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El pasado domingo 20 de octubre, las Residencias Musicales en La Pedrera nos obsequiaron con el concierto a dúo del contratenor Víctor Jiménez, uno de los residentes de este año, compartiendo escenario con el arpista José Antonio Domené para interpretar un programa muy francés con Ravel, Fauré, Debussy y Hahn.
Las Residencias Musicales en La Pedrera son una plataforma ideal para jóvenes talentos catalanes para enraizarse en casa en unos tiempos en que se produce una fuga de artistas afuera porque, aparte de las ganas de crecer a nivel internacional, aquí se sienten poco valorados. El fenómeno es raro, porque, por un lado, en casa no les reconocemos el recorrido si no han sido en Europa y, por otro, en el continente, no ven con buenos ojos que los artistas no estén avalados por una trayectoria en su país. Con las Residencias, La Pedrera hace un giro a la situación y permite a cuatro jóvenes escogidos por el talento y trayectoria, proyección y personalidad la oportunidad de encontrar su público en casa con programas cocidos a fuego lento y la participación de talentosos compañeros de generación.
ejecución fue sencillamente extraordinaria. Ravel, Fauré, Debussy y Hahn sonaron melodiosos, expresivos, con sentimiento y autenticidad. Un impresionismo que no cayó en la caricatura, sino que se cuidaron mucho los reguladores y nunca sufrió ni el exceso ni la vaporosidad del género. Cada cadencia estaba bien controlada, la proyección de la voz de Jiménez lo delataba como una figura que pronto deberíamos ver en el Liceu, el Palau y en L'Auditori, y su personalidad arrolladora enamoró a los presentes, con gran expresividad en sus movimientos, pero también soltándose con el público, que se sintió cada vez más cómodo con el dúo.
De Fauré interpretaron “Chanson du pêcheur”, de Deux Chansons, op. 4, n. 1, una pieza que habla de la muerte con mucha ternura y “Après un rêve” de Trois melodies, op. 7, n. 1, que trata de un sueño donde, en el momento de consumación, el estimado se despierta. También de temática amorosa es “Le Secret”, de Trois melodies, op. 23, n.3, que sonó delicada y expresiva, para pasar a un dulce nocturno (“La Nuit, nur le grande mystère”) y acabar la primera parte con una canción espiritual que desprende alegría (“En Prière”).