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Robert Gerhard: una introducción al hombre y al compositor (Parte I)
«Cuando un compositor llega después de estar seis años haciendo penitencia y ayunos musicales con Arnold Schönberg, nadie duda de que estamos en presencia de un evento dentro del mundo de las artes. Además, si este compositor es Robert Gerhard, la cosa duplica su importancia. » El retorno del compositor de Valls a Barcelona en 1929 generó más entusiasmo que el que goza actualmente en Cataluña, donde el 50º aniversario de su muerte ha quedado ofuscado por la figura de Beethoven. ¿Quién era Robert Gerhard? ¿Por qué no es sólo una figura clave de la música catalana, sino también de la europea?

El 25 de septiembre de 1896 nació Robert Gerhard. Hijo de María Ottenwaelder, una alsaciana francesa, y Robert Gerhard, un suizo alemán por cuyo negocio la familia se había trasladado a Cataluña. Los primeros doce años de la vida de Gerhard se desarrollaron en un ambiente más bien restringido en cuanto a su concepción de la música: sólo tenía acceso a la música litúrgica eclesiástica y a la música popular. Para continuar con sus estudios secundarios, en 1908 se trasladó a Suiza y, en 1913, su padre lo envió a Lausana para que se preparara para estudiar comercio y, así, poder dedicarse a la exportación vinatera . En Lausana, sin embargo, Gerhard aprovechó para estudiar armonía y contrapunto, momento en el que surgirían sus primeras composiciones y abrazaría un amor por la música de por vida: fue su «primera y —viendo el que vino después— única formación musical», explicó años más tarde a Schönberg. Cuatro meses antes del inicio de la Primera Guerra Mundial y después de conseguir el beneplácito de sus padres para convertirse en un artista profesional, Gerhard se estableció en Múnich: «en la Akademie estudié piano con Roesger, asistí a clases de coro y me voy a apuntar a clases particulares de contrapunto con Courvoisier. E iba afirmando por todas partes que dominaba completamente la armonía.»
Con el estallido de la Gran Guerra, sin embargo, su regreso a Barcelona era inevitable. Desde 1915 fue alumno de piano de Enric Granados y de Frank Marshall hasta la muerte del primero en el canal de la Mancha. Después pasó a ser discípulo de Felip Pedrell. El musicólogo tortosino fue una figura fundamental en el aprendizaje de Gerhard, dado que le inculcó su creencia en la integración de la música popular tradicional (música natural) como base de la música culta (música artificial) y, consecuentemente, le enseñó «el maravilloso e ignorado legado de nuestra auténtica música popular». Robert Gerhard, «completamente revolucionado», afirmaba sentirse «entusiasmado por las nuevas orientaciones que me da Pedrell». A pesar de que reconocía —como otros de sus alumnos también hicieron patente— que su técnica era en algunos aspectos deficiente, su deuda con él «es inmensa por el estudio que me hizo de los polifonistas del 16, la literatura de viola y, especialmente, de los “tonadilleros” del 18», entre los que había algunos catalanes con quien a Gerhard le gustaba pensar que tenían algo en común. La maestría de Pedrell finalizó en 1920 —aunque continuó pidiéndole consejo hasta agosto de 1922, cuando Pedrell murió—, momento en el que Gerhard se adentró en una etapa autodidacta que complementó con numerosos viajes durante los que estableció contacto y amistad con artistas del momento como Manuel de Falla y Federico García Lorca. Los dos Tríos con piano compuestos en los años 1918 y 1922, respectivamente, lo establecieron como «una esperanza para nuestro arte» según la crítica y definieron su obra como «una de las más interesantes que ha producido la joven generación musical catalana.»

