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La tradición marca irremediablemente el mundo de la ópera. Sacralizar grandes obras del repertorio con una apariencia que muchas veces está lejos de las intenciones o los supuestos originales de los compositores. Es curioso como el paso de los años ha emparejado dos obras de corta duración (el tiempo a la ópera siempre es relativo) como Cavalleria rusticana (1890) y Pagliacci (1892). Ambas comparten estilo (el verismo de la Giovane scuola post Verdi), brevedad y un argumento sanguinario, pero los mismos parámetros se podrían aplicar a otros óperas injustamente caídas en el olvido y que también podrían formar pareja tanto con la ópera de Mascagni como con la de Leoncavallo.
El Gran Teatre del Liceu presenta este diciembre el tradicional díptico operístico con un doble reparto (triple si tenemos en cuenta las voces encomendadas al protagonista). Asistimos a la segunda función de las 12 previstas.
A Cavalleria rusticana el peso del drama recae en el personaje de Santuzza, la mujer abandonada por el amante al que empuja a la muerte. Oksana Dyka mostró una voz potentísima y poco más. Su instrumento, de sonoridades estremecedoras y poco matizado, supuso un lastre para la emocionante partitura de Mascagni. Tampoco le favoreció una torpe prestación a nivel escénico.
A su lado, el Silvio de Manel Esteve supuso el complemento perfecto, tanto por su actuación (que en esta producción ya empieza en la ópera anterior) como a nivel vocal. El soñador dúo entre Nedda y Silvio fue uno de los momentos más destacados de la función.