Decía Goethe que las cartas son uno de los mejores objetos conmemorativos que una persona puede dejar en vida. Esta cita parece confirmarse en algunas relaciones epistolares del mundo de la música. Un ejemplo de ello es el caso de Nadezhda von Meck y Piotr I. Chaikovski, que produjeron alrededor de 1.200 cartas durante los trece años que se escribieron.
Nadezhda von Meck (
née Filarétovna Frolóvskaia), nueve años mayor que Chaikovski, se había casado a los dieciséis años con el ingeniero Karl von Meck, de veintiocho. A pesar de la diferencia de edad, Nadezhda demostró su carácter combativo y no se dejó debilitar por los quehaceres domésticos. La influencia que ejercía sobre su esposo era tal que fue principalmente gracias a ella que Karl von Meck se enriqueció en la década de 1860 tras haber invertido, siguiendo los consejos de Nadezhda, en la construcción de la línea de ferrocarril rusa. En 1876, sin embargo, su marido murió súbitamente, dejándola viuda con una gran fortuna y siete de sus once hijos todavía a su cargo.
Aquel mismo años, siendo una pianista competente y conocedora del repertorio de la época, Nadezhda von Meck escribió a Nikolay Rubinstein, pianista de renombre y director del Conservatorio de Moscú. El objetivo de la misiva era conseguir que algún joven violinista se instalase en su casa para que, juntos, pudiesen interpretar música de cámara. El violinista escogido, Josef Kotek, era alumno de Chaikovski en la misma institución y, dado que von Meck ya estaba familiarizada y se sentía muy atraída por su música, aprovechó para hacer una propuesta formal al compositor. Chaikovski, que entonces tenía treinta y seis años y ya había firmado tres sinfonías, rápidamente aceptó preparar los arreglos de sus obras que la mecenas,
con sincera devoción, le pedía. Lo que vino después es historia que sólo ha podido ser condensada en tres grandes volúmenes. La carta en muestra de agradecimiento por los primeros arreglos que von Meck rápidamente envió a Chaikovski era toda una declaración de intenciones —«con vuestra música vivo más ligera y agradablemente»—, pero el respondió con la misma inmediatez: «Es muy reconfortante pensar que hay una pequeña minoría de personas, a la que usted sin duda pertenece, que ama nuestro arte tan sincera y efusivamente».
Con sólo dos notas comenzó una de las más famosas, extensas y extraordinarias correspondencias de toda la historia de la cultura occidental. El valor de esta “amistad epistolar” pocas veces puede ser exagerado. Chaikovski fue, sin duda, quien salió más beneficiado: encontró en von Meck una protectora, gracias a la que pudo dedicarse exclusivamente a la composición; y, además, una confidente: a pesar de tener un carácter reservado, el compositor nunca se sinceró con nadie como con la viuda, exceptuando quizá su hermano Modest. Debemos agradecer a Nadezhda von Meck, por lo tanto, el acceso que actualmente tenemos no sólo a los sentimientos de Chaikovski respecto a sus asuntos personales, sino también a sus opiniones sobre otros músicos del momento y sus procesos creativos. En lo que se refiere a la mecenas, desde el principio hizo evidente su anhelo por encontrar un compañero a quien pudiese confiar sus pensamientos más íntimos: «Hay tantas, tantas cosas que me gustaría escribiros, cuando la oportunidad surja, sobre mi relación imaginaria con usted, pero tengo miedo de inmiscuirme en vuestro tan limitado tiempo libre. Sólo os diré que esta relación, a pesar de lo abstracta que pueda ser, es tan preciada para mí como el mejor, el más elevado de todos los sentimientos a los que puede aspirar la naturaleza humana».
Si hay algo excéntrico en esta relación es precisamente el hecho de que fue únicamente epistolar: «Cuanto más encantada estoy con usted, más temo conoceros. […] Ahora prefiero pensar en usted desde la distancia, escucharos en vuestra música, y sentirme yo misma una con usted en ella», le dijo von Meck. «Teme no encontrar en mí todas esas cualidades con que vuestra imaginación, inclinada a idealizar, me ha dotado», respondió Chaikovski. Y, después de darle toda la razón, ambos convinieron en no verse nunca. Durante los casi catorce años que se escribieron, sólo se encontraron una vez: fue, por supuesto, por accidente, puesto que los dos habían hecho grandes esfuerzos por evitarlo. Ella pareció confusa; él, levantó el sombrero; y, sin decirse nada, cada uno continuó su camino. A pesar de este factor, intentaron por todos lo medios unir sus familias: finalmente, la sobrina del compositor, Anna, y el hijo de von Meck, Nikolay, se casaron, haciendo realidad el sueño del músico y la mecenas.
