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Este viernes 15 a las ocho de la tarde tiene lugar el último concierto sinfónico de la temporada de la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu, dirigida por el maestro Josep Pons, con una obra tan icónica como el Así habló Zaratustra, de Strauss. El pianista François-Frédéric Guy debuta en el Liceu con el concierto núm. 2 de Brahms.
Si tenemos que pensar en alguna obra representativa de la música programática, es decir, aquella que relata sentimientos, situaciones o plasma ideas, seguramente nos vendrá a la
mente el poema sinfónico que Richard Strauss escribió en 1896 en Frankfurt, poco después de que el obra homónima de Friedrich Nietzsche, Also sprach Zarathustra (Así habló Zaratustra), escrita entre 1883 y 1885, saliera a la luz. Junto con la Alpina, esta obra es el mayor testimonio del talento desplegado ya en la juventud de un compositor que llegará a los límites del lenguaje con Elektra y Salomé y que, después, de la mano de Hoffmannstahl, “volverá al orden” con óperas como Arabella.
Brahms es un precedente de Strauss. De hecho, armónicamente, el autor del Zaratustra le es muy deudor. Su Concierto para piano núm. 2 en si bemol Mayor, op. 83 es un paseo por diferentes estadios emocionales que invitan al solista a expresar su pasión entre el arrebato y la moderación, llegando a momentos de un equilibrio sonoro casi propio del Clasicismo. Pero los procesos armónicos son complejos, como denota la presencia de las notas alteradas, que nos transportan a nuevas tonalidades, escritas con acordes en disposiciones poco usuales. En cuanto al solista, las dobles notas dificultan mucho una interpretación pulcra, ya que la tendencia es soltarse pero, en cambio, el instrumentista debe mantener la sincronía de forma extremadamente equilibrada. El diálogo entre el piano y el violonchelo es de un lirismo exquisito y, cuando se añaden el resto de cuerdas, la melancolía se vuelve primavera en nuestros oídos.