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El teatro de las Ramblas presenta esta obra maestra de Janáček en la efectiva producción de David Alden y un reparto de lujo bajo la dirección de Josep Pons
Uno de los rasgos principales de las óperas de madurez de Janáček es su concisión, y Katia Kabánova es quizás el mejor ejemplo. El librito reduce a lo esencial el texto original de Ostrovski, mientras que la música, con su entramado de motivos y ostinati, propulsa la acción hasta el inexorable final en unos intensos noventa minutos que no dejan respiro los espectadores. Esto la convierte en una obra muy exigente: hay una puesta en escena que facilite la comprensión de una trama que a veces resulta condensada en exceso, un reparto equilibrado que haga justicia a la detallada caracterización musical de los personajes y, por encima de todo, una dirección musical que mantenga la tensión y lo encaje todo. Si alguno de estos elementos falla, el resultado se resiente mucho, pero cuando se representa con la altísima calidad que hemos visto en el Liceu, el resultado es una experiencia operística difícilmente superable.
Aunque el protagonismo recae en Katia, la obra contiene seis personajes más que requieren intérpretes con una fuerte personalidad. Afortunadamente el Liceu ha contado con un reparto de una solidez envidiable, encabezado por Patricia Racette en el rol titular. La soprano norteamericana tiene mucha experiencia en este papel, se nota que se ha hecho suyo el personaje y sabe expresar toda la complejidad emocional tanto con el canto como con los gestos y las miradas. Estuvo espléndida en los dos monólogos que le reserva Janáček. La mezzosoprano Rosie Aldridge fue una Kabànikha inflexible y malvada, con una voz contundente que la revestía de la necesaria autoridad. Francisco Vas consiguió hacer interesante la parte vocalmente poco atractiva del pusilánime Tikhon. Su excelente interpretación llena de matices permitía intuir, aparte del temor a su madre, cierta ternura y simpatía por Katia. Nikolai Shukoff fue un Boris de timbre convenientemente heroico y aires de galán. Los jóvenes amantes Vania y Varvara estuvieron espectacularmente interpretados por Antonio Lozano y Michaela Selinger. Él, con una voz fresca y un canto espontáneo, destacó en la canción cosaca que abre el segundo acto, en la que demostró también ser un buen bailarín. Ella exhibió una amplia paleta expresiva, mostrándose profundamente conmovida por la situación de Katia, e irresistiblemente seductora en sus flirteos con Vania. La sus frases del final del segundo acto, cantadas con una fuerte carga erótica, fueron uno de los momentos más bellos de la noche. El rol de Diko, aunque breve, es de gran importancia, ya que si Kabànikha representa la maldad de estos tiranos de pueblo, él nos hace ver la insignificancia del poder que ejercen. El bajo Aleksander Teligi aportó el tono cómico necesario a este personaje que Janáček nos presenta de forma satírica. Josep-Ramon Olivé, Mireia Pintó y Marisa Martins cumplieron en sus intervenciones puntuales como Kuligin, Glaixa y Fekluixa, respectivamente.