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¿Es la voz humana el instrumento más puro? No diré que sí porque, como replicaría Xavier Montsalvatge, «estas afirmaciones contundentes nunca dan exactamente en el blanco». Por lo menos, es innegable que, tal vez por el hecho de ser un instrumento inherente al ser humano, la voz tiene una capacidad prodigiosa de llegar al alma y transformarla. En este artículo recomiendo las cinco obras que más me han impactado, excluyendo de la lista todas las que no sean exclusivamente vocales, como la Resurrección de Mahler, una de mis sinfonías favoritas.
El teólogo Hans Küng decía que «no es que al escuchar la música de Mozart pierda de pronto la razón del todo, sino que me veo entrar en razón entera y verdaderamente». El Ave verum corpus de Mozart es una de esas obras que consigue crear una conjunción armónica entre el individuo y todo lo que le rodea. Mozart compuso este motete en 1791, a petición de su amigo Anton Stoll. Con mis palabras no podría hacer justicia a la pieza, pero no por ello quiero dejar de afirmar que la belleza de la música y la carga simbólica y emotiva del texto hacen de este motete uno de los grandes y maravillosos tesoros inmortales que Mozart dejó a la Humanidad.
Gabriel Fauré nombró la pieza a partir del autor del texto, Jean Racine (1639-1699), un dramaturgo francés enemigo declarado de Molière especialmente conocido por su tragedia Andrómaca i por haber sido historiógrafo de Luís XIV de Francia. Para el texto de esta obra, Fauré tomó la traducción francesa de un himno del breviario Consors paterni lumini publicado en 1688 en Hymnes traduites du Bréviaire romain. La ocasión para la que fue compuesta esta obra fue un concurso de composición de la École Niedermeyer de París que Fauré ganó con diecinueve años gracias al Cantique de Jean Racine. Como el Ave verum corpus de Mozart, este es otro caso en el que nos encontramos un texto devocional musicado con una melodía sencilla y delicada.
Es imposible ver o escuchar Madama Butterfly y quedarse indiferente. La música y el libreto, todo en esta ópera publicada en 1904, es pura maravilla. Si bien el Bimba dagli occhi del primer acto y el Un bel dì vedremo son emociones a flor de piel, mi punto culminante de la obra radica en Io so che alle sue pene: en este trío para barítono, tenor y mezzosoprano confluyen al mismo tiempo la belleza de las flores y de la música, la añoranza por los tiempos pasados —inocentes— y la tristeza, el dolor y la injusticia —¿es humano separar a una madre de su hijo después de haberle causado tanta miseria y sufrimiento durante tres años? La hipocresía y la cobardía de Pinkerton quedan retratadas en el posterior Addio, fiorito asil, que canta uno de los momentos —en mi opinión— más emotivos de la historia de la ópera. Preparen los pañuelos, pues «si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado de aquel que no es capaz de derramarslas!»
Esta es la única obra a capella de la lista. Poco se sabe de los primeros años de vida de este compositor, pero si la Reina Isabel le concedió junto con William Byrd 21 años de monopolio de la música polifónica y una patente para la impresión y publicación de música, esto nos debería bastar para comprender su importancia como compositor renacentista. Spem in alium, la obra por la que es más recordado, fue compuesta precisamente durante el reinado de la reina Isabel, entre 1556 y 1570. Se trata de una obra para ocho coros de cinco voces cada uno, es decir, para cuarenta voces. Este motete único es considerado por algunos críticos como el más mayor logro del compositor. El texto en latín habla de la esperanza depositada únicamente en Dios, Creador del Cielo y de la Tierra. Todo ello, texto y música, 450 años después de su publicación, todavía nos llevan a la experiencia de lo sublime.
Mi primer contacto con esta obra del tercer acto de Nabucco fue leyendo El guardia, el poeta y el prisionero de Lee Jung-Myung. La carga simbólica que acompañaba el “Va pensiero” en este maravilloso libro me impactaron. Escucharlo posteriormente fue emocionante: Verdi construye un canto a la libertad con un patriotismo emotivo que nada tiene que ver con muchos de los que vemos actualmente. Inspirado en el Salmo 137 —que expresa los anhelos del pueblo judío durante su exilio posterior a la destrucción del primer templo de Jerusalén por el rey babilónico Nabucodonosor—, esta obra fue la que lanzó a Verdi a la fama que le acompañó hasta el final de su vida. Compuesto durante las guerras en el proceso de unificación de Italia del siglo XIX —algunos territorios eran dominio de las dinastías Habsburgo y Borbón—, “Va pensiero” caló fondo en el alma de los italianos, que lo adoptaron como himno patriótico y que lo cantaron de forma espontánea en las calles de Milán durante el funeral de Verdi.
