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La revolución empieza con Gershwin – Barcelona Classica
Jazz

La revolución empieza con Gershwin

'Rhapsody in Blue' dignificó la música de las clases más oprimidas

13-09-2020

Tal y como recogía William G. Hyland, “La Rhapsody, nació como un propósito, no un plan”, con estas palabras describía George Gershwin la idea disparatada que nació en unos momentos de elucubración con su compañero Paul Whiteman. Una obra que, con una gestación accidentada, consiguió probar los límites de la música jazz en las grandes salas de conciertos y de la música clásica, para acoger un estilo eminentemente popular.

George Gershwin en 1937 // Foto: Carl Van Vechten

El 12 de febrero de 1924 se estrenaba en el Aeolian Hall de Nueva York la célebre Rhapsody in Blue, inicialmente llamada An American Rhapsody, en un concierto titulado An experiment in Modern Music en manos del director de orquesta Paul Whiteman y su banda Palais Royal Orchestra. La obra no fue fruto de un trabajo compositivo extenso ni de un planeamiento estructural de gran vuelo. George Gershwin, como buen artista de jazz, vivía en una rutina poco rutinaria. Después de aquel primer propósito inicial con Whiteman, al compositor se le pasó totalmente por alto aquel proyecto. No fue hasta que, tres semanas antes del concierto, incrédulo, Gershwin vio anunciado el estreno de su obra cuando ni siquiera había escrito una sola nota. Con una composición incompleta, el creador se presentó en la première improvisando grandes fragmentos de los solos de piano que él interpretaba. La primera versión de la obra estaba pensada para dos pianos, pero se arregló y orquestó en dos partes para que se interpretara con el piano de Gershwin y la orquesta de Whiteman.

Una improvisación, fruto de una necesidad, que fue lo que justamente transformó aquella pieza en una obra única, fresca y virtuosa. Este “experimento” supuso toda una acción revolucionaria en la época, no sólo a nivel musical, también social.

“El experimento supuso toda una acción revolucionaria en la época, no sólo a nivel musical, también social”

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918, la sociedad americana se había adentrado en una vorágine de crecimiento económico y demográfico. Con una población que había tenido que involucrarse en diversos conflictos bélicos, en las calles de Nueva York se respiraba ganas de querer pasarlo bien. La población afroamericana era cada vez más importante y las calles y bares se llenaban de un nuevo género llamado jazz.

Paul Whiteman, en el medio y de pie, y su orquesta

Los musicólogos americanos Jeffrey Melnick y Jeffrey Magee coinciden en que en aquella época el jazz no se consideraba como un género convencional “sino una colección de diversos estilos musicales de origen afroamericano”. En una época con una gran diferencia social entre colectivos incluir el ragtime, el stridepiano de Harlem, el blues, la técnica de los pianistas que tocaban fragmentos de canciones a las discográficas … la sensación jazzística, en definitiva, al ritmo, color y armonía de una rapsodia clásica suponía un éxito total al propósito de Gershwin y Whiteman. No estaba demasiado visto combinar, por ejemplo, el ritornello, típico del barroco y el ritmo del tren que el compositor cogía para ir de Nueva York a Boston.

A diferencia de muchos compositores de música orquestal de la época, Gershwin no vivía en la burbuja de las clases acomodadas, los recitales de clásica y de la vida glamurosa. En palabras de Arnold Shoenberg, Gershwin era un hombre que “vive en la música y lo expresa todo, de forma seria o no, profunda o superficial, a través de su música, que es su lenguaje nativo”.

“La música es su lenguaje nativo”

Arnold Shoenberg sobre Gershwin

Nacido en 1898 en una familia de ascendencia judía y rusa, en sus primeros años de vida mostró una indiferencia absoluta en el mundo de la música. No es hasta que cumplió 12 años que su familia adquirió un piano para su hermano Ira, un instrumento que George terminó tocando más que él. El joven artista quedó fascinado por el arte que se respiraba en la Nueva York de los años 1910. Espoleado por su mentor y maestro Charles Hambitzer, se introduce en las primeras salas de conciertos de música clásica que, gracias a su intuición armónica, memoria musical e improvisación, reproducía su piano a la vuelta de las actuaciones que presenciaba. Su presencia en el mundo de la música pop fue aumentando a medida que Gershwin llegaba a su mayoría de edad que fue cuando se adentró en el mundo de las productoras de música popular.

