació fruto de la iniciativa de los clarinetistas Laura Ruiz Ferreres y Pablo Rodríguez Ruiz —ambos ampostinos—, este año ha acogido tan sólo artistas nacionales —un total de siete— para más de 400 espectadores, convirtiéndose en un éxito total teniendo en cuenta las circunstancias actuales. Circunstancias que, por cierto, tampoco han parado la celebración de la 27ª Muestra de Jazz de Tortosa. Ésta, que también ha querido dar un especial apoyo al sector restaurador de la ciudad, ha puesto especial énfasis en los conciertos libres en los diferentes locales y establecimientos de la ciudad además de haber dedicado enteramente la edición los músicos de los Países Catalanes y muy especialmente a los de las Tierras del Ebro.
Es así pues como la Muestra de Jazz de Tortosa de este año se ha convertido en un espacio de promoción y apoyo a los artistas nacionales, todos seleccionados en el marco de la 14ª edición del Espai del Jazz Jove de los Países Catalanes. El festival, que en ediciones anteriores formó programación con artistas de la talla de Chick Corea y Tete Montoliu, este año presenta como platos fuertes la banda Patax —formada por jóvenes virtuosos que fusionan el flamenco con el latin jazz y el funk—, The Sey Sisters —tres hermanas catalanas que, a través de su música, reivindican sus raíces africanas— y, finalmente, la Tortosa Big Band —formación que propone un viaje a través de los grandes éxitos de la historia de las bandas de jazz.
Naturalmente, la COVID-19 ha provocado que las organizaciones de ambos festivales llevaran a cabo un replanteamiento de estos que, en el caso del DeltaChamber y a raíz del impacto de los nuevos conciertos individuales, ha provocado que no se descarte mantener este nuevo formado en las próximas ediciones. La importancia que se otorga a los músicos de la zona tanto en la Muestra de Jazz como en el festival ampostino también hace patente una actitud hacia el talento autóctono que todavía cuesta ver en este país, donde demasiado a menudo se necesitan esfuerzos para que la cultura musical propia ocupe espacios importantes en las diferentes programaciones.
Las Tierras del Ebro, que han sido la cuna de Felipe Pedrell y de un amplio recorrido sobre todo bandístico, hacen gala de su talento y de la vivacidad de su tradición musical con iniciativas que no paran de crecer como la Muestra de Jazz y el DeltaChamber, a las que se suman otros proyectos entre los que encontramos la Orquesta y la Banda Sinfónicas de las Tierras del Ebro. Si bien los equipamientos culturales no siempre se ajustan a las necesidades musicales del terreno, hay que prestar atención a los esfuerzos que se están llevando a cabo con el fin de sacar adelante el ambiente musical que el sur de Cataluña se merece.
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“Si algún festival en nuestra casa está pensado para vivirlo ‘in situ’, éste es el de Peralada. Los jardines, el castillo, la experiencia en Peralada…Este año nos conectaremos, pero de manera responsable”, comentó Aguilà, en la Galería Marlborough de Barcelona, dentro del marco de la presentación de esta nueva edición del festival.
La presidenta de la Fundación Castell de Peralada, Isabel Suqué, explicó que la decisión inicial de anular todos los actos “les produjo mucha tristeza, porque habría sido la primera vez que no levantaban el telón” desde el nacimiento del festival. Por este motivo, finalmente optaron por adaptarse a la situación excepcional causada por la pandemia del coronavirus. Tres noches del festival estarán dedicadas a los actores más afectados por la crisis: el sector sanitario, el sector del turismo y el mundo de la cultura y la comunicación.
La textura del Festival Castell Peralada Livestream también responde a la situación actual. “No estamos de celebración. La programación de este año está pensada para la reflexión. Un festival como el de Peralada tiene que ejercer liderazgo y responsabilidad; cabe programar de acuerdo con los tiempos que vivimos”, afirmó Aguilà.
