acf domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home1/arinfoco/public_html/website_49f85b7b/wp-includes/functions.php on line 6131WordPress database error: [Table 'arinfoco_barcelonaclassica_wordpress.wp_ppress_plans' doesn't exist]SELECT COUNT(id) FROM wp_ppress_plans WHERE status = 'true'
Error en la base de datos de WordPress: [Table 'arinfoco_barcelonaclassica_wordpress.wp_ppress_meta_data' doesn't exist]SELECT * FROM wp_ppress_meta_data WHERE meta_key = 'content_restrict_data'
La tradición musical de los pueblos es importante por su identidad nacional y, en algunas ocasiones, incluso ha marcado su destino político. Hace poco más de treinta años, el canto coral y la música protagonizaron una revolución que llevaría las naciones bálticas a su independencia de la URSS. Hoy nos fijamos en la Revolución Cantada para acercarnos a una pequeña tradición musical de enorme impacto que llevar a la emergencia de las repúblicas bálticas, marcando el pistoletazo de salida a la independencia del resto de países satélite.
En el norte de Europa hay tres repúblicas bañadas por el Báltico: Estonia, Letonia y Lituania. Son guardianas entre el viejo continente y el gigante ruso, un rol fronterizo que ha pesado duramente en su historia. El enorme peso geoestratégico del anillo báltico explica por qué muchos episodios de su odisea particular tratan de una tierra ocupada y pretensa por imperios, totalitarismos e intereses de otros. En el desenlace final ‒ y muy reciente ‒ en que cada república consiguió izar su cultura, identidad y entidad política, contaron con un mentor muy particular: su tradición musical. Cuando en los coros bálticos cantan los dainos, estas canciones folclóricas nos remontan a un tiempo de florestas y hechizos en que los héroes de los cuentos son bardos y no caballeros. La música y el canto coral en especial consiguieron mantener unidas cada comunidad nacional en los momentos de represión más dura, pero sobre todo se convirtieron en su primera arma para la lucha política.

Las tres repúblicas bálticas conservan en la actualidad uno de los sustratos de canciones folclóricas más copiosos de todo el mundo, unos dainos que sobrevivieron a través de la tradición oral a lo largo del tiempo hasta medios del siglo XIX. Kalevipoeg (El hijo de Kalev) es una larga composición épica de más de 19.000 versos la mano del poeta Reinhold Kretzwald. Esta compilación de toda la tradición musical y folclórica de Estonia surgió en un momento en que el anillo báltico vivía bajo la dominación de la Rusia zarista, pero también en las horas del “renacimiento” nacional estonio. Esta república la tomamos como punto de partida porque fue donde el 1869 nació el Laulapido, una olimpiada del canto. Desde aquella primera edición con poco más de 800 cantantes, este festival ha convocado cada cinco años ciudadanos de toda Estonia, hasta la última edición del 2019 en qué con ocasión del 150º cumpleaños se reunieron más de 30.000 cantantes.
Para poder llegar a esta celebración, el festival y su cultura musical han tenido que sobrevivir además de un siglo de invasiones, deportaciones, abusos e intentos de eliminación de la identidad estonia y cultura báltica en general. Los inicios del siglo XX redujo el anillo báltico a un pastel troceado y magreado por algunos actores de la Segunda Guerra Mundial. En el 1940, a raíz del Pacto Mólotov-Ribbentrop entre los ministros de exteriores alemán y ruso, en la Estonia independiente de poco más de un millón de personas se impuso un asedio militar. 80.000 soldados soviéticos se ocuparon de fusilamientos, castigos políticos y deportaciones a la estepa del Gulag. Al 1941 pero, en el marco del conflicto mundial, el Tercer Reich la “liberarla” de los soviéticos ocupándola hasta el 1944, momento en qué acabar convirtiéndose en un país satélite de la URSS. El anillo báltico había quedado relegado a campo de un jaque político que se había esforzado, por partida doble, al eliminar todo recuerdo de la identidad y pasado autóctono.

