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Descubriendo al hombre y al compositor desconocido
Chaikovski es uno de los compositores que ha sido, afortunadamente, galardonado con una fama mundial que, desde que vivió, ha perdurado hasta nuestros días. Sin embargo, a menudo es relacionado por el público con un mismo conjunto de obras que deja de lado un corpus artístico mucho más extenso en el que podemos encontrar también la personalidad y técnica del compositor y que, a pesar de todo, no es tan interpretado en las salas de conciertos. En este artículo, proponemos cuatro obras que han permanecido a la sombra de las grandes obras sinfónicas de Chaikovski, junto con una serie de anécdotas para que el lector pueda acercarse más a la figura del compositor como persona.
Casi nadie sabe que Chaikovski, indirectamente, tuvo un papel fundamental en el fin del monopolio de la música religiosa que la Capilla Imperial rusa hacía años que custodiaba celosamente. Como en muchas otras ocasiones, Chaikovski informó de este hecho a su patrona, Nadezhda von Meck, explicándole cómo esta institución «rechaza rotundamente todos los nuevos intentos de musicar textos sagrados». Su editor Piotr Jurgenson, sin embargo, le aseguraba que, si él escribía algo para la iglesia, encontraría la manera de evadir esta «extraña ley» y publicaría su música en el extranjero. Cuando Chaikovski tuvo listo el boceto de la Liturgia de San Juan Crisóstomo —el principal oficio de la Iglesia Ortodoxa rusa— para coral sin acompañamiento, Jurgenson no sólo se atrevió a publicarla en el extranjero, sino que, además, se decidió a divulgar la partitura de Chaikovski por Rusia.
En el momento de su publicación, en 1879, y tal y como era de esperar, la Capilla Imperial se apropió de todas las copias en un movimiento que precedió una ardua batalla legal que duró dos años. Finalmente, la justicia se posicionó a favor de Jurgenson y, como consecuencia, de que cualquier artista pudiera componer y publicar música para la iglesia. Junto con la Liturgia de San Juan Crisóstomo —que incluye la “Canción del querubín”, una pieza vocal maravillosa—, Chaikovski compuso en 1881 el oficio Vigilia de toda la noche y 9 piezas religiosas para coro sin acompañamiento. En esta última, se encuentran tres “Himnos del querubín” que adquirieron una gran popularidad en todo el país y que influenciaron enormemente la evolución de la música eclesial posterior.
Chaikovski era un ávido lector, por lo que siempre estableció una intensa relación con el mundo literario. Disfrutaba especialmente las obras de Dickens, Schiller, Pushkin y Gogol y adaptó la historia Francesca de Rímini tal y como lo explica Dante en La divina comedia en una fantasía orquestal con el mismo nombre. Además, conoció personalmente dos grandes pilares de la literatura rusa del siglo XIX, Chejov y Tolstoi. Con el primero coincidió en casa de su hermano Modest el otoño de 1887 y la admiración fue mutua. A Tolstoi lo conoció el invierno de 1876: a pesar de que Chaikovski lo consideraba el más grande de todos los escritores de Rusia, nunca pudo disfrutar de las conversaciones que mantenían sobre arte y, sobre todo, sobre música. Con estas se deshizo en gran medida la imagen que el compositor se había hecho de su contemporáneo, sintiéndose especialmente molesto cuando Tolstoi se refería a Beethoven como un músico “sin talento”. A pesar de estas desavenencias, Chaikovski siempre recordó agradecido y emocionado —«quizá nunca me sentí tan adulado, ni mi orgullo como compositor tan conmovido»— cuando en diciembre de ese mismo año, Tolstoi, «sentado a mi lado escuchando el Andante de mi primer cuarteto, se deshizo en lágrimas».
La fantasía sinfónica La tempestad es la segunda pieza en la que Chaikovski se inspiró en una obra de Shakespeare. Posterior a la famosísima apertura inspirada en la historia de Romeo y Julieta, La tempestad presenta una perfecta combinación entre magia y hechizos y el amor entre dos personajes muy humanos. Los apasionados del cuarto movimiento de la Pastoral de Beethoven no quedarán decepcionados con el caos musical que Chaikovski construye sobre una mar antes calmada. Con el tema de Miranda y Ferdinand, en el que Tchaikovsky nos provee con una de aquellas emotivas melodías que tanto lo caracterizan, La tempestad es una de las obras que vale la pena sacar del cajón del olvido.