La primera propuesta del festival es ‘Entremos en el jardín’, de la bailaora María Pagés. Este espectáculo, preparado especialmente para el Festival de Peralada, habla de la búsqueda de la felicidad que, a los ojos de la creadora, es un estado de esperanza, y entabla un diálogo con poetas místicos como Fray Luis de León. El título del espectáculo evoca el reencuentro con la naturaleza después de los meses de confinamiento y, en concreto, la entrada en los jardines de Peralada. Pagés actuará el 22 de julio en la Muralla del Carmen acompañada de siete músicos: dos voces femeninas de flamenco, una guitarra, un violín, un violoncelo y una percusión.
Tres días más tarde, el 25 de julio, la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo, dirigida por Josep Pons, compartirá escenario con el artista plástico Santi Moix.Este concierto-performance, que es un ejemplo paradigmático de la simbiosis de artes que caracteriza al Festival Castell de Peralada, empezará con la interpretación de la Setena Sinfonía de Ludwig van Beethoven —con motivo de la conmemoración del 250.º cumpleaños del nacimiento del compositor— y culminará con la Música para los reales fuegos artificiales de Georg Friedrich Händel. Durante esta segunda parte dedicada a la obra de Händel, Moix usará la técnica de pintura al fresco para elaborar una obra de grandes dimensiones inspirada en los fuegos artificiales. Según Moix, los fuegos artificiales tienen “una gran capacidad de unir las personas” y, por esto, “son un tema muy oportuno”.
También en la Muralla del Carmen, el cantante y compositor Alfonso de Vilallonga presentará el 27 de julio un estreno absoluto: su nuevo disco de chanson francesa,Hors de saison (en español, “fuera de temporada”). Actuará acompañado por Pau Figueres, Juan Pastor, Rita Payes e Iannis Obiols.
La primera propuesta ubicada en la Iglesia del Carmen girará alrededor de la figura de Josep Carner, el “príncipe de los poetas”, que murió hace cincuenta años. El tenor David Alegret y el pianista Rubén Fernández Aguirre presentarán el 28 de julio Canticel. Un homenaje a Josep Carner. Este recital, basado totalmente en poemas de Carner, se divide en dos bloques: por un lado, Alegret y Fernández interpretarán canciones de compositores del siglo XX, como Eduard Toldrà y el pereladense Joaquim Serra; por el otro, tres compositores catalanes —Alberto García Demestres, Albert Guinovart y Miquel Ortega— estrenarán obras musicales que han compuesto a partir de versos de Carner.
Al cabo de dos días, el 30 de julio, el malagueño Carlos Álvarez pisará la Iglesia del Carmen para presentar un ciclo de canciones compuestas por Miquel Ortega y basadas en poemas de Rafael Alberti, Federico García Lorca y Antonio Machado, entre otros. Este recital también incluirá un seguido de arias de ópera —de compositores como Leoncavallo y Saint-Saëns— que son “auténticas rarezas”, según el director del festival, y que por esto pocas veces se interpretan en público.
El artista francés Christophe Chassol, inventor del género ultrascore y compositor de jazz experimental, cerrará el Festival Castell Peralada Livestream con la presentación de su film musical Ludi, una obra inspirada en la novela Das Glasperlenspiel (en español, El juego de los abalorios) de Hermann Hesse. Este concierto, programado para el 31 de julio, está pensado para un público joven y llega en Cataluña por primera vez.
Además de las propuestas musicales, los organizadores del festival también han programado tres coloquios, en los que se tratarán temas tan diversos como la figura operística de la prima donna (23 de julio), el futuro de la cultura después del coronavirus (24 de julio) y la composición del lied y la canción en el siglo XXI (27 de julio). También se harán dos sesiones del Campus Peralada, el 29 y el 31 de julio, que tienen por objetivo aproximar las artes a los jóvenes talentos del territorio, y una exposición digital de algunas de las obras de Pablo Genovés, el artista que ha creado el cartel de este año.
