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La cultura nos tiene que guiar en el arduo camino hacia la creación de un mundo mejor
Las recientes medidas de desescalada por fases que ha propuesto el Gobierno no hacen más que confirmar lo que ya sabíamos: los políticos, la cultura les importa poco. Ninguno ha pensado en ella, y cuando lo hagan, puede que sea demasiado tarde. Seamos conscientes de que la cultura necesita de un espacio de encuentro en comunidad y, mientras no haya vacuna o un altísimo porcentaje de la población inmune, el normal desarrollo de los encuentros tardará en llegar.

Con este panorama, no podemos esperar que los políticos se hagan las preguntas correctas. Para ello, necesitamos que escuchen las voces del sector, que se crean a sus técnicos, que reflexionen y apuesten por lo que es una de las bases del futuro de nuestra sociedad. Lo es la sanidad, y ha quedado bastante patente. Se intuía, los profesionales clamaban al cielo, pero como sociedad no nos hemos dado cuenta del daño que ha hecho la política a la mala gestión de los recursos para la sanidad hasta cuando ha habido una crisis tan importante como la actual. Lo es la educación que, como transmisora de conocimiento y valores, se deberá repensar teniendo en cuenta que las necesidades del futuro no son las mismas que las del pasado. Lo es la cultura, como encargada de generar reflexión, cuestionar paradigmas y crear debate. Y lo es aún más en un momento en que, precisamente, hay que hacerlo más que nunca.
El sector cultural hace tiempo que también reclama la atención ante la precariedad y el menosprecio sostenidos que ha recibido.
El sector cultural hace tiempo que también reclama la atención ante la precariedad y el menosprecio sostenidos que ha recibido. Desafortunadamente, la crisis que este olvido puede generar en la sociedad llegará lentamente y, cuando nos damos cuenta, será imposible revertirla durante generaciones.
Precisamente ahora, en momentos de cambios vertiginosos, acelerados aún más por la actual crisis sanitaria, es cuando hay que tener presente que la historia nos ha enseñado que debemos ser fieles a los artistas y pensadores, la voz del futuro. Ahora todavía tenemos que confiar y apostar más porque, en tiempos de confusión, ellos son quienes nos pueden guiar en el arduo camino hacia la creación de un mundo mejor.
Todos los centros culturales tienen una función pública, no son simples locales de recreo o de encuentro de una élite artificial, pero los políticos ya hace tiempo que han olvidado que la cultura hace avanzar la sociedad y la obliga a cuestionarse a sí misma. Precisamente por ello forman parte de la res publica y, efectivamente, la mayoría de los equipamientos son o bien de titularidad pública, o bien de gestión mixta público-privada, modelo tan típicamente catalán.
Sin embargo, los artistas, ahora, viven horas negras. Ellos, y las instituciones que los han de acoger en esta nueva realidad, incierta y confusa. Tenemos que empezar a pensar que apenas podremos ir al teatro o a ver un concierto de música en vivo en salas pequeñas después del verano, y ya veremos con qué limitaciones de aforo, teniendo en cuenta que, antes de eso, poco se podrá hacer que no sea al aire libre. En este contexto, hay que pensar, ahora ya, en cómo reabrir grandes equipamientos como L’Auditori, el Palau o el Liceu, con aforos muy elevados, que llegan a las 2.296 localidades en el último caso, convirtiéndose en el segundo teatro de ópera más grande de Europa.
En este contexto, deberíamos pensar si tiene sentido una potencial reducción de aforo en un ámbito donde hay un gran número de abonados. Si se hiciera la reducción, es fácil considerar que se venderían menos entradas -donde queden a la venta, una vez descontados los abonados- y, por tanto, se conseguirían menos ingresos que habría que compensar con la calidad de la programación o el mantenimiento de las infraestructuras. Finalmente, alguien ha pensado en el público, las orquestas, el coro, los cantantes y los actores? Pongamos como ejemplo el Liceo, desde todas estas perspectivas, aunque las reflexiones son extrapolables al resto de equipamientos nacionales.

