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En la intimidad del cuarteto – Barcelona Classica
Cámara

En la intimidad del cuarteto

5 cuartetos de cuerda para poner música al confinamiento.

02-05-2020

La música de cámara, por su propia naturaleza, va ligada a la intimidad de un espacio recogido, cercano y cálido. Es precisamente en un espacio como este donde hemos pasado la mayoría de los últimos días de confinamiento, entre cuatro paredes que se nos hacen pequeñas a medida que pasan las horas. Poner música nos renueva y transporta a través del tiempo, nos invita a cruzar las paredes para sentarnos a escuchar la proximidad de la música de los cuartetos de cuerda que suenan dentro de las cámaras reales de la Europa del siglo XVIII, la descarada originalidad introspectiva de Ethel Smyth o las emblemáticas dinámicas que Debussy plasmó en su única obra para este formato.

Joseph Haydn, padre de los cuartetos de cuerda ( StaatsMuseum, Vienna)

1. Luigi Boccherini. Seis Cuartetos de cuerda, Op. 26.

El clasicismo musical es la cuna de los cuartetos de cuerda, nacidos de pentagramas de los divertimentos y serenatas de Joseph Haydn. A partir de aquí, la historia de esta formación musical pasa directamente de las 67 obras que el compositor austriaco dedicó a perfeccionar su forma a los cuartetos de Mozart, considerados la culminación del cuarteto de cuerda clásico. Algo más desapercibidas han pasado obras de otros compositores como Luigi Boccherini, quien perfeccionó su forma, dando fuerza y originalidad a un formato aún lejos de popularizarse.

Oscurecidos por un error de nomenclatura, los seis Cuartetos de cuerda Op. 26 no gozan del reconocimiento que corresponde a su belleza y elegancia. El mismo Boccherini los numeró dentro de sus opera piccola – obras pequeñas -, aunque no pretendía que sus cuartetos fueran tomados menos en serio que otras obras de forma más larga. “Todo es tela de la misma pieza”, comentó su editor, refiriéndose a la extensa paleta de sonidos que Boccherini utilizó para las melodías más dulces y cantabiles, dibujadas en un lienzo que también incluye introducciones abruptos y las conclusiones más repentinas . En definitiva, los Op. 26 son una caja llena de sorpresas, a veces haciendo uso de material folclórico español que traiciona el propio origen elegante y exclusivo de la composición, escrita para la corte del infante Don Luis, hermano de Carlos III. La elegancia y sutileza, así como el uso de la forma del cuarteto de cuerda de forma tan temprana, claman una mirada más atenta por parte de quienes la escuchamos.

Retrato a lápiz de Luigi Boccherini, de Etienne Mazas.

2. Ethel Smyth. Cuarteto de cuerda en Mi menor.

Mucho había evolucionado cuando Ethel Smyth compuso su único cuarteto de cuerda en 1912. Durante los treinta años que separan esta obra de su Quinteto de cuerda Op. 1 – la más cercana en cuanto a la forma -, las tendencias musicales europeas habían cambiado a una velocidad nunca vista. Tal y como describe la crítica musical británica Katherine Eggar, el Cuarteto de cuerda en Mi menor es un claro ejemplo de la mezcla entre el estilo personal de Smyth y su capacidad de adaptarse: “La apertura del Allegro lirico es un movimiento fresco e introspectivo, que hace uso del recurso de la escritura parcial y del ritmo con un alto nivel musical. En contraste, el segundo movimiento, Allegro molto leggiero, falta deliberadamente de la calidad lírica creando un efecto de original y agradable ofensividad que se contrapone a la noble emoción del Andante. El final, Allegro energico, incluye una fuga rítmicamente inusual pero tan encantadora y potente como ella misma “.


Y es que, tal y como esta obra supone en cierto modo una ruptura, su compositora rompió las limitaciones de su origen inglés de clase media en una rebelión abierta que canalizó a través de la música. Ignorada persistentemente por el canon musical, fue – y es – una voz significante y vital para el panorama británico de su época. Aclamada por su obra, ésta refleja la larga lucha en defensa del reconocimiento de las mujeres músicos, un afán que da pie, aún más, a redescubrir una obra transparente, rítmica y vital que también pide una mirada más atenta.