El joven compositor, por lo tanto, se sumergía con Rhapsody in Blue en un mundo en el que era un extraño con un currículum bastante inusual. Este perfil tan atípico permitió incorporar una bocanada de aire fresco en una música clásica americana que buscaba su propia identidad.

La obra es un reflejo del llamado sueño americano, de la creación de una nueva música tradicional americana basada en las aportaciones afroamericanas, de la tradición europea y de las clases migrantes más humildes. De hecho, en algunos pasajes de la rapsodia se pueden llegar a apreciar influencias de la música judía.

La innovación es fruto de combinar lo desconocido con el riesgo. Un artista puede elucubrar durante horas y horas sobre cómo conseguir una obra diferente, que cambie el panorama musical. Sin embargo, el cambio no llega a través de reproducir lo ya creado, se consigue a través de elementos novedosos y que han tenido poca experimentación. Este cambio de paradigma no podía llegar por parte de alguien que no tuviera el perfil de Gershwin, lleno de juventud y que se había movido dentro de la escena jazzística, un mundo prácticamente desconocido para los compositores clásicos de la época.

El valor histórico de Rhapsody in Blue genera gran consenso actualmente. Un prestigio que ha tenido que hacerse su lugar en la historia después de iniciarse con una crítica poco fervorosa. Leonard Bernstein dijo años más tarde del estreno que esta rapsodia no era una “composición del todo” a pesar de tener unos temas fabulosos. Justamente el hecho de sobresalir en ese experimento y conseguir llevar el jazz a sus límites es lo que hizo que se creara polémica a su alrededor. Críticos como Oscar Thompson consideraban que “jazzificar” la clásica destruía la belleza original de este género propio de las clases más opulentas. Otras figuras como Duke Ellington, consideraban que era mejor mantener el jazz en su fuerza inicial. Con obras como las de Gershwin y orquestas como Paul Whiteman había surgido un sentimiento que el jazz se desvirtuaba con la sofisticación de la clásica. También podía parecer que desaparecía uno de los elementos más importantes del jazz: las raíces afroamericanas. Al mundo clásico del centro de Europa le costaba entender que, con creaciones como la Rhapsody, la cultura de los negros estaba cambiando la música americana.

El director y pianista Duke Ellington // Photo: Michael Ochs Archives/Getty Images

Parte de esta crítica podía llegar a ser justificada con el hecho de que la composición se basara en la estructura de la improvisación. Lo que inicialmente puede parecer una virtud a la hora de dar una impresión fresca y renovadora, acaba convirtiendo la obra en una composición sin demasiado crecimiento ni progresión temática. Esto se debe a que, en el mundo de la improvisación, a menudo prima la capacidad del artista de crear en el momento unas notas que encajen perfectamente con el resto de la obra que no su complejidad y evolución armónica o melódica. Dos visiones que, lejos de ser antagónicas, son interdependientes.

“A Europa le costaba entender que, con creaciones como la Rhapsody, la cultura de los negros estaba cambiando la música americana”

Con los cambios en tendencias estilísticas a lo largo de los años, esta crítica compositiva ha terminado quedando desfasada. Gershwin, de hecho, llegó a decir “a veces lo que sale de mi piano me ha llegado a asustar”, una cautela compositiva que actualmente no tendría sentido. El compositor consigue un equilibrio virtuoso entre talento y entrenamiento. El americano parte de una técnica poco trabajada pero que consigue dejar en segundo plano gracias a su madurez musical innata.

En la contemporaneidad de cambios rápidos y radicales, la sociedad necesita identificarse con unos referentes y sentir que forma parte de la colectividad del cambio. La clásica asume, poco a poco, que debe buscar formas de cumplir esta función. El arte, liberador y humanizador, transforma perspectivas y nos reafirma como individuos. La revolución social que necesitamos pasa por, como con Rhapsody in Blue, reivindicar y revalorizar aquellas ideas expresivas que demasiado a menudo son invisibles. Hacer música de y para las clases más silenciadas, acercar otras realidades al recital de exuberancia de las clases más acomodadas. Tener la libertad de apropiarse de quince minutos para poder escuchar la Rhapsody in Blue sin sometimiento al trabajo, a las preocupaciones, los pagos, abrir el agua caliente de la ducha y entonar las memorables melodías de la obra. Y si se llega a coronar la cima, conseguir crear tu propia rapsodia.

Haga clic aquí para escuchar la Rhapsody in Blue de Gershwin interpretada por la Orquesta Filarmónica Nacional de Eslovaquia bajo la batuta del checo Libor Pesek.


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Pau Requena
Redactor
@RequenaPau