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Europa ha sigut sempre un continent on la diversitat i la pluralitat confluïen en una sola idea: el valor intrínsec de l'art
Wilhelm Richard Wagner (1813-1883) es una figura que ha seducido enormemente a todo el abanico ideológico de la historia europea. Dejando de lado las inclinaciones políticas personales que tenía, su personalidad artística ha influenciado voces y obras en el seno de los dos últimos siglos anteriores, generando crítica, admiración y a veces aversión a partes iguales y en un mismo individuo. De Thomas Mann a Bertolt Brecht, pasando por Nietzsche, Anselm Clavé, Joan Maragall, Gabrielle de Annunzio, Franz Liszt, Walter Benjamin y un montón de personajes más que harían de este listado, un listado interminable si tuviéramos que citar todos; la obra de Wagner convierte en el gran espejo cultural del que Europa puede llegar a convertirse. Su obra no es sólo música ni tampoco literatura. No le basta sólo el arte dramático o la danza. Su obra, como bien se lo ha etiquetado, es una «obra total» que abarca todas las artes y, además, las trasciende. La obra de Wagner llega a la pregunta primigenia: la pregunta por la vida. Porque en la constante temática que podemos seguir a lo largo de sus diferentes producciones, el autor termina explicando la vida a través del arte. Es la coyuntura imposible, la radical simbiosis de este árbol tan frondoso que ha sido la mirada europea sobre el ser humano y su razón de ser.

Por eso mismo, Thomas Mann lo calificaba de «artista moderno por excelencia, el gran prosista y simbolista, músico épico» porque era como si, en cierto modo, sus óperas encarnaran en una sola, toda la construcción artística de Europa hasta mediados del siglo XIX. Sus piezas recuperaban el «efecto sin causa» de los trágicos griegos y su economía de medios, al tiempo que se inscribían en el presente más inmediato de la modernidad romántica del momento, que entendía la música como la «única lengua igualmente inteligible por todos los hombres, la potencia conciliadora, la lengua soberana, que resuelve las ideas en sentimientos y ofrece un medio universal del más íntimo», empleando las palabras del compositor y literato. Inscrito plenamente en la ideología Romántica que se opone a la Razón ilustrada, el artista alemán creía que en la ópera, en tanto que se valía de la música y la literatura, era capaz de aproximarse de verdad al que hay más allá del hombre. La literatura, intentándolo decir y la música simbolizándolo pero sin decirlo literalmente.
En esta línea, la ópera wagneriana era la creación romántica por excelencia. Música, literatura se enlazan al unísono y la historia dramática habla de la muerte por aproximarse a la vida. Pensamos en la escena de la muerte de Isolda a una de sus creaciones más referenciadas sobre el romance artúrico de Tristán e Isolda, con título homónimo, y si no es ésta la más vívida de toda la ópera. El espectador se olvida de sí mismo, s’immersa en el amor de los dos protagonistas y vive con Tristán la agonía más profunda por la pérdida del amor. Porque es en la conciencia de la muerte que la existencia se hace más real, más completa. Es el cromatismo que Wagner emplea para rellenar el momento trágico que satura la mirada del público y le provoca la catarsis. Y es, a nivel de estudio y reflexión posterior, su renovación en el lenguaje musical clásico, la suspensión armónica de este instante, que el autor consigue transgrede el canon y se catapulta hacia la modernidad, lo que le hará un nombre para siempre célebre.
Wagner era un artista exageradamente meticuloso a la hora de componer sus óperas. Él mismo se encargaba de escribir el texto, componer su música, documentarse al máximo para ambientar adecuadamente la escena, cuidar del montaje y del vestuario, asesorar a los actores en cuanto a sus gestos, sus interpretaciones y el tono de voz, matizar a la orquesta los crescendo y los forte, los pianíssimo y los silencios, etc. Y además, sus composiciones musicales no carecían además de una filosofía detrás que creía en una civilización donde el arte, la literatura y, sobre todo, la música, fueran el verdadero motor de su desarrollo. Esto significa, como bien apunta Rafael Argullol, construir una verdadera «Weltliteratur» —término de Goethe que alude a una supuesta época en que todas las literaturas regionales se convertirían en una sola—, una verdadera «República de las Letras» que permita a Europa seguirse creando y recreando a sí misma estéticamente. Al contrario de lo que ocurre hoy en día, donde su idea principal es la de progresar tecnológicamente y científica para que esto implica, en definitiva, progreso económico. Una idea que, si bien es cierto que se va forjando desde hace siglos y que ya en la sociedad burguesa de Wagner tiene una centralidad importante, a estas alturas ha adoptado su rostro más descarnado, vacío y acrítico y ha conseguido imponerse finalmente a las demás culturas no-occidentales. Esta actual «Europa en manos de burócratas y funcionarios» al servicio de unos personajes que tienen la acumulación de dinero como primero y último objetivo , que dice Argullol, tiene poco que ver con la Europa que algunos de los padres fundadores de su «idea moderna», como lo podría ser Wagner, tenían en mente cuando lo llamaban y le atribuían una cierta supremacía moral y cultural.
Ahora bien, si deshacemos esta idea de «Europa» con todas las connotaciones que ella misma se ha querido atribuir históricamente, sociológicamente; de todas las etiquetas que se ha puesto en nombre de un progreso técnico superior a los otros continentes, en nombre de una superioridad cuyo criterio no era más que la propia creencia en ella, podríamos resolver que Europa no es más que su arte. Este arte que Wagner simbolizaba en su más álgida potencia. Pero también este arte que es absolutamente diverso en cada punto geográfico pero que también ha sido uno, prioridad para entender el hombre en sociedad. Para entender la vida. Y al mismo tiempo, este arte que, empezando por el mito griego que le da nombre, es un arte que tiene por naturaleza construirse y deconstruir, inventar y re-inventarse, crearse y destruirse destruye eternamente y cíclica. Europa es una aventura que anhela quererse decir como única y que, precisamente cuando lo hace, se desmenuza de nuevo y necesita cuestionarse y decirse diferentemente otra vez. Porque si no, ¿qué es, exactamente, Europa? En un mundo donde todas las verdades han quedado subyugadas al relativismo, donde la respuesta a la crisis de valores de después de la Segunda Guerra Mundial ha sido la incredulidad y la indiferencia; en una Europa que ha dejado de ser una aventura para convertirse en un lugar común, lleno de tópicos, prejuicios, incongruencias y malas gestiones, recuperar, releer, re-interpretar las obras de arte que han fundado su esencia es, quizás, la única solución que prevalece. Como decía Ernst R. Curtius, «aunque fuera demostrable científicamente la idea de la decadencia final de Europa, tendríamos igualmente el deber sagrado de transmitir a quien fuera todo lo que tenemos».