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La situación actual por la pandemia de la Covid-19 limita temporalmente la posibilidad de ver grandes cabezas de cartel internacionales. La organización, sin embargo, explica que es también una oportunidad para descubrir “el enorme potencial del talento de casa”. El Cruïlla XXS sigue la línea de su hermano mayor y apuesta por la mezcla ecléctica de muchos estilos. Al XXS, aparte de música de diversos géneros, se verán espectáculos de danza, artes escénicas y circo. También se podrá disfrutar del humor del ciclo Comedy y se podrá reflexionar con las ideas de los ponentes de un conjunto de debates llamados Cruce Talks. Esta es una muy buena oportunidad de familiarizarse un público que frecuenta conciertos de otros estilos, con la clásica o el jazz.
La ocupación de los conciertos del Cruïlla XXS se limita a 400 personas
El nuevo festival estrena bajo el lema de “menos es más”. Con menos espacio, menos aforo y menos antelación para congregar los artistas, se quiere conseguir captar un público más diverso y mostrar una mayor oferta cultural. La limitada ocupación de los eventos del Cruïlla XXS, que se limita a 400 personas, permite acercar el público a sus artistas locales favoritos. En un tiempo en que se debe mantener la distancia social y en el que se organizan pocas propuestas en vivo, este festival es una muy buena noticia para conectar mejor que nunca con las músicas de autor, los artes a pie de calle y la danza.

El festival no será un evento concentrado en pocos días y durante muchas horas como el Cruïlla, será un ciclo que se alargará durante todo el mes de julio de este año y principios del mes de agosto. Además, el Cruïlla XXS no se celebrará en un gran recinto lleno de escenarios como el Fòrum, tendrá lugar en lugares emblemáticos de Barcelona como el Pueblo Español, los jardines del Teatre Nacional de Cataluña o el Recinto Modernista del Hospital de Sant Pau. Los abonos del festival Cruïlla convencional que debía tener lugar este año son válidos para la edición de 2021, por la que ya se ha anunciado los primeros artistas. La compra de entradas de la edición XXS es diferente a la que el público suele estar acostumbrado ya que previamente se han de aceptar las condiciones sanitarias requeridas por la organización y seguir las normas de orden e higiene para evitar la transmisión del virus.
Con el inicio de las primeras fases previas al desconfinamiento total, poco a poco, se vuelve a reactivar el consumo de actividad cultural. Este nuevo festival es sólo uno de los ejemplos de reinvención para intentar salvar una temporada que ha quedado gravemente afectada y una economía del sector cultural que lleva años en crisis.
Entre todos estos eventos, hay un gran número que están vinculados a la música clásica, el mundo jazzístico y la danza. Desde Barcelona Clásica os recomendamos algunas de estas propuestas en un calendario interactivo.

Atrás quedan las ediciones de los años 50 y 60 en la que el canto lírico, la chanson y el jazz pop monopolizaban las canciones que conseguían ir. Tras el boom del pop europeo de los 70 y las interminables baladas de los años 80 y 90, en los últimos años el festival ha logrado mostrar una gran diversidad de estilos y géneros musicales. Aunque con la década de los 2000 volvieron a aparecer propuestas líricas y jazzísticas, la deriva satírica de aquellas ediciones no las premió con los famosos douze points. En los últimos años, sin embargo, el festival ha ido recuperando la calidad musical y la popularidad que tuvo en otras décadas y las propuestas jazzísticas y de fusión operística que han conseguido llegar a esta plataforma con millones de espectadores se han multiplicado, algunas de ellas obteniendo buenas clasificaciones e, incluso, con oportunidades de ganar.