La relación entre la viuda y el compositor pronto se convirtió en un desahogo seguro para sus emociones. Para Chaikovski, especialmente, la correspondencia con von Meck supuso un gran apoyo emocional en distintos momentos críticos de su vida, como tras su desastroso matrimonio con Antonina Miliukova o el fracaso de su
Quinta sinfonía. Precisamente el frustrado matrimonio del compositor fue uno de los principales elementos mediante el cual su relación con von Meck se fortaleció: aprovechando que él dependía más que nunca de ella, y porque
ya sabes que te quiero, y cómo te deseo lo mejor en todo, Nadezhda von Meck ofreció a Chaikovski una pensión mensual de 500 rublos tras haberle enviado 1.000 para despachar sus deudas. Sin el acceso a esta asignación que le liberaba de su obligación de trabajar en el Conservatorio, Chaikovski nunca hubiese sido un compositor tan prolífico en vida. Su gratitud hacia la mecenas es indudable: «Ayer di mi última lección. Hoy voy a San Petersburgo. Por lo tanto, soy un
hombre libre!»
A pesar de que el dinero siempre tomó parte de alguna forma en su relación, la correspondencia entre Madame von Meck y Chaikovski presentó escenas muy humanas. Aunque evadiendo descaradamente la discusión sobre el amor sexual, respuestas como la que Chaikovski ofrece a la pregunta «Piotr Ilich, ¿has amado alguna vez?» son lo suficientemente directas como para hacernos una idea de sus pensamientos más íntimos: «Me preguntas, amiga mía, si estoy familiarizado con el
amor no-platónico.
Sí y no. […] Si me preguntas si he experimentado absoluta felicidad en el amor, entonces te diré: ¡no, no, no! No obstante creo que la respuesta a esta pregunta se encuentra en la música. Si me preguntas si entiendo el máximo poder, la plena e ilimitada fuerza de este sentimiento, entonces te diré: ¡sí, sí, sí!—y de nuevo te diré que más de una vez he intentado expresar amorosamente en la música el tormento y, a la vez, la dicha del amor».
También el Chaikovski que opina sobre sus compañeros de profesión nos enseña acerca de su propia personalidad (ya fuese por envidia o para ganarse el favor de alguien) más que sobre el criticado en cuestión. A pesar de ello, sabemos por Chaikovski que «Cui es un aficionado con talento. Su música no tiene originalidad, pero es elegante y de buen gusto», Borodin tiene «menos gusto que Cui y su técnica es tan floja que no puede escribir una sola línea sin ayuda ajena», Mussorgsky no es más que un «caso perdido a pesar de que, en talento, es posiblemente superior al resto» y Brahms simplemente le produce antimpatía, no
puede con él: «Por más que intente reaccionar a su música, permanezco frío y hostil. […] no presenta un sentimiento sincero, aunque hay una gran pretensión a la
profundidad. Pero no hay nada en esta profundidad».

Madame von Meck fue la afortunada que no sólo tuvo acceso directo a los sentimientos de Chaikovski, sino que además gozó de una aproximación a su «proceso creativo». El compositor le explicaba que «la
semilla de una futura composición suele revelarse súbitamente, de la manera más inesperada. Si la tierra es favorable, la semilla arraiga con una fuerza y rapidez inconcebibles, se abre paso a través de la tierra y saca raíces, hojas, ramitas y, finalmente, flores». El procedimiento posterior es casi automático: «te olvidas de todo, casi has perdido la raxón, todo en tu interior tiembla y se retuerce, con dificultados consigues establecer unos bocetos, una idea hace presión sobre otra». Eso sí, siempre admitiendo que no todas la sobras tenían la suerte de ser concebidas y gestadas de la misma manera.
Como muestra de agradecimiento por lo que la viuda hacia o significaba para él, Chaikovski le dedicó su
Cuarta sinfonía. Von Meck, poco dispuesta a ver su nombre en la primera página de la obra, propuso una dedicatoria sencilla: «a mi amiga». Ésta, sin embargo, resultó demasiado simple para el compositor, que decidió extenderla, con el beneplácito de la mecenas, a “a mi mejor amiga”. También a petición de Nadezhda von Meck, Chaikovski le explicó el programa de la sinfonía, en la que el destino jugaba un papel muy importante y donde «por primera vez, he tenido que poner en frases y palabras pensamientos e imágenes musicales»: la sinfonía, decía, era un eco de la terrible depresión que había sufrido tras su matrimonio.
Anna Karénina, novela que Tolstoi recientemente había publicado, pudo suponer una importante fuente de inspiración para el programa de Chaikovski.
El 4 de octubre de 1890, Nadezhda von Meck envió a ChaikovskI la pensión correspondiente con una nota donde le informaba que ya no podría financiarlo más y le pedía que no le enviara más cartas. La ruptura, calificada de traición por parte del compositor, fue fruto de dos factores: por un lado, el clan von Meck se había visto sumido en problemas financieros y ya no podía permitirse el patronazgo del músico; por otro, la viuda había contraído tuberculosis y una atrofia en los brazos le impedía escribir: negándose a dictar a otro las íntimas cartas que quería escribir al compositor, decidió no enviar más.
Tchaikovsky murió a finales de 1893; Nadezhda von Meck, en enero de 1894. Galina von Meck, hija de Nikolay y Anna, afirmó que llegaron a reconciliarse. Ahora bien, aunque la veracidad de su conciliación puede ponerse en duda; la valía de su legado, no.
Fotos: Nadezhda von Meck; P. I. Txaikovski.