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La obra de Janáček tuvo lugar de nuevo des de 2008 en el Recinte Modernista Sant Pau de Barcelona
Leoš Janáček era un home apasionado y su pasión, aparecida en plena madurez, tenía un nombre: Kamila Stösslová. Ni la diferencia de edad (¡más de 40 años!) ni el hecho de que los dos estuvieran ya casados impidió que el amor del compositor se transformase en obsesión, en una fijación embriagadora que dominó su vida y también su obra. No pocas partituras suyas tuvieron Stösslová como musa y es fácil ver la relación entre el fuego que consumía a Janáček por dentro y el que desprende este inclasificable Diario de un desaparecido, presentado en el Life Victoria con un éxito rotundo.

Aunque la historia es aparentemente banal, esconde cuestiones como el deber, el anhelo, la pérdida, la culpa, la renuncia… y, como no podía ser de otra manera, la obsesión que lo inunda y lo arrasa todo.
Esta obra, que no se presentaba en Barcelona desde 2008 en su versión para orquesta, es difícil de definir. Estamos ante un ciclo de canciones para tenor pero también hay intervenciones de una mezzosoprano y —lo mas insólito— la participación de tres mujeres que narran y comentan la historia desde fuera, quizá a la manera de un coro de la antigua Grecia. Aunque la historia es aparentemente banal —un campesino cae locamente enamorado de una gitana y acaba abandonando familia y patria por ella, con la que tendrá un hijo—, esconde cuestiones como el deber, el anhelo, la pérdida, la culpa, la renuncia… y, como no podía ser de otra manera, la obsesión que lo inunda y lo arrasa todo. Mientras tanto, el piano alterna pasajes descriptivos y oníricos al estilo impresionista con turbulencias y momentos de confusión y deseo incontenible, buen reflejo del viaje del protagonista entre la duda y la rendición inevitable.

El joven —más que enamorado, enfervorecido— estuvo interpretado por Nicky Spence, una interesantísima voz de baritenor que supo expresar con toda crudeza el pathos del personaje pero también su ternura, la nostalgia que siente por su patria incluso antes de abandonarla, el dolor de dejar a su madre, la decepción por sí mismo, el fuego que le abrasa… Sólo pondríamos una pequeña pega y es cierta tendencia al engolamiento en la parte alta de la tesitura pero, aparte de este detalle, Spence es un artista entregado, que vive con pasión el rol, con un instrumento considerable, con carácter y muy verosímil. A su lado, Helena Ressurreição consiguió elevar el voltaje de sus breves escenas con una voz y una actitud sensuales, encarnando a la perfección el mito de la gitana libre, decidida y sin miedo a amar. Caminando alrededor de Spence como si fuese una fiera a punto de saltar sobre su presa, lució el color oscuro y pastoso de su instrumento y su estilo natural y directo. La mezzosoprano aborda el canto de una manera muy orgánica y esta aparente sencillez resulta una delicia. El coro de tres sopranos, Mercedes Gancedo (últimamente omnipresente y muy celebrada), Irene Mas Salom y Mireia Tarragó, resultó etéreo y un punto fantasmagórico. Un acierto colocarlas en la galería por encima del público y potenciar así su efecto misterioso: sus intervenciones parecían decirnos que la historia es más transcendente y universal de lo que aparenta a primera vista.
Debemos confiar en que los asistentes sabrán reconocer la calidad de una propuesta incluso si es nueva para la mayoría y dar una oportunidad a artistas solventes a pesar de su corta edad.

El pianista Julius Drake no puede calificarse de acompañante. Vivió la pieza con una pasión e implicación inusitadas, y fue un componente primordial para el éxito de la velada. Se enfrentó a la difícil partitura con energía y convicción, resulto preciso y subrayó las intervenciones más melancólicas sin dejar de presentar batalla en los momentos más enardecidos. En absoluta comunión con Spence, no se limitó a hacer música de fondo sino que se erigió en protagonista al mismo nivel que el tenor, mostrando una versatilidad y una maestría dignas del excepcional instrumentista que es.
A veces se piensa que si se quiere llenar una sala de conciertos es necesario ponérselo fácil al público: repertorio conocido y grandes nombres. Debemos felicitar al festival por hacer justo lo contrario: confiar en que los asistentes sabrán reconocer la calidad de una propuesta incluso si es nueva para la mayoría y dar una oportunidad a artistas solventes a pesar de su corta edad. La velada se saldó con un rotundo aplauso y con el entusiasmo generalizado, y debemos tomar nota.
