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Este domingo 28 de abril, después de ir a votar, tenemos cita con la Orquestra Simfònica Camera Musicae, que ratifica su sinfonismo el Palau de la Música Catalana junto a Ainoha Arteta, con lieder orquestales de Strauss, aparte de obras de Beethoven y Schumann.
En 1948, Richard Strauss era muy consciente de que la muerte lo secuestraría pronto, después de una larga, prolífica y sustancial experiencia vital que significaría poner cartel de “Geschlossen” en el post-Romanticismo tardío. Por ello, sus cuatro últimas canciones son, a la vez, una despedida y una aceptación de su destino. Richard Strauss moriría en 1949 con la misma intuición vital que había tenido en componer Tod und Verklärung. El compositor, que inició el siglo con una energía radical y revitalizadora, volviendo a hacer revivir los clásicos de la mano de Elektra y Salomé, seguramente impregnado de la audacia creativa que caracterizaría la intelectualidad europea pre-Gran Guerra, “volvería a la orden” sin perder el interés y la sensibilidad en la relación entre la música y la literatura, como demostraría, primero, con Sófocles, Oscar Wilde o Hugo von Hofmannsthal y, posteriormente, con Hermann Hesse y Joseph von Eichenorff.
con los hechos que vivimos en nuestro país, podría ser de estricta actualidad. Narra la historia del conde de Egmont, uno de los mil condenados a muerte por el Tribunal de los Tumultos instaurado por Felipe II de España y el Duque de Alba. Una temática muy adecuado para combatir musicalmente las Guerras Napoleónicas que asolaban Europa cuando se compuso y una buena oportunidad para Beethoven de expresar las propias convicciones políticas, con la exaltación del sacrificio heroico de un hombre condenado a muerte por enfrentarse el opresor. Si Beethoven fuera del siglo XXI, tal vez habría defendido la causa catalana con la serie de multifónicos “Die lächelnde Revolution”.