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Después de más de seis meses de silencio operístico, el edificio del Liceo se reabría finalmente a su público este pasado domingo 27 de septiembre. Las participaciones de orquesta y coro en algunos de los pocos festivales veraniegos que se han celebrado este año, así como una inclasificable performance para plantas (Concierto del bioceno) o una pretendida inauguración de temporada en la sacra Montserrat (Réquiem de Mozart) con un aforo anecdótico, han hecho que durante todos estos meses todos esperara con impaciencia la vuelta a la sala del terciopelo rojo y las filigranas doradas.

Las severas restricciones impuestas por esta extraña nueva normalidad han dado como resultado, de momento, un teatro reducido a la mitad de su aforo, con el respeto escrupuloso de las distancias de seguridad (asientos precintados y accesos escalonados), limpieza de manos (dispensadores de geles hidroalcohólicos por todo el teatro), vigilancia de la temperatura (cámaras térmicas) y el uso de mascarilla en todos los asistentes. Un breve tráiler recordó todas estas novedades antes del inicio del concierto.
Para esta vuelta, la dirección artística del teatro ofreció con muy buen criterio un recital con dos de las voces más queridas en el Liceo, la soprano norteamericana Sondra Radvanovsky y el tenor polaco Piotr Beczala, ambos con repetidos éxitos en su ya dilatada carrera en el mismo teatro y unos de los nombres más deseados por todos los coliseos operísticos internacionales. El programa alternó fragmentos verdianos con otros veristas de algunas de las más grandes creaciones de los dos cantantes, varias de ellas ya conocidas en el Liceo.
Beczala abrió el concierto con el aria “Quando le sere al placido” de Luisa Miller, ópera que interpretó precisamente con Radvanovsky hace dos temporadas en el Liceo. En esta primera página ya nos sedujo su voz de tenor lírico puro, de tonalidades clarísimas, fluidas, con una excelente matización. Pese a la frialdad del inicio, cuesta imaginar un mejor Rodolfo en la actualidad.
Pero a medida que avanzó el concierto, el tenor se adentró en repertorios más pesados, de lirico spinto, como las arias de Andrea Chénier (“Come un bel dì di maggio”, además del dúo final con Radvanovsky), Cavalleria rusticana (“Mama, quel vino è generoso”) o la famosísima “E lucevan le stelle” de Tosca. En ningún momento la voz se mostró sobrepasada por el reto (el tenor goza de una robustíssima técnica), pero a su expresión le faltó una mayor generosidad en peso vocal, más allá de un control escrupuloso de las sonoridades.
El contrapunto perfecto lo encontramos en Sondra Radvanovsky. Su generosa voz, de tonalidades ásperas al principio que poco a poco la soprano modulando y limando, supone una voz ideal para las partes de spinto. Su inicio en el concierto fue con la tormentosa “Pace, pace mio Dio!” de La forza del destino, donde escucharemos una capacidad excelente de fiato que le permitió sorprendernos con el arte de los reguladores, además de un agudo final que parecía no tener fin.
Tras su sentida encarnación de la Maddalena di Coigny con “La mamma muerta” (aria bisada durante la temporada 2017/18, cuando debutó el papel al mismo Liceo) o una trágica Manon Lescaut con “Sola, perduta, abbandonata”, la perla de la noche llegó con el virtuosismo canoro mostrado en “Vissi d’arte” de Tosca. Es complicado ser original y conmover con un aria tan magrejada como ésta, y Radvanovsky lo consiguió volviendo a poner sobre la mesa sus mejores cartas, ante un público abrumado por una voz de mil y un matices que la soprano gestionaba con una facilidad totalmente sorprendente.
El programa terminó con el dúo de resonancias meyerbeerianes “Teco io sto” de Un ballo in maschera. En este momento quizá se hizo más evidente uno de los hándicaps de la velada: el preciosista pero en exceso discreto acompañamiento pianístico de Camillo Radicke, demasiado en un segundo plano durante todo el concierto, como mirándose de lejos la fiesta vocal que tenía delante.
Las propinas fueron generosas. Radvanovsky nos regaló la conocidísima “Canción a la luna” de Rusalka, pero especialmente se mostró sobrecogedora con “Io son el umile ancella” de Adriana Lecouvreur, premiada con una sonora ovación.
Beczala, por su parte, nos descubrió un interesante fragmento de la ópera polaca Halka de Stanislaw Moniuszko, obra desconocida que él mismo revindica la temporada pasada en el vienés Theater an der Wien. Pero su gran éxito de la noche llegó con el aria de Werther, que el público liceísta aún tenía presente de las representaciones de 2017 y que el tenor nos recordó con sus característicos agudos luminosos y lirismo intenso.
La velada finalizó con unos gramos de azúcar extraídos de La viuda alegre de Lehár, pensando seguramente en una mejor digestión de una tarde llena de emociones y reencuentros, quizás magnificada por un público ávido de ópera y grandes voces después de tantos meses de silencio.