Dame Ethel Smyth, fotografiada por Bassano Ldt (National Portrait Gallery, Londres)

3. Claude Debussy. Cuarteto de cuerda en Sol menor, Op. 10.

Fue, tal vez, el estreno del Cuarteto de cuerda en Re menor de César Franck lo que animó a Debussy a entrar en el mundo de la música de cámara. Aunque no ha compuesto nunca por este tipo de formación, el compositor francés creó un cuarteto de cuerda ultramoderno con efectos de sorprendente belleza y originalidad que conservaron intacto su estilo tan particular y que tantas veces se ha tachado de impresionista – adjetivo que él mismo rechazaba.

Estructurado en cuatro movimientos, la sensualidad de los cambios tonales y la estructura cíclica de cada uno de los temas hacen que la obra se constituya como la separación final con la rigidez de la armonía clásica, abriendo la puerta a un nuevo mundo de posibilidades. Con una más que probable influencia rusa marcada por el testimonio de compositores como Tchaikovsky o Borodin, la obra fue recibida por opiniones contradictorias por parte del público. Los temas poéticos, las sonoridades extrañas y las dinámicas y articulaciones contrapuestas llevan a la obra hacia una particularidad simbólica; detalles que hacen justicia a la atemporalidad y originalidad de su compositor.

Claude Debussy, 1908.

4. Fanny Mendelssohn. Cuarteto en Mi bemol mayor.

Escrito en 1834, Fanny Mendelssohn basó el Cuarteto en Mi bemol mayor en una sonata para piano inacabada que ella misma escribió cinco años antes. Repasar su obra dio como resultado un cuarteto de cuerda maduro donde plasmó una parte de su personalidad que ella misma no reconocía, un estilo “extremadamente conmovedor y emocional” con el que le costaba identificarse, lejos de ser una “persona excéntrica o excesivamente sentimental “. Así describía la compositora alemana una obra que exploraba nuevas dimensiones de una sonoridad más apasionada y cruda que se diferencia de la elegancia de cara al público que expresan las obras de su hermano.

Real y brillante, el cuarteto se abre con un extenso Adagio ma non troppo que contrasta con el tono juguetón del Allegretto, ambos inclinándose hacia tonalidades menor. El punto culminante es la Romanza, el movimiento más extenso y pasional en el que evoca el mundo del romanticismo alemán en una increíble originalidad armónica. Finalmente, en el Allegro molto vivace, Fanny Mendelssohn deja correr toda la energía de los músicos en un movimiento rápido y dinámico que culmina la obra entre melodías y registros agudos.

Fanny Mendelssohn

5. Dmitri Shostakovich. Cuarteto en Do menor No. 8, Op. 110.

Hasta hoy, la relación de Shostakovich con la política es aún objeto de debate, y es que se ha discutido mucho hasta qué punto habría sido un disidente clandestino y, consecuentemente, qué tienen que decir sus obras. El compositor ruso escribió el Cuarteto en Do menor No. 8 poco después de su reticente unión al Partido Comunista. Dedicada a “las víctimas del fascismo y de la guerra”, es a menudo interpretada como una referencia a las víctimas de cualquier expresión del totalitarismo; aun así, muchas otras opiniones consideran este cuarteto como una obra personal, incluso un epitafio para anunciar su suicidio.

No cabe duda de que la obra lleva una carga emocional inmensa que se expresa entre los pentagramas de una obra extremadamente compacta, de cinco movimientos interconectados. Incluye repeticiones de motivos y temas de diferentes conciertos y sinfonías posteriores, adaptadas a la intimidad del cuarteto. Por ejemplo, el primer movimiento incluye motivos de la Primera y la Quinta sinfonías, mientras que el tercer movimiento fundamenta su lenta melodía en los temas del famoso Concierto para violonchelo No. 1 del mismo compositor. En general, su malestar se hace latente en una obra gris pero que cuenta con la pureza y originalidad de las formas más expresivas de Shostakovich.

Dmtri Shostakovich.

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