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La historia de la clásica escrita por mujeres III
Cuando hablamos de compositoras del Barroco, Francesca Caccini y Barbara Strozzi son, indudablemente, los nombres que surgen más rápidamente en nuestra mente. Si bien su legado es importantísimo, en cuanto a la música instrumental necesitamos recuperar una figura que ha sobrevivido, con más dificultades, el paso del tiempo.

Anna Isabella Leonarda, la protagonista de esta tercera edición de La historia de la clásica escrita por mujeres y una compositora clave en el desarrollo de los géneros musicales no vocales, nació en 1620 en la ciudad italiana de Novara. Proveniente de una familia noble de larga tradición piamontesa, Isabella Leonarda —de manera similar al caso de Hildegarda de Bingen— ingresó como novicia a los dieciséis años en el Collegio di Sant’Orsola, un prestigioso convento entre cuyos benefactores se encontraban los Leonardi: se ha especulado en varias ocasiones sobre si este último factor contribuyó al aumento de la influencia de Leonarda en el convento, que a los 66 años se convirtió madre superiora.
Son aproximadamente 200 composiciones las que se atribuyen a Isabella Leonarda, una cifra que la convierte fácilmente en la compositora más prolífica de su época
Son aproximadamente 200 composiciones las que se atribuyen a Isabella Leonarda, una cifra que la convierte fácilmente en la compositora más prolífica de su época. El recorrido educativo musical que tuvo Leonarda es poco conocido: en el convento, posiblemente recibió formación del organista y profesora de música Elisabetta Casata, pero las dos primeras composiciones de Leonarda —publicadas en 1640 en el Terzo libro di sacri concenti de Gasparo Casati— la relacionan también con este compositor, maestro de capilla de la catedral de Novara.
Aunque Isabella Leonarda cultivó casi todos los géneros musicales sacros de su tiempo —especialmente motetes—, destaca mayoritariamente por ser la primera mujer en publicar sonatas instrumentales. A menudo se atribuye a las compositoras la producción de géneros vocales, pero Leonarda fue pionera en trabajar sobre un género que, más tarde, se ha dicho que inspiró Corelli a la hora de establecer la forma estándar de las sonatas preclásicas. Sonata da chiesa, Op. 16 es el histórico logro publicado en 1693 que convierte la compositora barroca en una figura clave en la historia de la clásica: consiste en un conjunto de 12 sonatas con un número de secciones variadas a trío —excepto la nº 12, que es el única escrita para violín solista y bajo continuo.
Todas las obras de esta ilustre e incomparable Isabella Leonarda son tan bellas, tan graciosas, tan brillantes, y a la vez tan entendidas y tan sabias… que me duele no tenerlas todas
Sébastien de Brossard
Leonarda también compuso música para vísperas, misas, motetes en solitario y letanías entre muchos otros géneros en los que demostró unas dotes musicales que, si bien no surgieron en su faceta de intérprete, le fueron reconocidas como compositora —fue muy popular en Novara, aunque su fama no llegó en la misma medida en el resto de lugares de la península italiana: en Francia, sin embargo, fue descubierta en el siglo XVIII por el compositor Sébastien de Brossard, que afirmó: «Todas las obras de esta ilustre e incomparable Isabella Leonarda son tan bellas, tan graciosas, tan brillantes, y a la vez tan entendidas y tan sabias… que me duele no tenerlas todas».
Casi todas las obras de la compositora contienen dos dedicatorias, una a la Virgen y otra para alguna personalidad importante de su época: según Isabella Leonarda, que componía tan sólo en los momentos de ocio que no la ocupaban los deberes administrativos del convento, la primera dedicatoria tenía como principal objetivo mostrar al mundo su devoción por la Virgen —y no conseguir reconocimiento por su propia obra—; la segunda, que incluyó nombres como el del arzobispo de Milán y el Emperador Leopoldo I, fue principalmente motivada por la necesidad de conseguir apoyo financiero para el convento.
Así como Novara ha tenido hombres ilustres en todas las profesiones… tampoco le han faltado mujeres virtuosas que la hagan famosa. Entre ellos brilla con gloriosa fama el nombre de Isabella Leonarda, quien por la singular estima que se le tiene en el arte de la música, con razón podría llamarse la Musa Novarese por excelencia
Lazaro Agostino Cotta
Isabella Leonarda dejó de publicar sus obras en 1700, tras 60 años en activo. Cuatro años después, el 25 de febrero murió a los 83 años. En 1958 fue identificada en un documento del convento como magistra musicae: su rol como maestra de música posiblemente le dio la oportunidad de escuchar su música interpretada por otras monjas. Actualmente, la obra de Leonarda todavía se interpreta en algunos servicios religiosos. Y es que, el legado de la compositora, ya fue bien descrito por Lazaro Agostino Cotta: «así como Novara ha tenido hombres ilustres en todas las profesiones… tampoco le han faltado mujeres virtuosas que la hagan famosa. Entre ellos brilla con gloriosa fama el nombre de Isabella Leonarda, quien por la singular estima que se le tiene en el arte de la música, con razón podría llamarse la Musa Novarese por excelencia».
La recuperación de la obra y la historia de Isabella Leonarda en esta tercera entrega de La historia de la clásica escrita por mujeres constituye un paso más en el conocimiento de repertorio inédito que no sólo hay que valorar desde un punto de vista social —las compositoras han sido olvidadas después de sus tiempos—, sino también desde un punto de vista musical: el enriquecimiento, la importancia y el posterior estudio de todo este repertorio clásico se convierte en una importante herramienta para el seguimiento histórico del valor funcional y social de la música en todos los ámbitos, de la fluidez de las últimas tendencias y los métodos de transmisión que compositores y compositoras han utilizado hasta nuestros días. Ahora, con la presencia de mujeres —que siempre han estado— sobre la mesa, podemos y es nuestro deber explorar la cara escondida de la moneda.