Una de las propuestas líricas memorables más recientes es La Forza, de la estonia Elina Nechayev. Esta canción está escrita completamente en italiano y nos apela a luchar por nuestros sueños y a salir adelante gracias a “la forza del destino”. Elina Nechayev es una soprano graduada en canto lírico por la Academia de Música y Teatro de Estonia, una de las más importantes del país, y ha participado en multitud de recitales de música clásica y programas de televisión. Después de ganar el Festival de la Canción Estonia (EestiLaul), representó a su país en la edición del festival de Eurovisión de 2018 en Lisboa. Su canción tuvo una muy buena acogida por la crítica y el público y logró subirse a una muy buena 8ª posición. Su puesta en escena consistió de un gran vestido donde se hacían proyecciones audiovisuales siguiendo el ritmo de la música. La Forza consiguió entrar en las listas de éxitos musicales de Estonia y llegó a ser número 1 durante varios días.
Tras la victoria finlandesa del grupo de heavy metal Lordi y su Hardrock Hallelujah, la propuesta de Alemania buscó distanciarse del ganador de la edición anterior con una canción jazzística para big band el más puro estilo crooner. Roger Cicero era un cantante de swing nacido en Berlín que se había erigido como una de las figuras del jazz alemán más populares. Una enfermedad, sin embargo, causó su muerte en marzo de 2016. El título de la canción que la televisión pública alemana presentó para la edición del festival de 2007 Frauen regieren die Welt se traduce literalmente como: las mujeres dominan el mundo. La actuación, que contó con los músicos de la banda del cantante, no tuvo demasiado buen recibimiento y quedó en una pobre 19ª posición. La letra de la canción, que habla del amor hacia una mujer, fue tachada de anticuada y chovinista por parte de algunos colectivos feministas del Estado germano.
Malena Ernman es una soprano de renombre dentro del mundo operístico sueco. En 2009 la cantante se presentó en el Melodifestivalen sueco con La Voix, una canción de pop operístico íntegramente en francés. La canción fue todo un giro de guión en las propuestas suecas, mayoritariamente europop y en inglés. Aunque la propuesta consiguió una posición muy baja en la gran final del festival, celebrado ese año en Rusia, la canción logró ser número 1 en las listas musicales de Suecia y de otros países como Noruega o Finlandia. La puesta en escena y las notas agudas de la pieza han conseguido perdurar en la memoria de muchos espectadores y ha sido versionada por varios artistas. En los últimos meses, Ernman ha vuelto a estar en medio del ojo mediático por ser la madre de la activista medioambiental Greta Thunberg.
Después de una larga ausencia de Italia en el festival, el país volvió a él en 2011 con una participación histórica. Tras la victoria de Alemania en 2010, el festival se celebró en Düsseldorf. Italia se arriesgó con una propuesta de stride piano que combinaba el italiano con algunas frases en inglés. Gualazzi es un músico de la escena jazzística italiana que también ha tocado el R & B que ganó el Festival de San Remo de jóvenes artistas ese mismo año. El cantante tocó el piano en directo por el público de Dusseldorf y la banda que la acompañaba también. La propuesta superó todas las expectativas y logró una excelente segunda posición con 189 puntos, convirtiéndose en la primera canción jazzística en conseguir una posición tan alta en muchos años.
Siguiendo la tradición operística del país mediterráneo, la RAI italiana presentó esta canción en el festival de 2015 que se celebraba en Austria. El festival de ese año dio un especial protagonismo a la música clásica al celebrarse Viena y contó con la participación de la Filarmónica de Viena. Il Volo es un conocido trío masculino de Ópera-pop italiano que ganó el Festival de San Remo de 2015 y consiguió el pase en el festival europeo. Grande Amore es una canción escrita completamente en italiano y que habla de la pasión y la grandilocuencia de todo lo que rodea el enamoramiento. La propuesta logró ganar la votación del público y se obtuvo la medalla de bronce en la suma del total de puntos del público y el jurado de cada país. Desde ese momento, el grupo ganó mucha popularidad en Europa y Grande Amore entró en las listas de éxitos de un gran número de países.