La dominación rusa sobre el báltico se extendió hasta el 1991. Al si de esta etapa de represión, rusificación y de miedo, pero, nacería del canto la esperanza por sus pueblos. Acabada la segunda Guerra Mundial, el festival estonio del Laulapidu se retomó al 1947 con modificaciones sustanciales. Si antes consistía en dos días de danza popular y dos más de canto, con los trajes más tradicionales, el desfile de folclore se convirtió entonces en una plataforma de propaganda estalinista. Los dirigentes soviéticos en aquella aglomeración de personas vieron el altavoz perfecto para probar la “satisfacción” de la comunidad autóctona respecto al nuevo régimen comunista. Los cantores pero, advirtieron una oportunidad.
Todos ellos esperaban con ansia el final del festival, el momento en que el director y compositor Gustav Ernesaks dirigiría a los más de los 25.000 cantantes en el estreno de una nueva canción que, sorprendentemente, había superado la censura. Esta se denominaba Muu isama donde minu arm (La tierra de mis padres, la tierra que amo) y era un himno de amor a la patria en toda regla, con un texto conocido por todo estonio: el poema de la famosísima poeta nacional Lydia Koidula. De poema de amor en Estonia a himno extraoficial, en pocos minutos la canción se convertió también un símbolo de protesta, hecho que no pasó desapercibido a las autoridades soviéticas. Por esta razón, por el centenario de la composición del poema en la edición del 1969 su interpretación final se prohibió. Aun así no pudo impedirse: los cantantes se negaron a abandonar el Auditorio a los jardines de Tallin mientras la orquesta tocaba estrepitosamente para ahogar un himno entonado sin director.
La revuelta musical fue el detonante de movimientos políticos que acabarían ganando el pulso a un Goliat con una sombra cada vez más débil.
El día siguiente este acto unánime ya tenía nombre: “La revolución cantada”, título que el artista y activista Heinz Valk dio al artículo que empezó a circular. Valk también se lleva el mérito de su eslogan, “Algún día, pase lo que pase, seremos libres”. La revuelta musical fue el detonante por una serie de movimientos políticos que se alargarían en el tiempo para acabar ganando el pulso a un Goliat con una sombra cada vez más débil. Hasta la década de los 80 y el relevo de Gorbachov, las acciones del pueblo estonio fueron reducidas y musicales. Solo la minoría de los Hermanos del Bosque, una resistencia partigiana que vivió en los bosques hasta el 1978, el año de captura de su último miembro, llevaron a cabo una acción directa contra la URSS. El pueblo estonio, mientras tanto, cantaba y esperaba la oportunidad para rasgar definitivamente el telón.
El advenimiento de la perestroika y de la glasnot, libertad de expresión dentro del pensamiento comunista, destapó a finales de los años 80 una cascada de iniciativas políticas agarradas en primer momento en la difusión de la música y cultura nacionales. Al 1987, la famosa manifestación en el Hirve Park fue la primera en cincuenta años y consistió en una conferencia pública sobre la historia autóctona y sus personajes más relevantes; al mismo año nació la Sociedad del Patrimonio, que organizaba charlas divulgativas sobre la historia de los bálticos… El contexto era un caldo de cultivo del que brotaron nuevos entes políticos y una nueva fuerza por la causa. Así, al 1988 en la Universidad de Tartu, por primera vez, tres banderas de colores azul, negro y rojo ofrecían la estampa de un emblema guardado solo a la memoria: la bandera de la Estonia libre.

Todas estas acciones y las esenciales posteriores que después se sucedieron precipitaron la independencia de las repúblicas bálticas al 1990. Eran acciones masivas con banda sonora. El canto y la reivindicación del corpus folclórico musical, que por la idiosincrasia del pueblo estonio sobrevivió a represión, censura y silencio, consiguió reunir en un pueblo que cabe orquesta ni ninguna intervención policial pudo parar. Estonia, y en conjunto las tres repúblicas bálticas persiguieron la liberación de su nación a través de estrategias legales, maniobras políticas y operaciones policiales. Cada cinco años sin embargo celebran y recuerdan el que fue el escenario del primer golpe de una honda lanzada con ímpetu; en el festival del Laulapilu la pasión por el canto se mezcla con la celebración de la libertad. Por todos es también un recordatorio de como la música y el canto nos une, alienta y libera.
