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La música clásica se erige como un pilar fundamental de la tan cuestionada ‘identidad europea’. Pero, ¿es exclusiva de Europa? Si bien es cierto que la atemporalidad y la universalidad de la clásica es reconocida mundialmente, muchas culturas tienen también su propia música clásica, que al igual que el viejo continente es una música culta y que, en mayor o menor medida, ha sido influenciada por el colonialismo europeo. En este artículo iniciaremos un recorrido por el Mediterráneo, explorando aquellas músicas que la hegemonía occidental ha dejado en el olvido. Compositores y artistas, del pasado y del presente, descubren sonoridades nuevas, sistemas tonales templados e intervalos justos naturales en unas obras de gran valor cultural, pero que permanecen prácticamente desconocidas incluso en sus países de origen.

El Magreb (Al-Magrib o “allí por donde se pone el sol” en árabe) despunta las costas del Mediterráneo al norte y del Atlántico al oeste, en una barrera que separa Europa del Sahara. La región, en términos geopolíticos, comprende desde Marruecos hasta Libia, pasando por el Sahara Occidental, Mauritania, Túnez y Argelia. Su proximidad a Europa ha hecho que, por invasiones y ocupaciones de ambas partes, el contacto haya sido continuo; tanto, que gran parte de su población no se considera propiamente africana. Desde Europa, tendemos a homogeneizar una cultura rica, diversa y con personalidad propia, a menudo, de una forma tanto orientalitzada y exótica como peligrosa y hostil. La realidad es muy diferente, y es que la visión que tenemos del mundo no siempre es acertada; y esto, consecuentemente, se traduce en cómo concebimos su música. Aplaudimos las melodías exóticas de Debussy o Saint-Saëns pero consideramos excesivas y poco refinadas las mismas melodías ornamentales que nos llegan de los países árabes. Si es que nos llegan.
Europa se siente orgullosa de su legado musical, tanto, que ha monopolizado el concepto de música clásica de forma universal con grandes embajadores como Beethoven, Mozart o Bach. Se ha establecido, pues, una evolución unitaria de la música, un recorrido lineal y unilateral sobre el que todas las culturas avanzan hacia un estadio mayor, guiados por Europa y su cultura excepcional. Sin embargo, debe ser necesariamente así? La música de culturas no europeas, como la china, la hindú o la propia música árabe han sobrevivido el paso del tiempo con menos modificaciones que la música occidental. Hoy, con la poderosa y fugaz industria del pop, así como la comercialización del sector clásico europeo, estos bienes culturales de más de mil años de antigüedad se ven amenazados en dos frentes.
Hoy, con la poderosa y fugaz industria del pop, así como la comercialización del sector clásico europeo, estos bienes culturales de más de mil años de antigüedad se ven amenazados.
En el Magreb, la música clásica europea convive con la música clásica andalusí, la malhun y la sufí, sin ir más allá de la música culta. Las dos últimas, de carácter marcadamente religioso y con un sentido profundo y espiritual, parten de lo que es el arte supremo en la cultura árabe: la poesía. De aquí que la música sea mucho más melódica, llena de ornamentos y sin un desarrollo armónico al estilo occidental, ya que el acompañamiento recae sobre una segunda melodía o bien sobre los complejos ritmos de la percusión. Aunque, paradójicamente, la mayoría de la música es instrumental, adaptaciones musicales de grandes clásicos de la poesía árabe como el argelino Mohamed Ben Msayeb han acabado convirtiendose en auténticos símbolos de identidad nacional.
La música malhun y sufí se relacionan en la más bonita expresión con el virtuosismo de la música de Al Ándalus, que evoca los jardines perfumados, los amores imposibles y las copas de vino – ambos, tanto en sentido figurado como real – de los grandes palacios cordobeses y granadinos. La herencia cultural y estilística que los árabes dejaron en la península va mucho más allá de los arcos de herradura y los arabescos arquitectónicos que más tarde compositores como Debussy o Chopin incorporarían en sus obras. La relación entre los sonidos, las escaleras con fuerzas cósmicas que denotan la afinidad entre el cuerpo y el alma o la expresividad de la poesía más pura llegaron a sedimentarse en una cultura que, en mayor o menor medida, se acabaría extendiéndose hacia el norte. Es esta cultura la que luego evolucionaría, primero al Renacimiento, después al Barroco, el Clasicismo y el Romanticismo, los nacionalismos y las vanguardias.