En una lista como ésta no podía faltar el fenómeno Amar pelos dois. Después de muchos años de poca notoriedad de Portugal dentro de Eurovisión, la televisión pública portuguesa decidió transformar el histórico Festival da Canção, cuyo ganador iba al certamen europeo. Se potenció la diversidad del perfil de artistas y las canciones del estilo propio de la música portuguesa. Salvador Sobral, cantante emergente de jazz y música alternativa, recibió parte de su formación en Barcelona donde estuvo viviendo y actuando durante un buen periodo. Sobral ganó el festival portugués junto con su hermana Luísa Sobral, compositora de Amar pelos dois, y posteriormente ganó Eurovisión. La victoria fue histórica para el país ya que fue la primera por Portugal en todos los años de participación, y consiguió una puntuación récord en la historia del festival con 758 puntos. Amar pelos dois no tiene voces de apoyo y el acompañamiento se basa en instrumentos de cuerda. La melodía está influida en parte por las líneas melódicas de la bossa nova y la letra, íntegramente en portugués, habla de un amor perdido y de la continua búsqueda para encontrarlo. El mismo Sobral la describe como “una canción de amor, pero triste”. La victoria supuso todo un cambio de paradigma en las canciones que ganaban el festival, espoleando artistas de la escena alternativa a participar ya hacerlo en su lengua, ya que fue la primera canción de habla no inglesa en ganar el festival en 10 años.

Lejos quedan las noches de farándula en la Barcelona de los “locos” años veinte del siglo pasado. En aquellos tiempos la ciudad condal se erigió rápidamente como un referente en el Estado en la innovación estilística proveniente de la efervescente escena musical de EEUU. Ya en aquella época, se demostró la gran capacidad que tenía la sociedad barcelonesa y del resto del territorio por ser pionera, innovar e integrar nuevos estilos musicales como el swing o el foxtrot a las formaciones asentadas del momento. Las parejas, consolidadas en el mundo sardanístico, comenzaron a añadir bailes de salón americanos a sus actuaciones. En la plaza sardanas y por la noche, el casino, fiesta con la copla. Aparecieron las primeras bandas de jazz para actuar en los hoteles que acogían los invitados más selectos de la época en una capital con la mente puesta en la Exposición Universal de 1929. Ramon Evaristo capitaneó esta movida jazzística de la ciudad con su Orquesta royaltie. El grueso de nuevos músicos de todo el principado se vio truncado por la llegada de la dictadura fascista que veía estas influencias musicales como una incursión americana, poco propia del territorio. Tete Montoliu es un buen ejemplo. Renovador de la escuela jazzística barcelonesa, demostró su potencial internacional y el de los músicos de nuestro país.
Más allá de los hitos históricos, hay que ser consciente de que el panorama estilístico musical de la Cataluña de los últimos años es muy complejo. Cada vez hay géneros más diferentes, la electrónica invade grandes salas de fiesta que antes estaban dominadas por la música en directo, las grandes discográficas invierten grandes esfuerzos en estrellas pop que generan grandes beneficios económicos. En este contexto, el jazz tiene muchos escollos pero a la vez muchas posibilidades.

Ya lo dicen que la cuestión es adaptarse o morir. En sus inicios, el jazz recibió una multitud de críticas por parte del sector más conservador por su “poca seriedad”. La improvisación, el uso de nuevos instrumentos, una mayor libertad sonora y, porque no decirlo, el hecho de ser una música hecha por una minoría como la afroamericana, fue la punta de lanza de las críticas. Es esto, justamente, lo que hace único este estilo y lo que le está permitiendo perdurar en la actualidad.
