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La semana pasada se clausuraba el Bachcelona con un magnífico concierto en los Jardines del Hospital de Sant Pau. Era el primer concierto al que asistía después de haber pisado por última vez el escenario del Palau de la Música el pasado mes de marzo. Los nervios y la curiosidad me afloraban: por un lado, por conocer de primera mano cómo el sector cultural seguía adelante con los espectáculos y conciertos respetando las restrictivas medidas de seguridad impuestas por la COVID-19; por otra, porque quería que —en consecuencia— todo saliera bien y el único de mis inevitables males fuera que, con la mascarilla, se me empañasen los cristales de las gafas.

La cultura no sólo ha conseguido adaptarse a las excepcionales necesidades del momento, sino que, además, sigue más viva y segura que nunca
Recuerdo haber hablado durante el confinamiento con el miembro de una orquesta catalana que me dijo que era muy difícil reinventar un nuevo formato para la música clásica. La verdad es que, en ese momento, también yo misma corroboré las enormes dificultades a las que debería enfrentarse la clásica para hacer frente a esta situación sin precedentes que algunos se empeñan en considerarla como la “nueva normalidad”, y tuve muchas dudas respecto al regreso de los conciertos. Sin embargo, creo que es evidente que, después de lo visto en el Palau de la Música, el Festival Grec y la colaboración Cruïlla XXS-Bachcelona, etc., la cultura no sólo ha conseguido adaptarse a las excepcionales necesidades del momento, sino que, además, sigue más viva y segura que nunca: mascarilla puesta, gel hidroalcohólico a disposición del público y éste sentado en sillas separadas por la distancia de seguridad pertinente, el recinto modernista, como muchos otros espacios, llenó el aforo reducido permitido el pasado jueves al 100%.
Lo que puede considerarse un éxito en el regreso del mundo de las artes teniendo en cuenta las circunstancias que estamos viviendo ha acabado convirtiéndose en una experiencia agridulce. El mismo día que asistí al concierto de clausura del Bachcelona desayuné en la terraza de un bar y cogí el transporte público: nadie me pidió que me lavara las manos, la mascarilla no era algo indispensable y, naturalmente, tampoco fui acompañada hasta una silla o asiento aislados del resto por un metro y medio de distancia ni tuve que entrar en los recintos que no fueran de concierto —estos, por cierto, todos al aire libre— a una hora determinada para evitar aglomeraciones. Y, sin embargo, esta semana no podremos ir ni a más conciertos ni a los teatros o los cines.
Cuando la economía se pone por delante las artes dejan de ser imprescindibles y son las primeras víctimas del cierre obligatorio ante nuevos rebrotes
Decía Petronio en el Satiricón que el amor al arte nunca ha enriquecido a nadie. Independientemente de si esto se escribió en el siglo I o en el siglo IV dC, es evidente que actualmente tampoco hemos avanzado mucho en este sentido: aunque con la pandemia se ha agrandado el problema, la precaria situación del sector cultural es algo que se arrastra desde hace años y años. Nuevamente, la política ha respondido con palabras vacías: si bien durante el confinamiento parecía que la música, los libros, etc., se erigían como necesidades vitales para el ser humano y se ayudaría al sector a retomar su actividad, cuando la economía se pone por delante las artes dejan de ser imprescindibles y son las primeras víctimas del cierre obligatorio ante nuevos rebrotes —aunque ninguno haya surgido en un espectáculo cultural. La imagen contrastante entre una sala de conciertos casi vacía y aviones llenos de turistas extranjeros me vuelve a remitir a las palabras de Petronio, que criticaba que se viera más arte «en un lingote de oro que en cualquier obra maestra de aquellos pobres maniáticos griegos llamados Apelas o Fidias»: vivimos en una sociedad esclava del beneficio económico en la que la alimentación del alma y del sentido de la libertad del ser humano mediante la práctica de las artes se ha convertido en el segundo plato, aquel que, si el primero ya ha saciado nuestra hambre, no hace falta ni que nos lo traigan a la mesa.
La respuesta de las autoridades hacia los esfuerzos del ámbito cultural para volver de forma segura no es sólo indignante, sino también sumamente incoherente
Detrás de cada concierto, de cada obra de teatro, de cada película, hay horas —años, incluso— de trabajo, dedicación y entusiasmo que van más allá de la puesta en escena. La respuesta de las autoridades hacia los esfuerzos del ámbito cultural para volver de forma segura no es sólo indignante, sino también sumamente incoherente. La pandemia ha puesto de manifiesto los puntos más débiles de la sociedad, no nos ha hecho ni más fuertes ni más valientes: es en momentos como el que estamos viviendo cuando surge la verdadera esencia del ser humano y, entre otras cosas, esta crisis en particular ha destapado la ineptitud de quienes debían trabajar en servicio del pueblo para gestionar esta compleja e inédita situación: la mayoría han sido incapaces de dejar de lado sus intereses ideológicos, políticos, o económicos, particulares, porque eso es lo que ocurre cuando al frente de las consejerías y los ministerios de los gobiernos se sientan, no expertos en la materia, sino personas escogidas a dedo. Ahora, panem et circenses para el pueblo: abrimos playas, abrimos bares, a ver si así no se quejan tanto.
El victimismo nunca ha llevado a nadie a ninguna parte, pero sí lo ha hecho la cultura: un ataque a su continuidad y supervivencia es un ataque a toda la sociedad. La cultura debe continuar ofreciéndose segura como un bien de primera necesidad sin resignarse a convertirse en algo gratuito que va y viene como una herramienta de postureo. Es en momentos como este que hay que recuperar las palabras de Whitman en To the States: «Resistid mucho, obedeced poco». Por una sociedad con capacidad de reflexión, por una sociedad libre, por una sociedad con cultura, cultura en directo.
Que el último espectáculo no sea un final definitivo.
