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La historia de la clásica escrita por mujeres VI
«Mi objetivo actual es señalar que hasta que mujer tras mujer hayan emergido en el primer plano de la música, como ya han hecho en el ámbito de la literatura, ninguna mujer compositora puede esperar un tratamiento objetivo. Entre quien percibe y lo que se percibe, se levanta como una niebla el pensamiento: “Nunca ha habido grandes compositoras —y nunca habrán.”» Son palabras de Ethel Smyth, cuya música e historia hoy son protagonistas en esta sexta parte de La historia de la clásica escrita por mujeres.

Nacida el 22 de abril de 1858 en Sidcup, Ethel Smyth fue una conocida compositora inglesa y miembro activa del movimiento sufragista femenino. Fue la cuarta de una familia de ocho hermanos a quienes, por el disfrute de las circunstancias, les gustaba celebrar el cumpleaños de su hermana el día 23, junto con el de Shakespeare. A diferencia de las compositoras que hasta ahora hemos tratado, Smyth se inició en la música tardíamente, ya que su padre —general mayor a la Royal Artillery— se opuso firmemente a su deseo de perseguir una carrera profesional en el mundo de la música. La batalla entre padre e hija, sin embargo, fue finalmente ganada finalmente por ella, que comenzó sus estudios a los diecisiete años con Alexander Ewing: el compositor escocés —Smyth lo describió en sus memorias como «una de las personas más encantadoras, originales y caprichosas del mundo»— le enseñó armonía, analizó sus composiciones y la introdujo en las óperas de Wagner y la obra de Berlioz. Ewing, que rápidamente vio el potencial de Smyth, habló de ella como una «músico nata que debe comenzar su formación inmediatamente».
Cuando su devoción por la música fue clara y total, a Ethel Smyth le fue permitido continuar sus estudios en el Conservatorio de Leipzig en 1877, donde estudió composición con Carl Reinecke y donde también coincidió con Grieg, Tchaikovsky y Dvorak. Sin embargo, su estancia en el conservatorio fue corta: Smyth abandonó el centro un año más tarde, decepcionada con el profesorado y el alumnado, y continuó sus estudios con un tutor privado, Heinrich von Herzogenberg. Este la presentó a Clara Schumann, Joseph Joachim y Johannes Brahms. Ethel Smyth se estableció en Alemania durante diez años, donde estrenó en veladas privadas muchas de sus composiciones —la mayoría canciones, obras para piano o de cámara. En la Gewandhaus de Leipzig también se interpretaron su Quinteto de cuerdas, Op. 1 y la Sonata para violín, Op. 7. La compositora volvió a Inglaterra en 1890 y se instaló definitivamente en Londres, desde donde continuó su tarea compositiva.
Si es rápida y abrupta, es la impaciencia de la mujer; pero si es directa, lúcida y fuerte, “estas son cualidades que no buscamos por regla general en las mujeres”
Ethel Smyth
La producción de Ethel Smyth, también a diferencia de muchas compositoras anteriores, explora una amplia selección de géneros: su corpus clásico incluye seis óperas, una misa, numerosas canciones, una sinfonía y tres cuartetos de cuerda, entre otros. La compositora era alabada o atacada por la crítica alternativamente en relación a su música, a menudo marginalizada como la obra de una “mujer compositora”. En sus escritos, Smyth se dirigió a menudo a esta cuestión: «¿Cuando se librarán nuestros hombres de esta obsesión sexual, tan… fuera de lugar en la crítica de arte? Se ve en su mayor intensidad en relación con la música; si una obra es demasiado larga es lenguaje discursivo femenino (como si los hombres fueran siempre breves y fueran directos al grano, por favor!); si es rápida y abrupta, es la impaciencia de la mujer; pero si es directa, lúcida y fuerte, “estas son cualidades que no buscamos por regla general en las mujeres”».
La ópera Der Wald (1903) de Ethel Smyth fue, durante más de un siglo, la única ópera compuesta por una mujer producida en la Metropolitan Opera de Nueva York
La Misa en Re Mayor y algunas de sus óperas marcan los principales éxitos de la carrera musical de Smyth. Estrenada en 1893, Ethel Smyth compuso una misa para su amiga Pauline Trevelyan que, de no haber sido por la influencia del director Hermann Levi y la Emperatriz Eugenia de Montijo, posiblemente no se hubiera podido llevar a los escenarios: pese a que, finalmente, el estreno fue un éxito —un crítico de The Times dijo que «esta obra definitivamente posiciona la compositora entre los más eminentes compositores de su momento»—, la Misa no se volvió a interpretar hasta 31 años después. También la ópera Der Wald (1903) de Ethel Smyth fue, durante más de un siglo, la única ópera compuesta por una mujer producida en la Metropolitan Opera de Nueva York y la ópera The Wreckers (1906) ha sido considerada por algunos críticos como «la ópera inglesa más importante compuesta durante el período entre Purcell y Britten». En 1907, Gustav Mahler consideró incluir una producción de ésta en la Ópera Estatal de Viena, lo que hubiera constituido un prestigiosísimo estreno para Smyth. El evento, sin embargo, se vio truncado cuando Mahler abandonó el cargo bajo las presiones del antisemitismo vienés y se marchó a Nueva York. Del director y compositor, Smyth dijo que «fue, de lejos, el mejor director de orquesta que he conocido, con el instinto musical más global, y es una de las pequeñas tragedias de mi vida que, justo cuando se planteaba The Wreckers en Viena, lo expulsaron del cargo».
En 1910, Smyth se involucró activamente en el movimiento sufragista tras conocer Emmeline Pankhurst, una de las fundadoras: durante los dos años que dedicó a la campaña sufragista, Smyth compuso The March of the Women —himno del movimiento y cuarto movimiento de la obra Songs of Sunrise— y, entre 1913 y 1914, escribió The Boatswain’s Mate, una ópera que refleja la influencia de su compromiso político sufragista y que se convirtió, a partir de su estreno el año 1916, en la ópera más representada de la compositora. La campaña sufragista pasó a un segundo plano tras el estallido de la Gran Guerra: Smyth, que comenzó a perder capacidad auditiva, trabajó como radióloga y estuvo vinculada con la 13ª División de Infantería del ejército francés en Vichy. La Primera Guerra Mundial tuvo un impacto devastador en Smyth, que siempre había considerado Alemania como su “casa espiritual” y donde, además, tenía acordados un conjunto de conciertos.
Tras convertirse en la primera compositora reconocida como Dama de la Orden del Imperio Británico en 1922, Smyth compuso durante esta década dos óperas, un Concierto para violín, trompa y orquesta y su última gran obra para solista, coro y orquesta, The Prison. Sus escritos y su fama como compositora le permitieron luchar desde la prensa a favor del derecho de las mujeres para incorporarse en orquestas profesionales y por la igualdad de oportunidades para las compositoras. El estilo sarcástico de su pluma presente en la autobiografía Impressions that Remained —«Como recientemente proclamó el gran Brahms: “Una mujer inteligente no es nada de nada!” Cultivemos, pues, diligentemente la estupidez, ¡esta es la única calidad exigida de una admiradora femenina de Brahms!»- fue muy popular y le supuso una fuente alternativa de ingresos cuando, ya en los últimos años de su vida , la sordera la incapacitó en su actividad compositiva hasta su muerte, en mayo de 1944.
