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El barítono alemán vuelve a la Schubertíada de Vilabertran para ofrecer un doble recital de Lieder de Beethoven y Brahms
En 1994 un joven Matthias Goerne debutaba en la Schubertíada de Vilabertran en la que fue su primera incursión en el extranjero, pocos años después de la caída de su Alemania del Este natal. Y es que el crecimiento del barítono y del festival ampurdanés siempre han ido de la mano. Goerne, figura habitual en la canónica de Vilabertran, se ha convertido en uno de los artistas más queridos del fundador del festival, el Dr. Jordi Roch.

Una Schubertíada sin Goerne es una Schubertíada incompleta. Y el barítono lo tiene bien presente. En un doble recital de este pasado jueves 27 que contaba con su fiel acompañante al piano Alexander Schmalcz, la emoción de su visita se hacía presente en la nave románica de Vilabertran. En esta ocasión, como es de suponer, venir sopuso un esfuerzo extraordinario que aportó una imagen de normalidad en el festival y la esencia propia de la Schubertíada en unos tiempos tan atípicos. El primer concierto tuvo lugar a las 19.30 y el segundo a las 22.00, lo que significó que el artista tuviera que reservar la voz para poder ofrecer ambos pases.
Bajo la mirada del presidente Jordi Roch, de 88 años, que en las últimas ediciones ha confiado la coordinación del ciclo a Victor Medem, se daba el pistoletazo de inicio del concierto sin demasiado preámbulos. Los Sechs Lieder nach Gedicht von Gellert, op. 48 (Seis canciones sobre poemas de Gellert) del este año celebrado Beethoven fueron los primeros en sonar. El lied de apertura fue Bitten (Oración), una pieza premonitoria que sirvió a Goerne para desearse una actuación exitosa.
El dominio del espacio por parte del artista se notó desde el principio. Gerne dirigía la mirada a todas las esquinas del público, incluso a las naves laterales del escenario, ocupadas por sillas debidamente separadas y que estaban prácticamente todas ocupadas. En los momentos más íntimos, sin embargo, la tendencia del cantante era de fijar la vista en la partitura.

El hecho de que el ciclo de estos Lieder de Beethoven contenga la canción Vom Tode (de la muerte) puede parecer una elección algo macabra por los tiempos que corren, pero con el dominio sobre su trabajada voz que pudo llenar rápidamente la iglesia , con la seguridad que transmitía de tantos años en los escenarios, se respiraba una solemnidad litúrgica en un ambiente todavía frío. Parte de esta calidez sonora venía de un dominio del juego con la resonancia de las características de la iglesia, muy útil a la hora de dar cuerpo y duración a los agudos de una voz de barítono. Su mirada intensa, con sus ojos azules, costaba que pasara desapercibida. A pesar de la experiencia del barítono, la mirada seguía viva y ayudaba a dar la impresión de que lo que Goerne explicaba en los Lieder fueran unos mensajes que ocultaba en su interior y que nos hacía el favor de exponerlos.
Aunque la teatralidad de Goerne a la hora de explicar las historias no es demasiado fluida, la comunicación entre pianista y cantante era sorprendente. La esencia del lied es contar una historia, un relato breve en formato de canción, de unidad melódica, y en formato de cuento. Cada intérprete aporta un significado propio y lo expresa en la forma como le sale de dentro. Una modalidad musical que forma parte inherente de nuestra expresión artística como seres humanos. Una de las expresiones más primitivas de esta forma de hacer arte se remonta a aquellos días de Navidad en el que los más pequeños de la familia luchan por subir al taburete y recitar un verso festivo o cantar un villancico. Es este espíritu familiar y de compartir un mensaje lo que mantienen, en parte, las Schubertíadas y, en especial, la de este año en Vilabertran. A pesar de mantener el mismo espacio, la reducción de plazas da más importancia a cada miembro del público. La iglesia románica, de planta basilical, que en un pasado había servido para atemorizar a la población y oscurecer mentes, ahora sirve para acercar el arte arquitectónico y musical al espectador y recogerlo en un entorno único.
