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La OCM inaugura su temporada en el Palau de la Música con la Coral de Beethoven
Anoche, la Orquesta Sinfónica Camera Musicae dio el disparo de salida a su temporada 2020-21 en el Palau de la Música con la colosal última sinfonía del maestro de los maestros, Beethoven.

No era un reto fácil: la Novena sinfonía del compositor de Bonn se ha escuchado hasta tres veces desde la semana pasada —el 4º movimiento a cargo de la Orquesta del Liceo y bajo la batuta de Dudamel en el mismo Palau— y, a pesar de todo, posiblemente ha sido la que mejor cumplido su objetivo. Durante las últimas semanas, la programación de la Coral de Beethoven ha constituido un mensaje de esperanza para el mundo cultural, que ahora más que nunca necesita todo el apoyo que pueda recibir: tal y como señalaba Aina Vega en un artículo publicado en Barcelona Clásica, «las propuestas que piden los tiempos son inclusivas y democráticas» y la Novena de Tomás Grau y la Camera Musicae ha sido la única que ha contado con una plantilla en su totalidad del kilómetro 0, un gesto hacia los artistas del territorio que, además de simbólico, es efectivo.
la Novena de Tomás Grau y la Camera Musicae ha sido la única que ha contado con una plantilla en su totalidad del kilómetro 0, un gesto hacia los artistas del territorio que, además de simbólico, es efectivo.
Con un escenario claramente marcado por unas circunstancias sanitarias excepcionales —todos los músicos, excepto la sección de vientos, llevaban mascarilla—, la Orquesta Sinfónica Camera Musicae se enfrentó a la partitura de Beethoven con un entusiasmo que contagió a todo el público. La enérgica dirección de Tomàs Grau a veces se vio superada por algunas entradas descontroladas, pero predominó una destacada precisión especialmente en los volúmenes de los dos últimos movimientos, que reflejaron el riguroso estudio que el director había hecho de la partitura.
Marta Mathéu, Tànit Bono, Marc Sala y Josep-Ramon Olivé fueron los solistas que, junto con las voces de un reducido Orfeó Català, llenaron el Palau con su versión del canto más popular de la música clásica. Olivé arrancó con fuerza la exigentíssima parte vocal de la sinfonía, en la que se sumaron el resto de solistas con el desafío de cantar desde el fondo del escenario. Un desafío provocado por las restricciones sanitarias que también obligaron al Orfeó a cantar en una formación que, si bien incómoda y compleja para los cantantes, fue superada con éxito: cantar la Novena Beethoven no es tarea fácil, y hacerlo con los cantores separados por 1’5 metros de distancia y llevando mascarilla no lo hubiéramos creído posible antes del confinamiento. Lo que hicieron ayer los 4 cantantes solistas y el Orfeó fue mostrar que, de calidad y talento, ya tenemos en casa y no hay que buscarlo fuera.

El concierto de ayer fue brillante y el resultado es fruto de un respeto, trabajo y necesidad para con la música que hemos ido alimentado muy especialmente durante estos últimos meses, en los que la cultura se ha revelado como lo esencial para la supervivencia del alma humana. Las restricciones ocasionadas por la pandemia nos negaron la oportunidad de disfrutar de las sonrisas de los músicos en su compenetración tocando y cantando la sinfonía, del calor de ver un coro cantando a la fraternidad de los pueblos en comunión detrás de la orquesta. Pero el enardecimiento estaba; e hizo del concierto una velada memorable.
Ojalá ese fuera el principio de una cuidadosa solidez en la apreciación de nuestros artistas. Porque, repito, el talento está en casa.
