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Invitando al joven director alemán David Niemann, la Orquestra Simfònica del Vallès ha comenzado la temporada en el Palau de la Música Catalana de forma enérgica con “La Novena de Beethoven” como título y reclamo del programa. No era, sin embargo, ese el principal factor de interés, sino la de Un superviviente de Varsovia de Arnold Schönberg a la que se le invitó a hacer acto de presencia entre la sinfonía. La expresión no es retórica: se decidió fragmentar en dos partes la Novena y entre segundo y tercer movimientos colocar la pieza, enlazando su final con el inicio del Adagio molto.
Como hace un año la orquesta comenzó su temporada con la misma Novena. ¿Qué más se puede decir de una obra como esta? Nada. En cualquier caso hay que ser muy atrevido para hacerlo pero es fácil: basta con tener una ocurrencia. Más difícil es procurar comprenderla, desentrañar algunos detalles, dibujar los planos y líneas melódicas que brotan de la turbulencia de grandes masas sonoras. En este caso, existía un argumentario que las mismas notas al programa ya detallaban, reduciendo Beethoven y Schönberg a una manida dicotomía: luz y oscuridad, humanismo y barbarie. En cualquier caso, la apreciación es muy subjetiva pero eso me sugirió: una obra maestra del siglo XX fue presentada como un desagradable medicamento que debíamos tragar entre dos ricas y frescas raciones de Vichyssoise, para que no nos quedara un mal sabor de boca. ¿Por qué Beethoven la luz y Schönberg la oscuridad y no al revés? La respuesta es demasiado evidente. Por motivos ajenos a la propia música que no dan razón de ella y sólo contribuyen a consolidar lugares comunes que confunden.
a ella como “la única obra de arte de la época que fue capaz de mirar a los ojos al terror extremo y resultar estéticamente perentoria”. El texto, fruto de testimonios recogidos por el compositor, fue proyectado por un espléndido Fermí Reixac, acertadamente hiriente y visceral. Pero la alegría que produce ver programada una obra como Un superviviente de Varsovia, en una ciudad en la que es prácticamente imposible escuchar algo de Schönberg y menos si es para orquesta, no fue completa. Desde la fanfarria inicial en las trompetas, que ya señala con agresividad las cuatro primeras notas de la serie dodecafónica, la lectura persiguió el impacto. Buscando la impresión con cierta ligereza y sin la hondura necesaria, Niemann perdió la visión de conjunto y el desarrollo en esa estructura tripartita que se corresponde con la voz del superviviente, el soldado alemán que recuerda y por último la plegaria de los prisioneros en el coro. La precipitación de nuevo dañó la estructura, y el efectismo deshizo gran parte del aspecto trágico de la obra. Y eso sí es grave porque esa tirantez, ese crecimiento dramático tan característico de la partitura resultó imperceptible debido a los excesos y la falta de matiz, de tal modo que cuando llegó la entrada del coro masculino cantando el Shemá Israel en el Höhepunkt de toda la obra, ésta de deshizo como un terrón de azúcar: el grito de desesperación que sólo puede dirigirse a Aquél que no puede ser interpelado ni representado, quedó reducido a una circunstancia sonora desagradablemente agradable.