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El tenor francés hace gala del doblete verista de Cavalleria Rusticana / Pagliacci, con el exitoso montaje firmado por Damiano Michieletto, junto a las sopranos Pankratov y Kurzak.
La llegada de la última producción del 2019 en el coliseo de La Rambla no ha pasado desapercibida para nadie. La popular tradición de programar los dos títulos veristas más célebres, Cavalleria Rusticana y Pagliacci, en esta ocasión adquiere aún un vínculo más estrecho con la propuesta escénica de englobar las dos óperas dentro de una misma trama. Montaje que ya fue premiado con un Laurance Oliver al mejor espectáculo del Reino Unido en 2016 y que estos días se podrá ver por primera vez en Barcelona. Cinematográfico, cercano y realista, sin ocultar la crudeza dentro del costumbrismo y con una poesía visual que remarca los momentos introspectivos de los protagonistas, Damiano Michieletto descontextualiza el espacio en una época que bien podría enmarcarse todavía en nuestros tiempos, a pesar de ser pensada en un entorno en la Italia a mediados del siglo XX.
En un mismo entorno y espacio, el intermezzo en cada una de las obras sirve para aportar más información de la trama contrapuesta con la aparición de los personajes correspondientes. En Cavalleria Rusticana se aprecia el aviso de lo que posteriormente se convertirá como detonante de Pagliacci, el amor secreto entre Silvio y Nedda. Respectivamente, en la segunda parte del espectáculo descubrimos la confesión de Santuzza a Mamma Lucia, posterior a los hechos de Cavalleria. El juego al compás del lenguaje audiovisual que propone Michieletto está presente desde el inicio, con un flashback que ya alerta de la muerte que se avecina en Cavalleria, así como el constante movimiento que nos transporta en travelling a través del espacio cuatridimensional (ya sea la finca de un horno familiar, o el teatro del pueblo), eje que gira horizontalmente al ritmo que los personajes cambian sus acciones.
Al frente de la acción, Roberto Alagna se convirtió en la saeta de luz que iluminó el Liceu de principio a fin de la velada. Una voz imponente y timbrada que largamente sobrepasaba la orquesta, con una energía infatigable y un color limpio en la emisión que evidenciaba el buen momento por el que pasa el tenor, ya en su madurez. En Cavalleria Rusticana, un Turiddu excelente y claramente marcado por sus raíces sicilianas en la vida real, de temperamental interpretación, que se mereció la primera gran ovación con el aria “Mamma, que'l vino e generoso”. El Canio de Pagliacci es el ejemplo de uno de los roles más dramáticos que suma a su palmarés de los últimos años, con los que ha ido acomodando su tesitura. El cenit de la noche llegó con un imponente y sentido “Vesti la giubba” que a pesar de los largos minutos de aplausos no consiguieron arrancar un bis deseado.