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Mediterráneo clásico II: El Mashreq – Barcelona Classica
Cámara

Mediterráneo clásico II: El Mashreq

De Aranjuez a Beirut o como la clásica ha definido los nacionalismos del Próximo Oriente.

24-05-2020

El mar Mediterráneo despierta en las claras aguas de las costas libanesas, sirias y palestinas del Mashreq, el levante árabe, conocido en Europa como Oriente Próximo. Esta imagen de la calma de una mañana en los bancos del paseo marítimo de Beirut o los colores de las barcas amarradas en el puerto de la acogedora Tartous siria se ven enturbiadas por una serie de titulares que cubren la larga crisis humanitaria que acosa el Mediterráneo oriental. La vida se ha visto forzada a cambiar en esta pequeña área del mundo, pero su cultura se mantiene más viva que nunca, también como un símbolo de resistencia ante la indiferencia de Occidente. El desconocimiento induce al miedo, y el miedo al rechazo infundado de unas culturas que esconden una historia milenaria de la que Europa no queda exenta de influencia. Tal y como destaca el pianista marroquí Marouan Benabdallah en su proyecto Arabesques, la cultura – y la música, por extensión – es el puente que conecta las dos orillas del Mediterráneo, para unir pueblos con pueblos, personas con personas.

Estudiantes de música en Gaza

Tradicionalmente, el peso cultural y político del Mashreq ha sido más importante que el de su homónimo norteafricano, el Magreb. La trascendencia religiosa de ciudades como Jerusalén, la importancia de las rutas de peregrinación, los recursos naturales y la posición geoestratégica de la zona han hecho que Oriente Próximo se haya convertido en el tablero de juego de las grandes potencias mundiales para definir un orden internacional cambiante y hostil. Sin embargo, de entre todo este entramado geopolítico, Egipto, Siria y Líbano surgen como principales focos culturales no sólo de la región, sino de toda la cultura árabe.

A su lado, el joven Israel se erige sobre los pilares de la tan preciada tradición judía que, a través de la historia, y en épocas y lugares tan diversos como Al Ándalus o China, se ha constituido como una parte integral de la identidad israelí. Sin embargo, las raíces europeas son innegables, no sólo en la música: descendientes de los primeros colonos de una tierra ya habitada, los israelíes llevan las notas de las nocturnas de Chopin, las sonatas de Beethoven y las sinfonías de Brahms en el latido de su historia. Salas de conciertos, óperas, orquestas e instituciones hacen justicia a un legado al que el público se entrega con entusiasmo, orgulloso de los grandes nombres judíos que resuenan con fuerza en la historia de la música y que han determinado la clásica europea en todas sus expresiones. Mahler, Schönberg, Mendelssohn, Berlin, Rubinstein, Glass … nombres que suenan en todo el mundo bajo las batutas de otros grandes artistas con herencia judía, como Leonard Bernstein o Vladimir Ashkenazy.

Por otra parte, la clásica no se detiene aquí. Estilos de música instrumental como el Klezmer o la música jasídica, compuestas para pequeñas formaciones que han acompañado al pueblo judío en Europa, conviven con estilos más espirituales como la música tradicional de los judíos yemenitas, particularmente influyente en la evolución de la música de Israel, ya que el movimiento sionista la enlaza con sus raíces bíblicas. Sobre esta base, la música mizrají – proveniente del norte de África -, la griega o incluso la música vasca – sobre la que se inspira la melodía de la famosa Yerushalayim Shel Zahav, Jerusalén de Oro en español – se constituye el alma de la música hebrea.

Paco Ibáñez interpreta Pello Joxepe, canción tradicional vasca.
Netanel Herstik y Yaakov Lemmer cantan Yerushalayim Shel Zahav.

La fuerza con la que brilla el sector musical clásico de Israel oscurece la belleza de las rimas de Mahmoud Darwish, faro de la cultura y resistencia palestina. Excluida de la aprobación occidental, un tupido velo ha cubierto en la indiferencia los esfuerzos de un pueblo que lucha por mantener viva su identidad. Por lo menos, las dificultades y la crudeza de la ocupación israelí no han impedido que durante los últimos años haya surgido un renacimiento vital de la música clásica dentro y fuera de Palestina. Con el recuerdo de las vibrantes Jaffa y Haifa – ahora bajo control de Israel -, el Conservatorio Nacional de Música Edward Said se estableció en 1993 en Ramallah y Jerusalén con el objetivo de formar una nueva generación de músicos que resultó, veinte años más tarde, en la creación de la primera Orquesta Nacional Palestina, que ya ha debutado en salas de todo el mundo.

Divan Orchestra dirigida por Daniel Barenboim

Tanto en música clásica europea como en los estilos clásicos levantinos, a la Orquesta se le suman un número creciente de iniciativas, fundaciones y formaciones musicales estables de entre las que destacan la West-Eastern Divan Orchestra y la Polyphony Foundation, dos agrupaciones que unen no sólo a músicos palestinos e israelíes, sino también músicos de todo el mundo en una celebración conjunta por la paz. La Al Kamandjati Association hace llegar la música a los más pequeños de los campos de refugiados del Líbano, mientras que la Barenboim-Said Foundation también impulsa la música desde la educación de los más jóvenes y futuros talentos. Además del trabajo bien hecho, esta última institución brilla por sí sola con los nombres de sus fundadores: el famoso director israelí Daniel Barenboim – uno de los primeros en conseguir la doble nacionalidad, entregada en agradecimiento por su labor cultural tanto en Cisjordania como en Gaza – y Edward Said, quien inspiró gran parte del desarrollo musical y cultural de Palestina. Ambos han elevado el papel de la música clásica en Tierra Santa, no sólo en una tarea cultural sino también por la paz y el entendimiento más allá de los muros y las disputas.

