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La influencia que puede tener la música en las emociones humanas es un tópico que sigue toda nuestra historia cultural y que han recogido una multiplicidad de géneros literarios. Las novelas que se sirven de la música para llegar más allá de todo lo referencial y tratan la necesidad de este arte como muleta y apoyo de los personajes; las que se estructuran a partir de modelos musicales (como la fuga) o sencillamente las que se inspiran para encontrar la prosodia adecuada las podríamos agrupar como novelas musicales. Aprovechamos estos días de confinamiento para hablar y hacemos que, a pesar de todo, la música nos siga acompañando de una manera u otra.
La música es un arte inherente a la condición humana y es por eso que a lo largo de la historia ha servido de temática literaria. Podemos ir de Orfeo y su música que amansaba a las fieras y conmovía las piedras a las sirenas de la Odisea con una voz que resultaba del todo hipnótica por los marineros. Llegamos a las hadas medievales, que también atraían a los caballeros que cabalgaban por el bosque a través de una melodía o la misma flauta mágica de Mozart, un instrumento que modificaba el estado de ánimo de aquel que la escuchaba.
Si viajamos hasta el siglo XIX, nos encontraremos con las poètes maudits, que recorrerán muy a menudo a la música como motivo retórico en numerosos de sus poemas o con Thomas Mann que también se sentirá fascinado por Wagner o, ya en el siglo XX, con Adorno que teorizará sobre la relación de la música con la sociedad, la idea de arte como algo social y la música como mercancía y producto de masas y tantísimos teóricos que estudiarán la relación entre estas dos artes. En cualquier caso, todas estas son voces que se inscriben en la tendencia de entender el hecho musical como expresión intrínseca a la esencia humana.
Por tanto, en tanto que la literatura es el arte que utilizamos para explicarnos, recordarnos o preguntarnos, no es de extrañar que exista toda una tradición literaria que haga referencia a la temática musical. Estamos hablando de novelas fugadas, de polifonía novelesca, de prosa musical pero también a todas aquellas obras que giran en torno a la temática musical. Lo que tienen en común todas estas obras es el hecho de tratar el poder de la música de convocar ideas o de suscitar emociones más allá del alcance de los conceptos definidos y concretos. Así pues, del mismo modo que existen las novelas negras, las caballerescas o policíacas, creo que no es descabellado plantearse el subgénero de la novela musical.
Así, y dejando de lado la vinculación entre teoría de la música y de la literatura, encontramos numerosas novelas que tratan el mundo de este lenguaje abstracto; que están protagonizadas por músicos o luthiers o incluso por instrumentos. Pueden ser historias presentadas en sitios totalmente diferentes, con personajes y aspiraciones narrativas que no tienen nada que ver, pero con un hilo común, una banda sonora, un bajo continuo que las engloba y acerca sus realidades ficcionadas.
No son pocos los ejemplos que podríamos incluir dentro de este saco literario, que se podría volver infinito si tenemos en cuenta que las fronteras a establecer se podrían volver vanas de tan subjetivas. Debemos entender que la novela musical es aquella en la que la música tiene un papel central, pero se podría presentar de maneras muy diferentes; como un telón de fondo como en el caso de Tokio blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami o no sólo como rasgo fundamental, sino también como esquema estructural de la novela, como es el caso de Concierto Barroco de Alejo Carpentier o L’ombra de l’eunuc de Jaume Cabré. Pero, por ejemplo, podríamos clasificar dentro del subgénero una obra donde el jazz juega un papel secundario como Rayuela de Cortázar? Y si se trata de una novela inspirada en un grupo de música de éxito o si se trata de una historia de investigación sobre una pieza de un músico clásico? Deberíamos poner La decima sinfonía de Joseph Gelinek junto a Beatles de Lars Saabye Christensen? Podríamos incluso ir estirando y estirando las características que debería tener el subgénero hasta valorar la posibilidad de entender el Quijote como novela musical por las numerosas referencias a sonidos, ruidos y silencios que aparecen en la obra. Sin embargo, seguramente llegaríamos a esllenegar la clasificación y a dañarla.
La literatura contiene música porque habla o porque la imita. Porque se fascina por su capacidad expresiva, porque la contempla como explicación paralela de una realidad externa y una interioridad compleja. La literatura contiene música porque forma parte de nuestra historia, de nuestra cultura, de nuestra manera de ser. Porque durante mucho tiempo no las hemos diferenciado y una vez lo hemos hecho han seguido necesitandose y acompañandose. Pero sobre todo la literatura contiene música porque es literatura lo que queremos que perdure y queremos que perdure eso que conmueve las piedras, lo que hipnotiza Ulises, lo que atrae a los caballeros, lo que hace que una flauta sea mágica, lo que toma a Baudelaire como mar, aquel lenguaje que sirve de modelo para todos los demás. Lo que salva de la miseria a algunos personajes o que los conecta con un mundo que les ha quedado distante. La literatura hace perdurar lo que nos es trascendental y nos hace sentir más humanos. La literatura hace perdurar, por ejemplo, la música.
Con todo ello, dejo enlazada aquí una lista propuesta por el profesor de Historia de la Cultura del ESMUC Josep Pujol publicada en septiembre de 2019. Buena lectura!