“La comunicación entre pianista y cantante era sorprendente”
Una proximidad, que en el caso de Goerne, comenzaba por la de su compañero Schalcz al piano que, de tener tan interiorizadas las obras, cantaba la letra de cada canción con los labios. Una química artística que pasaba por encima de si se producía alguna imprecisión técnica. Más allá del dramatismo expresivo, sus orígenes germanos le permiten interpretar Lieder en alemán con una fonética precisa y dar musicalidad a cada fonema que se verbaliza, especialmente las “Ü”. La costumbre de repetir versos a la hora de musicar un texto puede tener el peligro de generar reiteración. Goerne, sin embargo, logra modificar bien su intención para cada verso repetido y aporta una diferencia expresiva muy interesante. Una modulación dramática necesaria en obras de compositores como Beethoven en las que proliferan los contrastes, en esta ocasión no sólo dentro de cada lied sino en la composición global y relación de cada canción entre sí.
Unos orígenes alemanes que hacen que el barítono esté poco habituado al calor y bochorno típico de l’Empordà en estas alturas de agosto y el hecho de frotarse los ojos entre prácticamente cada pieza lo corroboraba. Un calor que se hizo evidente ya antes del final del primer tramo del recital, que terminó con la Bußlied (canción de arrepentimiento) de Beethoven, una obra brillante y alentadora.
“Goerne consigue modificar su intención a la hora de repetir los versos”
Las piezas de Brahms se iniciaron con el lied Sonntag, op. 47/3 (Domingo), una obra muy acertada que apela a este recuerdo de los encuentros pre COVID y de las que tenemos una pincelada en actos como este. El deseo de llegar a la persona amada de esta primera canción es perfectamente extrapolable al deseo de un artista de conseguir llegar al público.
A medida que iba avanzando este conjunto de Lieder llenos de introspección y originalidad compositiva, el piano tomaba cada vez más protagonismo y se convertía en un eco y en una voz secundaria a la del barítono. La caja de resonancia del instrumento se convirtió en un sujeto más a transmitir las historias musicadas sobre la que Goerne se abalanzó en varias ocasiones. El cantante es bien consciente de que las respiraciones son parte de la música y las utiliza para expresar la transformación emotiva de la voz del barítono que se va desplazando entre las piezas.
Sommerfäden, Op. 72/2 (Angelitos de verano) cerró la serie de canciones de Brahms y despertó los primeros aplausos de la noche. Ambos músicos cogen una toalla y se secan, Goerne hace un gesto reverencial hacia su respetado Doctor Roch, que fue de los primeros asistentes en aplaudir.
La frescura compositiva de Beethoven con An die ferne Geliebte, op. 98 (A la amada lejana) es la obra que sirvió para cerrar el recital. Considerado como el primer ciclo de Lieder escritos por un compositor de renombre, data de 1816 y se basa en poemas de Aloys Jeitteles, creados cuando el escritor sólo tenía 21 años. Tras una primera entrega de obras de Beethoven dedicados al amor a Dios, este ciclo también es de amor, pero no a una divinidad, sino a una querida.
Los interludios de piano hicieron que, si el espectador quedaba abstraído por la música, los cambios de pieza pasaran desapercibidos, especialmente los que tenían una intención expresiva similar. El último Lied programado de la noche, Nimm sie hin denn, diese Lieder (Acepta, pues, estas canciones) sirvió como recopilatorio de todo lo que se había ido expresando al ciclo. Entre otras ideas, hace referencia a la música como un elemento que cura el dolor del corazón roto. Las últimas líneas que entonó el barítono le sirvieron para terminar de demostrar su fuerza vocal a pesar de su fatiga por el sudor que se hacía patente a través de su americana. El alemán tira la cabeza hacia atrás ligeramente y mira hacia arriba, todo reflexivo. Tras unos segundos de silencio catártico, el público se entrega a una lluvia de aplausos a las que ambos artistas responden con varios saludos y una sonrisa honesta al Dr. Roch.
Después de un vis, los músicos se retiraron definitivamente del escenario y se pusieron la mascarilla para irse entre el público. Una escena bastante extraña pero que en los próximos meses será la habitual en la programación musical de los diversos espacios del país. El público, poco a poco, se fue levantando de sus sillas, desprendiendo un sentimiento de comunión entre los presentes, que recibieron un mensaje positivo y de compañía que nos recuerda que, a pesar de todo, es posible encontrar el tiempo para disfrutar de un arte liberador de las preocupaciones cotidianas. En pocos minutos la iglesia volvió a quedar vacía y se impuso el silencio que ha dominado el espacio durante tantos meses de confinamiento.
