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La recreada Doña Francisquita de Amadeu Vives, de la mano de Lluís Pasqual, culmina este domingo después de una semana en cartel en el Gran Teatre del Liceu y con dos repartos.
Mis abuelos no entendieron nada, yo creo que lo vi claro. El viejo amante del género que realmente creía que esta vez (ahora sí!) Vería Doña Francisquita en el Liceu saldría pensando que le han vendido el número y que aquel espectáculo no tenía nada que ver con la zarzuela que figuraba en el título del programa ni en su contenido. Los grandes teatros del nuevo milenio parece que siguen resistiéndose a normalizar un género lírico largamente cultivado en todo el estado y en Catalunya desde el XIX. Por lo menos, como en este último caso el Liceu, se ven obligados a encontrar alternativas debido a un amplio sector social que tiende a deformar la contextualización artística de otros periodos y también por un régimen escópico que ya no admite clichés y formas consideradas caducas. Un hecho totalmente paradójico junto a otros géneros autóctonos de otros países centroeuropeos, como la opereta, que no han sufrido el mismo desgaste.
La obra recrea las tres edades de Francisquita focalizando amores entre Fernando, Francisquita, Don Matias y Aurora “la Beltrana” en tres periodos históricos. El primer acto muestra la interpretación de la zarzuela en un estudio de radio, durante la Segunda República, en 1934. El segundo nos traslada hasta un plató de TVE, en 1964, donde Doña Francisquita se retransmite para toda España, adquiriendo un movimiento escénico que carecía al inicio estático de la obra. El tercer acto nos traslada al momento presente, 2019, dentro de un estudio polivalente donde se ensaya el fragmento correspondiente y que muestra todos los rostros en que la zarzuela puede llegar a ser proyectada en la contemporaneidad; una puesta en escena fulgurante que lleva in crescendo los límites exponenciales de la comunicación, ya sea desde el punto de vista formal de los tres actos oa nivel interactivo entre los diferentes planos comunicativos de los intérpretes, que se referencian también con la ausencia de la 4ª pared . Los cantantes solistas se encuentran también en la doble significación de su rol: son cantantes que interpretan cantantes de zarzuela que hacen un papel. Y así se les presenta distintivamente en cada uno de los actos, asimilándolos, pero, con paralelismos y recurriendo al running gag como recurso cómico que los traslada del plan musical de Vives a la adaptación dialogada. El hilo conductor de la obra recae plenamente sobre el actor Gonzalo de Castro que cumple con un papel ideado para la ocasión como intermediario entre el material preexistente de la obra y la aportación de Lluís Pasqual. Su papel de supervisor y realizador en cada uno de los espacios donde transcurre el espacio de grabación de los tres actos le obliga a cumplir con las coyunturas que conlleva la situación política y social de cada época.
El Cor del Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección de Conxita García, ofreció un buen trabajo compacto y un sonido empastado, con ejemplos de excelsa calidad como el “Coro de Románticos” del acto III. La formación también tuvo que afrontar eficazmente los cambios dinámicos que marcaba la escena, sobre todo en los movimientos del acto II. Óliver Díaz, director titular del Teatro de la Zarzuela de Madrid, supo conducir la Orquestra del Gran Teatre del Liceu a buen puerto a través de los números musicales cantados y de danza sin haber de exagerar el carácter que se completaba a nivel visual. La presencia de la consagrada y virtuosa Lucero Tena fue uno de los platos fuertes de la velada. Debutando en el Liceo a sus 82 años durante el acto final deleitó el público acompañando un “Fandango” para la memoria con sus castañuelas, cuadro en el que también intervinieron otros jóvenes bailarines y bailarinas.