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Boca sin Bombonera – Barcelona Classica
Cámara

Boca sin Bombonera

Mercedes Gancedo: una noche extraña en el Palau

04-09-2020

Para bien o para mal, el directo es un fenómeno radicalmente diferente de cualquier forma de reproducción técnica de la música. Es así desde la radio y el gramófono. Y más allá de la especificidad acústica de cada sala lo que hace la diferencia es, como no podía ser de otro modo, el público. Esto nos recuerda el hecho esencial, pero no necesariamente obvio en plena bacanal tecnológica, que la música es, en principio, un fenómeno comunicativo.

Mercedes Gancedo

Es inevitable reflexionar sobre estas cosas cuando las circunstancias que rodean un concierto son tan particulares como la coyuntura que vivimos todos juntos día a día desde que el cielo cayó sobre nuestras cabezas allí hacia el mes de marzo. Aforo limitado (y sin embargo no completo), mascarilla, gel hidroalcohólico, esteras bañadas en alguna sustancia desinfectante… Todo detalladamente desparasitado.

No se trata de la atmósfera más cálida que se ha vivido en una sala como el Palau de la Música Catalana que, sin embargo, evita la frialdad por naturaleza e idiosincrasia. Contra esto lucharon Mercedes Gancedo y Beatriz Miralles. Con éxito.

Gancedo ha ido demostrando en los últimos años, tanto en el campo de la canción como en el de la ópera, una fiabilidad indiscutible. Con buenos fundamentos técnicos, musical, elegante y expresiva, hecha para el escenario. En su momento (2017) se ganó El Primer Palau y, no en vano, no fue el último. El martes lo pudimos ver y escuchar mediante un repertorio estructurado claramente en dos partes a pesar de que la pausa a la mitad del recital fuera más bien un pretexto para respirar unos minutos.

La primera parte nos remitía a la Argentina natal de la cantante con obras de Carlos Guastavino y Alberto Ginastera. Canciones sencillas (más las del primero que las del segundo, a pesar de su raíz popular), elocuentes a pesar de la desinfección ambiental, fundamentadas en una poética muy (demasiado) básica. En este punto brilló por encima de todo la aproximación idiomática y la dicción excelente y clara. Miralles toca con buen gusto y Gancedo canta también con buen gusto pero, además, con extrema claridad. Y ese es un gran valor, ya que estábamos en que, por extraño que parezca tener que recordarlo, la música es, ante todo, un fenómeno comunicativo y que en la canción escandir bien el verso es la mitad del trabajo.

La segunda parte, en cambio, ofrecía una muestra más internacional, en dos nuevos idiomas —inglés y francés. Obras de Francis Poulenc, Kurt Weill, Erik Satie, Benjamin Britten y William Bolcom para ilustrar dos ambientes diferentes y complementarios: París y Broadway. A pesar de la presencia de Weill la estética del cabaret alemán quedó completamente excluida.

Si la primera parte apelaba a “la añoranza amarga de la tierra”, como diría Vicente Andrés Estellés, la segunda tiraba de frivolidad y gesticulación teatral. En ambas Gancedo y Miralles encontraron el registro adecuado y, en particular, la cantante tuvo que exprimir sus recursos escénicos en la segunda parte. Con naturalidad y sin gran histrionismo, con la teatralidad justa y necesaria desde el Speak low de Kurt Weill a la Piccola Serenata de Leonard Bernstein, ya como bis fuera del programa.

Si un crítico debiera adoptar la posición de un Hans Sachs, y dar martillazo al clavo cada vez que el cantante comete un error, se podría recordar algunos finales de frase quizás demasiado frágilmente sostenidos por el aire en La rosa y el sauce de Guastavino, pero también en la Canción del árbol del olvido y Arrorró de Ginastera (el pícaro sueño no quiere venir) o en el George de Bolcom (Georgia, get yourself a drink!). Pero centrarse en esto no sólo sería injusto si no que revelaría una idea pobre y triste sobre la música y sobre el arte, porque nada de esto tuvo real trascendencia en una velada marcada por las circunstancias, cierto, pero excelente en la forma y en el fondo, elegante en los modos y entregada al contenido. Una velada en la que la autenticidad idiomática de la primera parte se vio complementada por la acción y presencia escénica de Gancedo en la segunda. Una velada que calificaríamos de brillante si no fuera porque, como dicen a menudo por televisión los virtuosos del balón, el fútbol sin público no es fútbol. Y no se puede negar que el martes en el Palau no rugía la grada. No será porque Mercedes Gancedo y Beatriz Miralles no hicieran lo posible para que fuera así.


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