En algún momento de este proceso, Europa se encontró – o creyó que se encontraba – en el centro del mundo, exportando sus valores, su cultura, sus modelos y sus instituciones. El Magreb no se quedó exento del colonialismo, concretamente español, francés e italiano, y con él, la expansión de los estilos musicales y la creación de teatros e instituciones culturales a imagen europea. Pronto se incorporaron instrumentos como el violín o el piano, los cuales se integraron a la perfección dentro de la música sufí y la malhun, así como también la música folclórica. Tampoco tardaron en surgir compositores, la mayoría con formación en centros de Francia o España, que compusieron a partir de los modelos y las estructuras europeas, pero siempre aportando su punto melódico y cultural que hace que su repertorio sea absolutamente único.
La herencia cultural y estilística que los árabes dejaron en la península va mucho más allá de los arcos de herradura y los arabescos arquitectónicos.
Cada uno de ellos cuenta con su círculo, más pequeño o más grande, pero el público general no los conoce, tampoco en sus países de origen. En este sentido, el proyecto Arabesque, impulsado por el pianista marroquí Marouan Benabdallah, es un claro signo de esperanza. Empezó como una idea curiosa por explorar los compositores árabes de música clásica europea y acabó convirtiéndose en un importante descubrimiento: más de ochenta compositores procedentes de norte África y Oriente Próximo, autores de obras de gran calidad y belleza. Benabdallah, en una entrevista para la Casa Mediterráneo, enfatiza la importancia de este proyecto para reivindicar un patrimonio común y, de este modo, construir puentes entre las dos orillas del Mediterráneo. El proyecto, aún en proceso, ya ha llegado a España en forma de recitales de la mano del propio Benabdallah que, ya por sí mismo, es una de las grandes figuras marroquíes de la música clásica europea del momento.
A su lado, se erigen artistas como el argelino Salim Dada o el marroquí Nabil Benabdeljalil, ambos compositores contemporáneos, que destacan especialmente por sus obras para piano. Con influencias de Chopin, la Nocturne de Benabdeljalil es una de las más bonitas expresiones nostálgicas que evocan los motivos propios de su cultura. Una fusión de estilos y texturas elegante que se contrapone a la energía de la Danse Zaydan, de Salim Dada, que también ha compuesto para orquesta sinfónica o cuartetos de cuerda, además de piezas solistas para piano y guitarra. Es también compositor de bandas sonoras, así como música instrumental tradicional y música para niños, acompañada de textos en árabe, italiano y francés, traducidos después al inglés y al español.
Mustafá Aicha Rahmani, también marroquí y profesor del Conservatorio Nacional de Tetuán, estableció estrechas relaciones con músicos y compositores españoles del siglo XX. Él mismo se alza como uno de los grandes compositores de música árabe entrelazada con las corrientes clásicos europeos, que ha resultado en un patrimonio musical de gran valor donde la esencia de la cultura marroquí es más evidente que nunca. Como él, decenas de compositores esperan ser desenterrados de un injusto olvido, al que cayeron muchas veces por falta de recursos o por una simple concepción orientalista de sus obras.
El entendimiento cultural entre los pueblos es cada vez más importante que nunca. Descubrir sus rasgos comunes y valorar las diferencias nos ayuda a abrir la mente a mundos, ideas y representaciones nuevas que no podríamos concebir de otra manera. En un mundo crecientemente interconectado, resulta esencial salir de los estereotipos de la Europa más escolástica y aceptar que, al final, la clásica no es tan exclusivamente europea como pensábamos.
