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El 20 de noviembre el Auditorio de Barcelona recibió Nils Frahm, pianista y compositor alemán conocido por los públicos más jóvenes y alternativos. Después de visitar la ciudad de Barcelona durante el festival Primavera Sound, Frahm volvió a la ciudad condal para presentarnos su lado más íntimo, sin dejar de lado el carácter electrónico que tanto lo caracteriza.
El Auditori de Barcelona recibió Nils Frahm junto con un público poco habituado a la sala de conciertos. Cuando ya habían pasado diez minutos después de la hora en que supuestamente debía comenzar el concierto y todavía había gente entrando en la sala, el pianista alemán salió al escenario y se sentó ante uno de los diez teclados que había colocados en él. De esta manera tan extraña empezó el concierto, con las puertas de la sala abriéndose y cerrándose constantemente, gente hablando por todas partes, las luces de los móviles que los espectadores perdidos y tardones usaban para orientarse y un desbarajuste generalizado que hizo que muchos de nosotros nos pusiéramos de todos colores avergonzándonos de formar parte de ese público tan maleducado.
Tras un inicio relajado y reposado, Nils Frahm se dispuso a dejar embobado un público que tenía ganas de marcha con unos sonidos que parecían salir de todas partes menos de un teclado. El músico llevaba una cantidad inimaginable de sintetizadores, mesas de sonido y cableado, además de los 10 teclados de tamaños y formas muy diferentes. Tras demostrar su técnica y gracia creando sonidos, hizo el primer paréntesis de la velada; aquellos que no habíamos tenido el gusto de verlo en directo, nos sorprendimos con la simpatía y proximidad del carácter del alemán, que se ganó el público en menos de un minuto y nos regaló más de un chiste relacionado con su propia creación, los cables y los botones de los sintetizadores.
No fue hasta casi el final del concierto que Frahm se sentó en el piano de cola, con el que nos deleitó con una serie de improvisaciones algo más clásicas pero siempre con un dejo repetitivo y minimalista que fácilmente hacía pensar en la escuela de Philip Glass. Justo antes de terminar, Frahm se levantó y, tras un aplauso ensordecedor, advirtió al público: él no era un artista nada clásico y no le gustaba hacerse rogar, por lo que quedábamos avisados que después de la pieza que nos ofrecería a continuación, saldría un par de segundos del escenario pero volvería para ofrecernos un bis de manera gratuita.