Empezamos por el público. El abonado del Liceo tiene una media de edad por encima de los 60 años, y los que no son abonados tienen entre los 40 y los 50. En general, pues, es una población especialmente sensible. Los accesos de tos en el teatro son una de esas terribles tradiciones que han suscitado ríos de tinta. Quizás un buen control de entrada será la forma para reducirlos definitivamente. En todo caso, el nivel de paranoia colectiva a la que se puede llegar cuando alguien tosa dos butacas más allá puede no tener precedentes. Claro que tal vez la mascarilla lo disimulará, pero, en ningún caso tendría sentido reducir el aforo y sentar los espectadores de forma distanciada -recordemos que los abonados tienen su localidad bien definida. Además, no olvidemos que el Liceo tiene una componente social y familiar que forma parte inherente de la experiencia.
El nivel de paranoia colectiva a la que se puede llegar cuando alguien tosa dos butacas más allá puede no tener precedentes.
¿Qué efectos tendría la reducción de aforo y la limitación de acceso? Si una ópera con diez funciones y con un 85% de aforo da respuesta a la demanda cultural de casi 20.000 personas, reducir el aforo a un tercio conllevaría sólo poder recibir 6.888 espectadores, mientras que el Liceo supera los 15.000 abonados.
Pensamos que la contribución financiera de la venta de entradas y abonos, así como de las aportaciones de patrocinadores y mecenas es esencial para alcanzar la precaria sostenibilidad económica que necesita el Liceo, donde estas aportaciones rondan el 50% de su financiación. Así pues, en un hipotético caso de reducción de aforo, para que todos puedan disfrutar, o bien se crea un sorteo de entradas con un cupón reservado a los abonados, o bien se aumenta el número de funciones, lo que es poco viable, sea por la complejidad de cuadrar las fechas con las necesidades de ensayo y de descanso, como por los costes adicionales que ello supondría si no se da la compensación necesaria por parte de las administraciones. Quizá sería mejor que el equipamiento permanezca cerrado hasta que pueda abrir con garantías el 2021, o cuando exista la vacuna.
Una de las consecuencias que nos encontraremos es que se tendrán que reducir costes de las producciones.
Los costes serán, seguramente, más elevados por las medidas extraordinarias de control y seguridad que habrá que emprender tanto de cara al público como al personal interno que, sin embargo, serían relativamente digeribles si no hubiera más factor en juego. Ahora bien, serán claramente más elevados si se hacen más funciones para compensar aforo, pero los ingresos serán menores y, o bien habrá un ingreso extraordinario de las administraciones, o bien habrá que reducir costes de las producciones: es decir, a costa de la su calidad. Me temo que si no hacemos nada, esta será, con toda seguridad, una de las consecuencias que nos encontraremos, aparte de la reducción de actividad que, muy probablemente, veremos.

El retorno de los espectadores a la música en vivo será desigual, los aficionados a la ópera, abonados o no, tendremos muchas ganas, pero el desarrollo de nuevos públicos y la atracción del turista será más difícil, y esto tendrá un efecto innegable sobre los ingresos, que bajarán sin poder ser compensados a través del incremento de un precio que ya está al límite y que no puede formar parte de la ecuación que solucione la situación. Por otro lado, los mecenas y patrocinadores son empresas que, por razones sociales, filantrópicas y a menudo personales, han decidido apostar por la cultura, pero la realidad es que, ahora, muchas están en procesos internos muy delicados, con ERTOs y con una necesidad dedicar todos sus esfuerzos a la supervivencia, con lo cual es muy previsible que los ingresos bajen de forma relevante, al menos a corto plazo. Ante esta situación, las salidas son: o bien reducir la actividad de costes más elevados y aumentar la de ingresos más altos, o bien incrementar las aportaciones públicas.