Al norte, el Líbano punta el Mediterráneo no sólo por su costa escarpada, sino también por la luz que desprende su cultura. Ex-colonia francesa, el país de los cedros es especialmente conocido por su arte e intelectualidad, un contrapeso a la hegemonía de Egipto y Siria, principales productores de las grandes estrellas del mundo árabe. La Orquesta Filarmónica Libanesa o la Lebanon Opera House son un ejemplo de la fuerte tradición clásica que se puede escuchar tanto en las salas más luminosas de su capital, Beirut, como en medio de sus calles más modestas. Y es que el Líbano es un país de contrastes, un hecho que se refleja también en su propia cultura, ya de por sí en constante movimiento.

De fuerte carga emotiva y tradicional, el Dabke o el Zájal se reconcilian con el lenguaje musical occidental en una fusión que ha ganado popularidad en todo el mundo. Y es que la mezcla de estilos, de lo propio y de lo externo, acaba resultando en una clara seña de la identidad libanesa que hace que sea tan ecléctica y abierta al mundo. Una muestra de la integración de las formaciones instrumentales clásicas tanto en la música tradicional como en la música pop. Artistas como Sabah, Melhem Barakat o Elissa incorporan en todas sus canciones instrumentos de cuerda, percusión y viento metal occidentales en una mezcla de acuerdos y sonoridades propias que, al mismo tiempo, cuentan con la presencia de una orquesta clásica.

Más allá de la instrumentación y las formas, la artista libanesa más admirada es, sin duda, Fairouz. Considerada una de las grandes divas árabes, su voz iluminó los años más oscuros de la guerra civil libanesa, convirtiéndose en un símbolo nacional marcado por el deseo de paz y la nostalgia de un Líbano unido en la reconciliación. Este sentimiento se canalizó a través de su canción Le Beirut – Para Beirut, en español-, la muestra más clara de la adaptación de las melodías clásicas a la identidad libanesa, que toma forma sobre la melodía del Adagio, el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. Aunque el plagio y las infracciones por copyright no eran, en ese momento, una ofensa como lo es ahora, Fairouz vertebró también el renacimiento cultural libanés en obras como las progresiones armónicas de la Sinfonía n. 40 de Mozart o incluso de la famosa Póliushko Polye rusa.

Rafael de Burgos dirige el Adagio del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo
Fairouz canta Li Beirut.

Escenario de la Aida de Verdi, la música clásica occidental se introdujo en Egipto más temprano que en el resto de países árabes. Objeto de fascinación por la civilización faraónica y de continuas exploraciones de curiosos aventureros y eruditos, además de su posición como ruta colonial de incalculable valor para Europa, la identidad egipcia se ha visto forzada a erigirse a base de las capas de sedimentos quehan depositado todos aquellos que han pisado sus tierras arenosas.

En la primera generación de compositores egipcios de música clásica nacida a finales del siglo XVIII, de entre los que destacan Abu Bakr Khair y Hasan Rashid, se le sumó una segunda encabezada por artistas notables como Gamal Abdelrahim, Ahmed El Saedi o Rageh Daoud. La renovación y expansión de instituciones culturales heredadas del colonialismo se han convertido hoy en día en conservatorios y salas de conciertos que, finalmente, los egipcios tienen la posibilidad de hacer vibrar con su propia música. Ésta, al igual que la de todos los países que hemos visitado durante este recorrido por el Mediterráneo, es un reflejo de su propia identidad e historia. Al igual que el Líbano, Egipto tiene su propia Estrella de Oriente, Umm-Kulthum, un auténtico fenómeno social y cultural de los años cincuenta y sesenta que puso música al panarabismo de Nasser y la revolución egipcia que acabó con el colonialismo europeo. Bob Dylan, Salvador Dalí, Led Zeppelin o La Divina Maria Callas se han movido también por su incomparable voz.

Umm Kulthum, también conocida como la Estrella de Oriente

Paralela a la apertura de Egipto del siglo XX, la Siria francesa fue una explosión cultural de años contenidos en los que la región había ocupado un segundo plano dentro del imperio otomano. Liberada de esta condición, Siria no tardó en absorber la música clásica con la creación de instituciones culturales a imagen europea, importadas por los oficiales del mandato francés. Libre de colonialismo, Siria brilló aún más por su mezcla de culturas del interior asiático, la influencia armenia y turca, y las corrientes provenientes de Rusia. Fue tal su esplendor, que pronto se consideró la competencia del que había sido, hasta ese momento, el gran foco artístico de la cultura árabe, Egipto. La balanza, sin embargo, se desequilibró una vez entrada la segunda década de los dos mil, con una cruenta y larga guerra que ha hundido la influencia cultural siria. Sin embargo, ambos países son una muestra más de cómo las culturas del Mashreq, cada una con su propio rasgo distintivo e identitario, se enlazan con todas las expresiones de un mundo cada vez más interconectado.

Edward Said ya anticipó el importante papel de la música para modelar personalidades y reunir a la gente; el resto, se ha hecho solo. Tal vez la música no une al igual que lo hacen los nacionalismos, pero es, sin duda, el puente que los conecta y los lleva a la paz más duradera. En Oriente Próximo no se necesitan voces vacías que pidan la paz; las voces más pequeñas seguro serán más efectivas, movidas por las historias que encuentran sus raíces en una música que hace que sus ideas y deseos se entiendan más allá de las fronteras. Una música que, al fin y al cabo, es universal.


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