Inspirada en el poema de Lord Byron con el mismo nombre, esta es una de las sinfonías menos interpretadas junto con las tres primeras que Chaikovski compuso. Creada entre la Cuarta y la Quinta, en ese momento la Sinfonía Manfred fue considerada por el compositor como «mi mejor obra sinfónica, aunque por su dificultad, impracticabilidad y complejidad está destinada al fracaso, y ser ignorada». Si bien actualmente efectivamente no es la pieza de Chaikovski que llena más programas, antes de que el año de su publicación finalizara, la sinfonía se había podido escuchar tres veces en San Petersburgo e, incluso, había llegado a Nueva York.
Es bien sabido que Chaikovski, además de ser más bien inseguro en cuanto a la composición, tenía una terrible tendencia que le impulsaba a destruir las obras con las que se sentía decepcionado. En la década de los 70 del siglo XIX, Chaikovski destruyó el manuscrito completo de la ópera Voievoda —reconstruïda parcialmente después de la muerte del compositor a partir de bocetos— e, irónicamente, lo mismo sucedió en 1891 con una balada sinfónica con el mismo nombre —«esa porquería nunca debería haberse escrito». El primer concierto para piano es una de las grandes obras que perfectamente hubiera podido terminar en la basura si no hubiese sido porque Chaikovski encontró injustas las duras críticas y crueles caricaturas que le hizo Nikolay Rubinstein: «”No pienso cambiar ninguna nota”, le dije, “¡y lo publicaré tal y como está ahora!” ¡Y así lo hice!» Aunque, como ya se ha dicho antes, al principio Chaikovski se sintió satisfecho con la Sinfonía Manfred, un par de años después de su estreno, al revisarla, Chaikovski sintió que sólo el primer movimiento era digno de ser conservado. Por suerte, a pesar de ello, Jurgenson impidió que destruyera la sinfonía.
Con este ballet nos alejamos de la línea que hasta ahora hemos seguido con obras poco conocidas o interpretadas, dado que El lago de los cisnes es uno de los grandes trabajos sinfónicos por los que se reconoce el compositor. La primera concepción de la obra hay que situarla en el verano de 1871, cuando Chaikovski pasaba las vacaciones en casa de su hermana Alexandra con sus sobrinos. Precisamente para ellos Chaikovski se decidió crear un ballet —música y coreografía— que pasó de ser un proyecto doméstico sin ambición a una de las obras más conocidas del mundo de la clásica. «La puesta en escena fue creada enteramente por el tío Piotr. Fue él quien inventó los pasos y piruetas, y también las bailaba, enseñando a los intérpretes qué quería de ellos»: el hermano de Chaikovski, Modest, que también se encontraba en la reunión familiar, hacía de Príncipe, y Tatyana , la sobrina mayor, interpretaba el papel de Odette.
El amor de Tchaikovsky por la danza era un hecho que no se esforzaba en disimular. En 1876, Camille Saint-Saëns visitó Moscú y ofreció dos conciertos a los que Chaikovski asistió y quedó impresionado. La compatibilidad de caracteres se hizo patente en una anécdota contada por Modest, en la que recuerda que Chaikovski y Saint-Saëns, atraídos por el ballet, «interpretaron en el escenario de la sala principal del Conservatorio un breve ballet entero, Pigmalión [de Rameau ]». El compositor francés, que entonces tenía 40 años, era Galatea; Chaikovski, con 35 años, hizo de Pigmalión. Nikolay Rubinstein se encargó de la dirección orquestal de aquel divertido evento que nunca se volvió a repetir. Cuando Chaikovski viajó a Francia el año siguiente, evitó deliberadamente encontrarse con Saint-Saëns: cuando se encontraron cara a cara, actuaron «como desconocidos, y como tal continuaron».