Ante una necesidad de reducción de costes, cabe preguntarse si la reacción de cantantes, directores musicales, personal de refuerzo de coro y orquesta o el equipo de escenografía será bajar los honorarios. Seamos conscientes de que, más allá de las principales figuras, los sueldos son muy ajustados y, por tanto, se acabaría contribuyendo a precarizar un sector ya precarizado por el maltrato presupuestario al que ha sido sometido históricamente. Porque la cultura nunca ha sido entendida como lo que es, uno de los pilares necesarios para el desarrollo de nuestra sociedad.
La cultura puede ser uno de los lugares donde primero se aplique el certificado digital que indique la potencial exposición a la Covid-19.
En el caso de las orquestas y coros, el elemento que considero más importante es entender cómo se pretende dar respuesta a las medidas de seguridad en el trabajo. Está claro que si debe haber un metro de distancia entre músicos o cantantes del corazón, o pretendemos que todos lleven mascarilla, mejor dejémoslo correr. O bien ampliamos con el triple de espacio el foso del Liceu o bien decidimos programar sólo piezas de cámara y con corazones reducidos. Sé que a todos les preocupa eso ahora pero habrá que elaborar una solución a medida y bien trabajada con los sindicatos, y no descartamos que la cultura sea uno de los lugares donde primero se aplique el certificado digital que indique la potencial exposición a la Covid-19.
Por lo tanto, consideramos que las soluciones pasan, en primer lugar, por incrementar la aportación pública, lo que implica la aceptación de la importancia del papel de la cultura en la evolución de la sociedad y la necesidad de apostar por ella. En segundo lugar, hay que apelar al sentimiento melómano de la población y las empresas para que compensen de forma privada lo que la administración no está dispuesta a hacer. Finalmente, tendremos que reducir la actividad propia, quizás cerrando parte del año o modificando el modelo de explotación hacia un incremento del alquiler de las salas en detrimento de la temporada y programación propias. Por encima de todo, lo que sí esperamos evitar -a pesar de ser la solución más fácil- es una reducción de costes de las producciones, lo que no sólo tendrá efecto sobre la calidad, sino también sobre la precarización de un sector que ya ha sido suficientemente castigado.

Me ha gustado su artículo: interesante y concreto.
Si se me permite hacer una humilde aportación, que no tratará sobre la problemática que genera la actual emergencia sanitaria en el sector (no nos engañemos, es esta una cuestión de tanta magnitud y alcance que abordarla minimamente requiere de mucho espacio, valentía y, sobretodo, conocimiento), será ésta relativa a un dato “aparentemente’ tangencial que aporta el artículo y que tiene que ver con uno de los males ‘endémicos’ del sector: la edad media de los consumidores de música académica occidental. El índice elevado de ésta, conjuntamente valorado con la objetiva y progresiva disminución de público -disminución que se puede comprobar mediante la comparación de datos anuales de distintas fuentes durante los últimos decenios-, no hace más que plantearme la necesidad de que exista un debate profundo sobre la cuestión. En mi opinión, un abordaje serio y revolucionario del asunto aún no se ha dado, por las razones que sean; cada vez que he podido leer alguna opinión o valoración sobre dicho asunto he comprobado reiteradamente como se reproducen los mismos errores conceptuales bañados de cierto ánimo autocompasivo -sorprendentemente extendido- por los que las causas de este fenómeno se achacan a elementos tales como una supuesta ‘disminución de la educación cultural’ o falta de implicación del sector público, entre otros. No comparto opiniones de ese calado por múltiples razones; pero su explicación es demasiado extensa por razones de coherencia como para plasmarla en un simple comentario. Siempre estoy expectante a observar que surja un debate sobre la cuestión en algún lugar. Por último, indirectamente relacionado, me gustaría dejar constancia aquí sobre una sorprendente experiencia que no pocas personas han compartido conmigo, y que guardando las distancias puede servir de ejemplo de una de las muchas prácticas del sector que deberían de atajarse: parece ser notable la existencia de prácticas ‘socio-endogámicas’ en el mundo artístico, como por ejemplo en ciertos concursos/certámenes de composición.
Sin duda, tanto en el contenido del artículo como respecto de mi humilde aportación -que más bien parece un prólogo inconcluso- existen muchos elementos que merecen debate y sana discusión.
Kind regards.