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En el periodo expresionista de Schönberg, el compositor necesitaba expresar una necesidad interior, como dice Kandinsky en Les tableaux: “En verité, l’évolution de l’artiste ne consiste pas en un développement extérieur (la recherche d’une forme pour l’état inchangé de l’âme), mais en un développement intérieur (le reflet dans la forme picturale de désirs exacucés de l’âme)”.
El expresionismo nace sin ningún programa, con una nueva reformulación de los valores morales y espirituales. Nace con el deseo de trascender los límites de los sentidos para lograr una activa, personal e inmediata relación con el mundo. Los artistas se abandonan a la intuición de que, según ellos, les ha de devolver a lo esencial de la naturaleza humana, lejos del materialismo y el esteticismo. Schönberg quiere transmitir con la música la pura expresión, a la vez que lo hace con la pintura. Sobre esta tendencia expresionista, que se manifiesta generalmente en los países nórdicos y protestantes, y, por tanto, anticatólicos y lejanos al Mediterráneo, Bernard Denvir se refiere a “la urgencia casi irresistible de identificar el genio del expresionismo con el de las cultures nórdicas –y de relacionar sus grados de intensidad con la distancia que separaba a sus practicantes de las costas del Mediterránero y de las influencias del catolicismo” (El fauvismo y el expresionismo).
pues, del concepto explicado al Harmonielehre de “tonalidad expandida” (aufgehobene tonalidad) – hasta el límite. Es una obra que pone en relación el consciente y el inconsciente en una especie de monólogo interior, en el que se da preeminencia a la expresión. Es, según Theodor Wiesengrund Adorno, “el registro sismográficos de shocks traumáticos [que] se convierte, al mismo tiempo en la ley técnica de la forma musical” (Filosofía de la Nueva Música). La protagonista es una mujer que está en un bosque empapada de ansiedad y que confunde los elementos que le rodean, un personaje que podría ser perfectamente una paciente de Freud, por la histeria y fijación psicológica que sufre, de forma que la obra podría ser una especie de “catarsis”, en el sentido psicoanalítico.
Kandinsky considera que la música es, desde hace siglos, el arte que emplea los medios “no para representar fenómenos de la naturaleza sino para expresar la vida interior del artista y crear una vida propia de tonos musicales”. Si, con la modernidad post-cartesiana, la física aspira a ser geometría, la pintura de Kandinsky aspira a ser música, la música de Schönberg. El problema es, en ambos casos, el freno que supone el peso de la materialidad: “El artista cuya meta no es la imitación de la naturaleza, aúnque sea artística, y que quiere y tiene que expresar su mundo interior, viene con envidia como hoy se alcanzan naturalmente y con facilidad estos Objetivos en la música, la más inmaterial de las artes” (Kandinsky). Es incuestionable el eco de Schopenhauer y Schönberg que hay en estas palabras. Al igual que en el músico vienés, hay una profunda religiosidad en Kandinsky, que nunca abandonó la religión ortodoxa rusa de sus orígenes, aunque sus acercamientos a la teosofía. Su aportación teórica más importante -y una de las más importantes de la estética del siglo XX-, Über das Geistige in der Kunst, resultaría esencial para el desarrollo del arte abstracto, que pronto se opondría a lo figurativo. El concepto de abstracción, que aparece en 1911 en una pintura que se titula Primera acuarela abstracta, es kandinskiano, pero tiene una raíz escolástica, ya que se relaciona con la abstractio los tomistas, que procede del verbo latino abstraere, “arrancar”. Si los escolásticos consideraban que conocer es abstraerse, arrancar la materialidad de la sustancia para captar la forma, en Kandinsky, la pintura tiene que renunciar a reproducir el mundo material, a fin de emancipar la obra de arte de su ficticia función de reproducción y de mostrar en sus obras sólo lo esencial, renunciando a la contingencia externa. El artista ya no quiere reflejar el mundo y busca un nuevo lenguaje pictórico que abra la comunicación del espectador a la pintura, porque el cuadro tiene que ser independiente de toda realidad material y centrarse en la secuencia artista-cuadro-espectador. Esto implica que Kandinsky, al igual que Schönberg, aspira a hacer un arte de su tiempo: “Toda obra de arte se hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos. De la misma forma, cada periodo de la cultura produce un arte propio que no puede repetirse. “El intento de revivir principios artísticos pasados puede producir, a lo sumo, obras de arte que son como un niño muerto antes de nacer”.