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O la Covid-19 vuelve a amenazar el sector cultural
Hace justo dos días que La Pedrera – Casa Milán anunciaba su reapertura después de cuatro meses con las puertas cerradas por el público. La noticia no sólo pone un poco de luz sobre la incertidumbre ésta que ronda por todas partes sobre un posible rebrote de la Covid-19 y, consecuentemente, un confinamiento; también se presenta seductora por el público local, que tan a menudo abandona el interés y la historia detrás de sus edificios más emblemáticos que los siente parte de una atracción turística que poco tiene que ver con ellos.

Así pues, la directora de la Fundació Catalunya La Pedrera, Marta Lacambra, manifestaba esta ilusión compartida por toda la fundación de poder decir, de nuevo, que el último edificio civil de Antoni Gaudí reiniciaba su actividad cumpliendo todas las medidas sanitarias necesarias para garantizar la seguridad de los visitantes y, además, ensanchando la cantidad y la forma de las «experiencias» que la obra arquitectónica de Paseo de Gracia puede ofrecer. En este sentido, Lacambra explicaba que toda la directiva sentía una triple emoción ante el evento: primero, porque es indudable que La Pedrera es un icono de Barcelona y de Cataluña; y esto conlleva que poco a poco una cierta sensación de normalidad pueda volver a instalarse por las calles. En segundo lugar, porque el confinamiento ha provocado, como es obvio, una parada en seco de los ingresos de la fundación que, a su vez, se destinan a ayudar económicamente cerca de unas 500.000 personas relativas a colectivos vulnerables. Finalmente, la directora exteriorizaba el entusiasmo que las novedades de La Pedrera suponían para todo el equipo y que, además, habían tenido una reacción muy positiva del público al que principalmente van dirigidas.
Unas novedades, pues, que van desde poder visitar espacios hasta ahora excluidos de los recorridos como lo son las cocheras o la fachada del patio de manzana interior, hasta experiencias totalmente inmersivas como lo es la titulada «Passeja amb …», donde se podrá pasear por el edificio conversando con personalidades culturales del ámbito barcelonés. La famosa «Night Experience» de a partir de las 19.00h, se mantiene por su gran atractivo, pero se añadirán más visitas en lengua catalana y se cambiará la bebida final por un cava reconocido del país. Eudald Tomasa, director de Serveis personals de la Fundació, también señalizaba que el taller de más éxito en las visitas escolares, se incluirá en la entrada familiar.
Sin embargo, la amenaza de otro confinamiento o de un aumento de las medidas de seguridad que el pasado Miércoles anunciaba Xavier Bas, director de Gestión de públicos de la FCLP, vuelve a ser, hoy, el primer punto orden del día. Y esta se instala como una sombra a las puertas de La Pedrera, este glorioso y reconocido edificio que desde 1994 forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Ni la reducción del público, la toma de temperatura a todas las personas que accedan al interior de la Casa Milà, el suministro de gel hidroalcohólico en casi cada habitación o espacio para visitar o la obligatoriedad de llevar la mascarilla parecen ser suficientes para el sector cultural reavive, aunque sea superficialmente, en este verano que auguramos, también, truncado. No sabemos si una de las obras modernistas más insignias de la ciudad que apostaba por una oferta más atrayente a los residentes de Barcelona podrá reconciliarse con su pasado histórico. Porque es violento y hace entristeció mucho que todo aquello que configura el sustrato cultural de la ciudad se haya llegado a desvincular tanto de esta que sus habitantes lo vean como un mero espectáculo movido por los hilos del interés económico más crudo. Y para que, por otra parte, ahora que parecía abrirse una posible ventana de oportunidad para acercar La Pedrera a la población barcelonesa, el incremento de casos del virus puede irrumpir de golpe dejándonos el amargo sabor de sólo haber podido imaginar cómo sería esa empresa.
«La cultura no es imprescindible», pensarán muchos. «Las actividades culturales no son tan necesarias». Pero quizás ante estas tajantes se esconde la afirmación oblicua que lo que no es útil— es decir, lo que no tiene un rendimiento económico fructífero—, queda en un segundo plano precisamente por eso, porque en su naturaleza no hay un interés económico exclusivo. Y sin ser conscientes, como escribe el filósofo y profesor de literatura Nuccio Ordine, esta «utilidad dominante mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana». O quizás no, quizás es todo lo contrario. Quien sea que decida que la cultura es secundaria quizás es absolutamente consciente de todo esto.
