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Los grandes olvidados – Barcelona Classica
Opinión

Los grandes olvidados

Los sacrificios de los colaboradores 'freelance' de las orquestas

12-05-2020

La situación de inestabilidad permanente de los colaboradores de orquesta es un problema añadido a la crisis del COVID-19. Sin una plaza fija, pocos derechos les corresponden. Se trata de un problema crónico que ya hace tiempo que castiga la cultura española y que, sin ayudas claras, no aguantará el pinchazo de la economía.

Muchas orquestas requieren de colaboradores, grandes perjudicados de esta crisis.

Las pruebas de orquesta suelen ser la opción más fácil o, al menos, la más lógica según las instituciones académicas actuales para que un instrumentista clásico encuentre trabajo después de sus estudios. La educación se basa en la falacia de que todo el mundo tendrá trabajo dentro de una orquesta al terminar la carrera. La realidad, sin embargo, suele ser muy diferente. Las plazas son extremadamente limitadas y pocos son los que gozan de una estabilidad real en una de estas formaciones. El resultado es que la mayoría optan por trabajar en el extranjero. A pesar de tener un plantel de músicos autóctonos más que preparado, el poco trabajo les obliga a buscarse la vida fuera del país.

Los que optan por quedarse aquí, en todo caso, son mayoritariamente freelance que saltan temporalmente de una bolsa orquestal a la otra, sufriendo llamadas de última hora que requieren preparar repertorio en tiempo récord y que, muchas veces, originan lesiones derivadas del estrés y los nervios. Son muchos los que pasan largas horas en la carretera yendo de un lado a otro, cenando bocadillos a horas intempestivas y parando en áreas de servicio en la madrugada. Si bien es cierto que las formaciones pasan por momentos difíciles, también lo es que muchas de ellas viven de colaboradores. Se podría decir que son estos los grandes perjudicados de la grave crisis sanitaria y cultural, ya que, sin plaza fija, pocos derechos les corresponden.

Los colaboradores son realmente muy numerosos en las orquestas españolas. Los hay que llevan más de diez años en alguna y casi es como si tuvieran la plaza fija. No pueden decir que no a un proyecto por el miedo que no se les vuelva a llamar. La demanda de trabajo es alta, por lo que nadie quiere rechazar. Par otra parte, tampoco saben si les va a durar para siempre, por lo que viven con una incertidumbre absoluta, sin estabilidad económica clara ni planes de futuro seguros.

La mayoría de estos músicos vive en una incertidumbre absoluta, sin estabilidad económica clara ni planes de futuro seguros.

Cuanto más años pasan, peor. Después de tanto tiempo de incertidumbre permanente y cuando ya casi muchos creen que tienen la plaza, se convocan pruebas y puede que queden fuera. Nadie está 100% preparado para una audición en la que se presentan doscientos aspirantes para una plaza. Siempre se puede tener un mal día, por no decir que, en tantos años de trabajo, siempre se crean tanto amigos como “enemigos” dentro de la orquesta, los cuales puede que formen parte del tribunal. ¿No es, sin embargo, injusto que una persona que ha funcionado bien durante tantos años se le excluya de la orquesta donde ha trabajado durante tanto tiempo?

Quizás el problema es que en este país no se apuesta suficientemente por la cultura, ni la sociedad consume suficiente. Las orquestas no tienen dinero y prefieren contratar colaboradores, los cuales trabajan falsamente como plazas fijas. Se trata de un gran paralelismo con los becarios de las grandes y no tan grandes empresas. El pez gordo no está obligado a pagar vacaciones ni cotización social pero, en cambio, recibe trabajadores con deberes más que exigentes.

Las orquestas españolas apuestan cada vez más por colaboradores que por músicos fijos.

Ganar una plaza es difícil y puede llegar a ser un largo camino. La media de audiciones que se deben hacer para conseguir una es alta y conlleva grandes derrotas, además de gran cantidad de horas de estudio. El sacrificio es inherente al músico, aunque parece que las crisis económicas permanentes nos han llevado al casi desprecio por parte del capital a una profesión que, a pesar de ser muy dura, no es lo suficientemente respetada. La precarización del músico es más que latente, siendo carne de cañón y el último peón del tablero. Si no queremos más títeres en nuestras orquestas, quizás deberíamos exigir más derechos para sus trabajadores.


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