La capacidad de adaptación del universo jazzístico ha logrado metas, como volver a poner el estilo en el centro de la vanguardia musical en varias ocasiones. El fenómeno de los años ochenta del acid jazz, que incorporaba recursos propios del funk o disco, renovó el sector en todo el planeta e integró muchos elementos sonoros de este género a la música pop-rock y el groove más electrónico. Siguiendo la misma influencia, géneros como el electroswing o el new wave synthpop están disfrutando de un gran éxito entre la población joven. Estos estilos híbridos familiarizan a un público poco acostumbrado al estilo jazzístico y la acercan a esta forma de concebir la música. En la música clásica, la incidencia no es nueva. Compositores como George Gershwin con Rhapsody in blue y An american in Paris y de más recientes como John Williams ejemplifican esta influencia. Más cerca de casa tenemos las bandas sonoras del catalán Carles Cases, ricas en influencia de las notas azules del jazz, la fusión estilística de Judith Neddermann y el sonido jamaicano de The Gramophone Allstars Big Band.
“El sector ha de abrir los brazos a la intromisión de músicos con poca formación”
El jazz, sin embargo, se ha intelectualizado. Las salas más populares donde frecuenta el mayor número de personas se han llenado de música grabada y tratada previamente. Y no es realmente jazz el jazz de fondo que se escucha a los chill-outs y las terrazas. Es música pregrabada, en un tercer plano y con una escucha absolutamente pasiva, cosa poco propia del jazz auténtico. Las bandas pop han invadido la mayor parte de los espacios donde sí se pone en valor la música en directo. Es, sin embargo, en este contexto, cuando un público más sensibilizado interesa por el sonido en directo y valora la magia de hacer una música que es diferente cada vez que se interpreta.
Es por este motivo que triunfan los festivales como El Festival Jazz Costa Brava de Palafrugell, el Festival Jazz Barcelona o El Festival Jazz Vic, que representan una asentada red de eventos alrededor de este estilo que atraen a miles de personas cada año. Si bien reúnen grandes profesionales de todo el mundo, la gran academización de los músicos ha llevado el jazz a ser demasiado a menudo algo de unos pocos intelectuales, se ha percibido como algo poco popular y con una residual participación espontánea al escenario por parte del público.
Es cierto que las grandes discográficas se han dejado llevar por las grandes tendencias musicales y han dejado de apostar por ciertos perfiles de artistas. Y lo hacen con muy poco acierto ya que es posible volver a llevar música jazz en el mercado más mainstream. En 2011, Tony Bennett, el eterno rival de Sinatra, consiguió colocar por última vez una canción jazzística en las listas globales de éxitos musicales. Fue con Body And Soul en colaboración con Amy Winehouse. Sus discos de duetos con artistas del momento como Mariah Carey, Christina Aguilera, Marc Anthony y, con especial éxito, Lady Gaga, han conseguido volver a popularizar entre un sector del público canciones pop jazzísticas con todo el esplendor de la Big Band.
Para cubrir este vacío en la producción musical, a mediados de los años ochenta aparecieron en Cataluña pequeñas discográficas que apostaban por estos sonidos. De esta manera se consiguió seguir produciendo nueva música jazz y ofrecer una carrera discográfica propia a nuevos músicos emergentes del territorio.
La aparición del Taller de Músics en finales de los años 70 y el éxito de la Sant Andreu Jazzband son sólo algunos de los ingredientes que han permitido que ahora el sector disfrute de una excelente plantilla. Andrea Motis, Roger Mas, Marco Mezquida, Llibert Fortuny, Raynald Colom, Ignasi Terraza, la jovencísima Rita Payés … Todos ellos se enfrentan al reto de evitar el presagio que explicaba el protagonista de LaLaland al inicio de este artículo. Deben conseguir acercarse a la gente de entornos más humildes que desconocen la magia de este estilo, tienen que abrir los brazos a la intromisión de músicos con poca formación, deben convencer a propietarios de locales que el jazz lleva una fiesta única y actual.
Cataluña lo tiene todo para triunfar jazzísticamente, ahora sólo falta convencer a más gente. Para saber más sobre los grandes músicos de jazz y el mundo de este estilo musical en Cataluña haga click aquí.
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