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Siempre nos quedará Frankfurt – Barcelona Classica
Òpera

Siempre nos quedará Frankfurt

El sector musical alemán vuelve este otoño con fuerza

27-09-2020

Afortunadamente, cada vez quedan más atrás aquellos años en los que parte de la música catalana vivía acomplejada por intentar emular las producciones y la forma de vivir la música de los países del centro de Europa. La pandemia ha cambiado nuestra forma de consumir cultura, pero la tradición, la idiosincrasia de cada lugar y la sangre que corre por nuestras venas se conservan. Esto se plasma en las numerosas diferencias entre países como Alemania y nuestra casa. Desde Barcelona Clásica, sin embargo, nos hacemos nuestra la frase “unidos en la diversidad”, lema de la Unión Europea, y viajamos hasta Frankfurt para descubrir la realidad que se vive en unos tiempos tan atípicos.

El edificio actual de la Ópera de Frankfurt data del 1991 // Foto: Epizentrum

Tras el éxito de la temporada 2018-2019, I puritani de Vincenzo Bellini vuelve a la Ópera de Frankfurt de mano del escenógrafo Vincent Boussard, uno de los mayores directores de escena de Europa que en 2017 pudimos disfrutar en el Liceu con Un ballo in maschera. Brenda Rae como Elvira, Francesco Demuro como Arturo, Andrzej Filonczyk como Sir Riccardo y Kihwam Sim como Sir Giorgio coronan el cuarteto puritano de los pases en la ciudad alemana en septiembre bajo la diligente batuta de Oksana Lyniv.

La sorpresa por parte del visitante catalán llega ya a la hora de reservar la entrada. Con la adquisición de una plaza en el concierto, la institución regala el trayecto en transporte público de ida y de vuelta de la residencia habitual a la sala de conciertos. Una excusa menos para quedarse en el sofá de casa. Como es de suponer, el aforo es limitado, sólo se pueden reservar los alojamientos de algunas filas y por cada asiento ocupado hay dos huecos en medio.

“Con la adquisición de una entrada, la Ópera regala el trayecto en transporte público”

Pocos minutos antes de comenzar el concierto, el Oper Frankfurt se llena de vida con un público asistente de una media de edad cercana a los 50 años, la mayor parte de la cual se acumula peligrosamente a la entrada del edificio, a pie de calle, para tomar una copa de vino antes de entrar en el interior. La afición por el buen beber y el buen comer antes del concierto es aparentemente compartida entre alemanes y catalanes. Estamos hablando de una institución histórica que ha sabido adaptarse a las nuevas circunstancias para empezar la temporada lo antes posible. Un nuevo curso en el que se ha programado óperas de alto nivel que hacen justicia al prestigio de una entidad que, a lo largo de los años, ha vivido estrenos absolutos como Von Heute Auf Morgen de Schönberg, Carmina Burana de Carl Orff o las óperas Europeas 1 y 2 de John Cage.

I puritani con la puesta en escena de Vincent Boussard

Una vez devuelta la copa de vino, en el interior, el edificio toma una dimensión diáfana que facilita la distancia interpersonal, ausente en la aglomeración de fuera. El Oper se encuentra en un edificio moderno construido en 1991 después de la destrucción por un incendio del anterior edificio que databa de los años sesenta. Los balcones de los diversos niveles del patio de butacas tienen una cubierta metálica y una decoración sobria, moderna y germánica, que contrasta con la decoración cargada de importación italiana del Gran Teatro del Liceu o el Teatro Real de Madrid. Da la impresión de que la entrada de la gente en la sala se hace a cuentagotas, sea por el hecho de haber un número reducido de asistentes o por contraste con el jaleo de la ópera catalana.

A diferencia de España, una vez el espectador se ha sentado y asentado en su localidad le está permitido quitarse la mascarilla. La falta de público crea la ilusión de estar en un espacio mucho más pequeño de lo que realmente es.