En 1923, Gerhard decide abandonar toda su producción compositiva para poner fin a sus carencias formativas. En diciembre del mismo año, sin embargo, concluye en su fracaso como autodidacta recluido y se aventura a pedir a Schönberg que lo acepte como alumno. Desentendiéndose de compositores franceses como Poulenc y Satie, a quien Gerhard acusaba de haber caído en «muchas barrabasadas y mucha propaganda» —algo muy parisino, según él—, Gerhard, temeroso de «dejarse seducir en París por un aprendizaje superficial y empírico» y despreciando su segundo Trío —«obra creada en la época más superficial de mi vida»—, viaja a Mödling para su primera entrevista con el compositor vienés. «Era una persona intimidante», decía Gerhard, que recordaba perfectamente el estado de inquietud en el que se encontraba el día que se conocieron: «Llamé al timbre, se abrió la puerta, y antes de que supiera qué estaba pasando sentí cómo me empujaba un perro enorme que había saltado y me plantó sus patas en el pecho.» Schönberg, a quien Gerhard nunca fue capaz de disociar «de su perro después de esta primera impresión», lo aceptó finalmente como alumno y, en enero de 1924, Robert Gerhard se estableció en Viena.
Bajo la maestría de Schönberg, Gerhard estudió armonía, contrapunto, fuga, composición e instrumentación, y trabajó «intensamente durante cinco años» —no compuso nada durante los tres primeros— en los que asimiló el lenguaje atonal y el método dodecafónico propuesto por su maestro. Gerhard, que en las clases con Schönberg había encontrado lo que llevaba tiempo buscando, tuvo también que hacer traducciones y dar clases de catalán y castellano. Además, cultivó numerosas amistades, entre las que se encontraban los compositores Alban Berg y Anton Webern. Fue precisamente en Viena donde conoció a Leopoldina Feichtegger: «Tengo unas amigas encantadoras. Una en particular más que las otras, ¡ay!», confesaba. Poldi, que era ésta una en particular, no tardaría mucho en convertirse en su novia y, en 1930, su esposa.
Durante los cinco años que Gerhard fue alumno de Schönberg, pudo disfrutar, además, del privilegio de formar parte de su círculo más íntimo de amistades. Los domingos, por lo tanto, acudía a los conciertos privados que tenían lugar en casa del compositor, uno de las cuales siempre recordó como «uno de los momentos más horriblemente difíciles de mi vida». Durante la velada en cuestión, Schönberg, Webern, Berg, Rudolf Kolisch y otros discutieron sobre Stravinsky, a quien dirigieron críticas «en su mayoría antipáticas y duras». Cuando Schönberg pidió la opinión a un sorprendido Gerhard, éste, balbuceando, se hundió «en una confusión lingüística entre otras cosas». Después de que el catalán hablara a favor de Stravinsky, «hubo un largo, embarazoso y agonizante silencio» durante el cual Gerhard se sintió «como si hubiera utilizado palabras malsonantes en un entorno de la más exquisita educación.»

Puede decirse con seguridad que Gerhard fue, sin duda, el principal y primer impulsor de la primera visita de Schönberg en España. Convencido de que su música era «la única que en una época de crisis internacional, verdadero baile de “estilos” y folclores, crece de pie, como un solo tronco, con la certeza imperturbable del camino de mañana». Era agosto de 1924: Europa estaba sumida en la inestabilidad —política, económica y social— que provocó la Gran Guerra y en España se cumplía casi un año del mandato de Primo de Rivera, cuya dictadura se extendería hasta el año 1930. Reafirmando poco a poco su vínculo con Cataluña, Gerhard también dio a conocer el movimiento catalanista en Austria y Alemania. Puso en contacto el Ateneu barcelonés con los escritores del PEN Club austríaco y, aunque estos se mostraron muy receptivos e interesados en los diferentes posicionamientos políticos que había en Cataluña sobre la independencia, siempre lo hicieron con la prudencia correspondiente a países que recientemente habían vivido la fragmentación del ya histórico Imperio Austro-Húngaro.
En 1926, con el inicio de la etapa como profesor de Schönberg en la Akademie der Künste, Gerhard se traslada a Berlín para poder continuar siendo su alumno. Percibido el cambio como un surgimiento de oportunidades —«Berlín es para Viena lo que París a Barcelona»—, al principio Gerhard sintió que «no estoy del todo en Berlín, tengo más de media, más de ¾ partes de mi personalidad amputada , he dejado una cantidad de porciones de mí en Viena, con Poldi, con vosotros y con los vieneses y vienesas en general». Con todo, sin embargo, Berlín se convertirá en una ciudad entusiasmante, sedienta de cultura, una ciudad a la que Gerhard se referirá como «el centro cultural del mundo». A pesar de sus dificultades económicas, Gerhard nunca dejó de asistir a salas de conciertos, teatros, cines y clubes nocturnos donde se familiarizó con el jazz, el rag-time, el foxtrot, el blues y el charleston, tendencia cultural resurgida durante los felices años 20 estadounidenses. Cataluña seguirá estando presente en su vida durante esta etapa, haciendo evidente sus intereses políticos como simpatizante de la política de Francesc Macià.
A partir de 1928 Gerhard recuperará su actividad compositiva. Esta, fundamentalmente camerística, comienza a mostrar los resultados de una formación magistralmente combinada con Pedrell y Schönberg: sin alejarse aún totalmente de la tonalidad, sus obras presentan muchos cromatismos y ambigüedades tonales junto con referencias al folclore.
Como maestro y como amigo, Schönberg fue esencial para Gerhard, que lo describió como «el hombre que para mí suponía la garantía más firme, en este aspecto, de representar y conservar lo que tiene la tradición de valores eternos». Evidentemente, el aprecio fue mutuo, algo demostrado en el hecho de que Schönberg, en su testamento, incluyera a Gerhard como uno de los compositores con voz para asesorar su familia respecto manuscritos inéditos.
