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Después de publicar este artículo sobre si aplaudir o no aplaudir entre movimientos de una obra musical, he recibido una serie de comentarios de lectores que han abierto, en muchos casos, la caja de los truenos. En general, los sinfonistas tienden a estar de acuerdo con las aseveraciones, mientras que cuando nos vamos aproximando a la música coral o la ópera las opiniones ya difieren más. Esbozaremos las líneas generales sobre las opiniones de críticos y melómanos. En un próximo artículo nos centraremos en los músicos.
El artículo “A propósito de los aplausos” que publicamos esta semana ha suscitado un debate muy interesante entre melómanos, críticos y profesionales de la comunicación musical. Toda una serie de propuestas y contrapropuestas que exponemos a continuación.
Muchas de las respuestas que he obtenido en el artículo se centran en el debate sobre la educación. Los más políticamente correctos dirán que hay personas que se sienten con el deber de transmitir conocimientos, como es el caso de un reconocido melómano: “Creo que los “entendidos”Precisamente este elemento sacralizado o ritual del aplauso nos lleva a verlo así: “Yo creo que hay un tema de ritualización y de incluso de un cierto complejo por parte de programadores que dicen << no, se debe dejar aplaudir >>. Yo haría la pregunta en el terreno de los deportes, alguien aceptaría que en un partido de tenis la gente estuviera hablando o gritando como en un partido de fútbol? En el caso de la ópera y los conciertos es el mismo”, comentaba un musicólogo. Y añadía: “Creo que se ha perdido de vista una cierta liturgia y me sabe muy mal que los propios programadores confundan gimnasia con la magnesia. Puede ser ritualitzador, se puede jugar con la liturgia sin que ello signifique ser elitista. Es como si alguien llega a un funeral en bañador y toalla como si fuera a la playa del mismo modo que no vamos a la playa con traje y corbata.”
Otras fuentes han remitido a los tiempos de Mozart y otros compositores para ejemplificar que el aplauso es un consenso social: “Recuerdo, hace muchos años, Christopher Hogwood dirigiendo una sinfonía de Mozart en L’Auditori donde la gente aplaudió después de un movimiento, y el director se volvió y dijo: << muy bien, muy bien, ustedes aplaudan porque en tiempos de Mozart esto se hacía >>, y se metió al público en el bolsillo. De hecho, Mozart, en una carta a su padre, hablando de la Sinfonía París donde hay un efecto de un crescendo-decrescendo, dice: << Escribí decrescendo porque sabía que la gente aplaudiría en este pasaje, y de repente voy disminuir el sonido sabiendo que la gente haría “chiiit-chiiit”>>. Por tanto, el público no aplaudía sólo entre movimientos sino dentro de un mismo movimiento. Pero eso eran otros tiempos, cuando ni siquiera existían prácticamente las salas de conciertos.
En esta línea, pero llevándola hacia la cuestión de la sacralización, un experto en música antigua se pregunta si toda la música interpretada en auditorios pretendía buscar en el momento de su composición esta supuesta sacralidad, porque “no es la misma la intención de un Beethoven o un Mahler que la de un Offenbach o un Händel, y estos últimos ya compusieron pensando en aplausos interruptivos”. Y añade: “Yo también percibo en el jazz la tensión y la sacralidad de otros estilos musicales y no es menos popular cierta música de Vivaldi que algunas piezas de jazz”. Esto nos lleva a ser más o menos puristas, de si detrás de aplaudir de la manera consensuada o no hay un afán democratizador. Como dice un filósofo, “en realidad, forma parte de la confrontación del mundo lírico y clásico con la realidad de nuestros días, que impone sí o sí como es ley de vida. Y en el debate es difícil de discernir donde cae el límite entre ser guardián de la pureza o reaccionario, y entre la voluntad democratizadora y el poner agua al vino, como ocurre en el sistema educativo mismo”. En todo caso, concluía, “creo que por mucho debate bizantino que hagamos, la realidad avanzará como una estampida de elefantes”.
psicopedagoga,
. Así lo hacen los públicos cultos de donde he estado últimamente “. Del mismo modo, una aficionada comentaba que “para mí resulta respetuoso para todos, para el público que sigue las últimas notas…. que quedan en el aire”. Porque, de hecho, “la emoción se puede contener, y aplaudir perfectamente cuando toca (que las ganas se noten con la fuerza de los aplausos acumulada durante toda la obra, y no generar interrupciones)”. Este joven se mostraba duramente crítico con otras comportamiento concomitantes: “Del mismo modo condeno los/las desenvolvedores/as de caramelos, los “ricachones”