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Del fuego a las cenizas – Barcelona Classica
Música

Del fuego a las cenizas

Arquitectura y música en el festival Espurnes Barroques

05-09-2020

La tercera edición del festival Espurnes Barroques, bajo la dirección artística de Josep Barcons, doctor en Humanidades y colaborador de la Revista Musical Catalana, tendrá lugar entre el 13 y el 27 de septiembre en el auto-llamado por los fundadores y organizadores de el evento «Territorio Barroco»: entre Riner (Solsonès), Manresa y Cervera. Esta triangulación territorial abstracta, que engloba municipios de cuatro comarcas de la Cataluña interior, dos diputaciones y dos obispados de vital importancia como lo son el de Vic y el de Solsona, se conforma como sustrato indispensable para la música que debe tener lugar en él. El festival, como sus creadores Josep Barcons y Joan Solà indican, no se trata de «un festival más», un evento musical en directo especializado en una época histórica concreta o de un estilo determinado, sino de un amalgama entre música y territorio, entre arquitectura, gastronomía, sonido y viaje, que permita al público una inmersión barroca llena, facilitada por todos los ámbitos de la percepción sensible.

Cartell de la tercera edició del Festival Espurnes Barroques

«Es en este tacto; en este gesto de aproximarse físicamente al otro, donde todo empieza.»

Josep Barcons, director artístico del festival

Su propuesta es clara y directa: el arte es fundamental para que una sociedad se mantenga sana, el mejor barómetro para saber el estado de un país. Esta premisa se manifiesta no sólo con una programación de calidad y variada que va desde conferencias, conciertos de orquesta y solistas, actos híbridos entre la divulgación y la actuación musical —como es el caso del Matisos d’afinitat del 26 de septiembre a las 11.30h con Patricia García Gil (fortepiano), Joan Mosella (experto del textil) y Martí Madorell (ingeniero)—, o caminatas colectivas —como la Del pou de gel al Paperer del mismo día, a cargo de Jaume Barberà (maestro), Ainhoa ​​Pancorbo (arqueóloga) y Fabio Morelli (geólogo)—, sino también con una rigurosa apuesta por el vivo, por el contacto real, ya que es precisamente éste el que puede curar. Es en esta línea que el emblema de este año toma su significación completa: «contactos que curan». Porque es el contacto físico y no el consumo virtual lo que nos hacen humanos. Es en este tacto; en este gesto de aproximarse físicamente al otro, citando Barcons, donde todo empieza. La imagen que se dibuja tras esta sentencia quizás es obvia y compartida por muchos, pero a menudo poco argumentada y basada en prejuicios sociales. El fresco de Michelangelo que corona la Capilla Sixtina —muy probablemente la insignia más valorada y elevada de toda la historia de las artes plásticas occidentales— retoma toda su vigencia en este punto. Porque si fijamos nuestro ojo en la diminuta porción de la pintura, en contraposición a la obra entera, que abarca toda la vuelta de la capilla, en que casi chocan las dos manos, fácilmente nos daremos cuenta de que el cuerpo inmóvil de Adam parece cobrar vida sólo por la punta del dedo que se aproxima a Él.

También nos resuenan en las sienes aquellos versos ancestrales del Génesis: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según semejanza nuestra, y que señoree sobre los peces del mar, sobre el ganado, sobre todos los animales del campo, y sobre todos los reptiles que se arrastran por la tierra. » (Gn 1,26). Dios, con el Verbo, con su Palabra, pasó del nada al algo, de la materia inerte al moverse y sentir. El Señor inició este misterio abismal que es saber que estamos vivos con la palabra, pero son las puntas de los dedos prácticamente tocándose sin llegar a hacerlo jamás que el renacentista italiano pintó a principios del 1500 las que mejor simbolizan el seno de la disyuntiva literaria más citada de todos los tiempos: «ser o no-ser, esta es la cuestión».

Así es que el fin de semana ya se inicia con un primer concierto coral, Officium defunctorum a cargo del Cor de Cambra Francesc Valls y bajo la dirección de Pere Lluís Biosca, que pone de lado los tres elementos imprescindibles de esta edición. La fecha, en primer lugar, es del todo significativa: el 13 de septiembre será el triste y desafortunado medio año del cierre de las escuelas debido a la pandemia mundial de la Covid-19. Al tiempo que faltará sólo un día para que se vuelvan a abrir, en medio de la nebulosa patética de no saber todavía, a día de hoy, si se podrá garantizar el curso escolar con una cierta normalidad. La escuela es y ha sido la principal herramienta que nuestro sistema sociocultural ha tenido para transmitir valores y conocimiento. Es, por tanto, el vehículo que hemos tenido históricamente —aunque no siempre lo hayamos utilizado de manera exitosa— para colocar el arte y las disciplinas humanísticas donde deberían ser. Ni pedestales ni burlas: el lugar justo y preciso para construir una sociedad justa, crítica y apasionada.

Poner en valor la literalidad, la majestuosidad y la sensualidad de la obra barroca que a menudo queda eclipsada por la supremacía de lo abstracto y lo simbólico del arte medieval.

Y, profundizando en esta misma esfera, rescatar también el Barroco en todo su esplendor, desde la arquitectura al pensamiento, porque es un movimiento castrado aquí, que no ha tenido la oportunidad de ser estudiado, repudiado o celebrado con el mismo énfasis que otros movimientos como lo son el románico y gótico precisamente porque su recuperación y visibilización no ha interesado a las élites políticas y culturales del país. Espurnes Barroques parte también de este hecho: sea porque este movimiento no es afín al «polo estético purista», en palabras del director artístico, al que estamos acostumbrados; sea ​​por motivos políticos, porque los siglos de auge del barroco europeo suponen un momento de decadencia en Cataluña y por heroísmo o vergüenza, quizá mejor no recordar; sea ​​por centralismo urbanita, ya que Barcelona no es una capitalidad arquitectónica de este estilo, el legado barroco catalán ha quedado en segundo plano, un poco a la sombra, relegado a cuatro iglesias de pueblos y ciudades de interior que supuestamente no merecen la misma atención institucional y turística que otras.

De aquel fuego artístico, filosófico y sensorial que hizo vibrar la Europa católica ante la amenaza de los postulados de la Reforma protestante, han permanecido muchas cenizas. Es la hora de adentrarnos en ellas de nuevo.

En este sentido, como el creador del festival recalca, Espurnes Barroques nace casi por necesidad, «por la propia realidad del territorio». Por ello, el «podríamos hacer algo» que Riner propuso a Barcons no podía materializarse en nada que no fuera «hacer música barroca en un entorno barroco». Abrir todas aquellas iglesias que nadie conoce, que quizás sólo abren una vez al año y democratizar su belleza monumental, los años de historia que hay detrás, el porqué de su existencia entonces pero también ahora y aquí. Poner en valor la literalidad, la majestuosidad y la sensualidad de la obra barroca que a menudo queda eclipsada por la supremacía de lo abstracto y lo simbólico del arte medieval. De aquel fuego artístico, filosófico y sensorial que hizo vibrar la Europa católica ante la amenaza de los postulados de la Reforma protestante, han permanecido muchas cenizas. Es la hora de adentrarnos en ellas de nuevo para entenderlas mejor y así también entendernos a nosotros más completamente. Espurnes Barroques se presenta como la más idónea propuesta porque en ella encontramos este con-tacto que nos cura, nos aproxima y nos hace humanos.


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