La Frankfurter Opern und MuseumOrchester pone la música de esta producción como lleva haciendo con las óperas de la ciudad desde hace más de 200 años. En esta ocasión, sin embargo, toma la excepcional forma de una orquesta de cámara con instrumentos sinfónicos por la que se ha tenido que arreglar expresamente toda la instrumentación original.

I puritani tiene un inicio tenebroso protagonizado por una proyección de tumbas que no casa demasiado con la intención de lo que toca la orquesta. La acción, en lugar de ambientarse en la guerra civil inglesa entre los puritanos y los realistas, toma la forma de una especie de caricatura goth de la convulsa sociedad parisina de los años 30 del siglo XIX. Lo que originariamente representa un canto de guerra se transforma en una oración por la muerte de Bellini que lo glorifica. El repetido tópico “patria, vittoria, honor“, muy presente en las óperas de este periodo, queda eclipsado por una propuesta con proyecciones y aportaciones tecnológicas que resignifica la obra y le da un enfoque creativo original.

La muerte, representada con la figura de una joven mujer con vestido negro, es prácticamente presente en todas las escenas. Un protagonismo que parece intencionado en unos momentos tan oscuros como los que se están viviendo en todo el mundo. La figura del coro, con máscaras negras y vestidos más propios de una noche de Halloween, hace pensar en la extraña dinámica de nuestra colectividad que se adapta y se protege de una amenaza presente cada vez que surge el irremediable deseo de acercarse mutuamente. Una imagen aterradora que, como en muchas obras, adopta la voz del pueblo y, en esta ocasión, en cierta forma, lo representa.

I Puritani a la Ópera de Frankfurt // Foto: Oper Frankfurt

Es curioso escuchar como el público de Frankfurt suelta unos bravo que, lógicamente, suenan diferentes a los de una tierra latina como Cataluña. La claridad lingüística del Don Arturo del tenor Francesco Demuro, protagonista del triángulo amoroso, destaca por encima de la de sus compañeros de escena. La proximidad con la tradición musical centroeuropea y eslava hace que el interés, especialmente fonético, por la lengua italiana sea seguramente menor que en otras partes.

Tanto en Frankfurt como en Barcelona y como en casi todos los lugares del mundo, la gente tiene ganas de volver a disfrutar del ocio, de la cultura, del arte. La reacción de un público ansioso por ver ópera durante la obra genera aplausos antes de tiempo que estorban los finales de algunas arias y recitativos. Esto provoca algunos reproches subidos de tono entre los asistentes que ponen en una posición incómoda al resto del público.

A diferencia de Cataluña, en la ópera de Hessen los artistas pueden disfrutar de las reacciones de la audiencia, ya que el hecho de ir sin mascarilla lo permite. A pesar de la ocupación reducida a un tercio del total, los aplausos suenan mucho más fuerte y fervorosos de lo que proporcionalmente deberían ser.

La gente se entretiene mucho menos a los foyers que en las salas catalanas y no hay bares a la salida de la ópera que acojan parte del público que haga una cerveza, una tradición muy nuestra, para acabar bien el día. Las nueve de la noche es hora de ir de cara a barraca para la sociedad alemana, la poca luz del Abend de septiembre en el país invita a recogerse en casa.

Cuando parece que el interior de la sala queda en silencio absoluto, los gritos de alegría de los artistas se deslizan entre la densa cortina del teatro. Este pase del 20 de Septiembre es el último de la producción en la ciudad. La alegría de culminar tantos esfuerzos, haber conseguido llenar de música la sala y haberlo hecho agotando las entradas, acerca, tanto a los músicos como al público, a la ansiada vuelta a la normalidad. La experiencia germana a la ópera de la ciudad de Frankfurt llega a su punto y final con un eufórico “viva la Opera!” y un implicado “We need to close the hall”.


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Pau Requena
Redactor
@RequenaPau