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Reflexiones en torno el artículo de Víctor Braojos «An Artist of the 21st Century»
Nosotros debemos pensar que somos una de las hojas de un árbol,
y el árbol es toda la humanidad.
No podemos vivir los unos sin los otros, sin el árbol.
— Pau Casals
Una de las frases que más me han impactado en mis cuatro años de estudios universitarios en el grado de Humanidades fue la que formuló, hace dos cursos, uno de los mejores maestros que he tenido en los veinte años de mi formación académica. Betlem Castellà, hablando de la conquista española de México y el Perú entre 1519 y 1541, abrió un debate que aún no había oído a nadie formular anteriormente: ¿fue la Ilustración la única responsable del proceso revolucionario francés que estalló en 1789 y que, finalmente, acabaría con la denominada Época moderna y nos llevaría hacia el nuevo paradigma de una Historia contemporánea? Según explicaba la profesora, también hubo —y ahora volvemos a la cuestión que nos ocupaba durante aquella sesión— una serie de nombres que muy anteriormente se opusieron al sistema de explotación colonial español, defendiendo abiertamente el ius naturalismo de los indígenas, amparándose de argumentos como que estos tenían uso de la razón —la Piedra de Rosetta de toda discusión il·lustrada—, y que como criaturas racionales debían estar amparadas por el derecho natural que les pertenecía: eran titulares de los derechos a su libertad ya nombrar las propias autoridades.

Entender la historia como si se tratara de un fluido de ideas que, dependiendo de la aceptación del conjunto de la sociedad se traducen o no en hechos o acontecimientos —y que es sólo es esa cierta hegemonía de valores o ideales la que nos ha servido para delimitar diferentes etapas históricas—, desmonta el principio básico de la metodología mayoritaria para enseñar historia que nuestra época —es decir, el periodo de años desde que un puñado de personas hemos sido lanzadas al mundo hasta que nos iremos de él, también tirados hacia otro lado o simplemente descompuestos y transformados en alguna otra que otra materia orgánica—, tiene unas características propias y singulares compartidas por todo este cúmulo de gente que hay ahora; en contraposición a los que estuvieron hace un siglo o ciento veinticuatro décadas. En este sentido, las ideas de la Ilustración no eran nuevas del 1700s porque nunca antes nadie había podido reparar en ellas sino que, en cierto modo, existen desde siempre y fueron las circunstancias determinadas las que las intensificaron notablemente porque un espesor social importante —un grueso social privilegiado pero no lo suficiente todavía, podríamos decir—, las reivindicara y esto concluyera en una Revolución Francesa que teñiría la centuria (más o menos) con unas características X, Y y Z.
Entender la historia como si se tratara de un fluido de ideas desmonta el principio básico de la metodología mayoritaria para enseñarla que nuestra época tiene unas características propias y singulares compartidas por todo este cúmulo de gente que hay ahora.
Esta forma de entender los sucesos del hombre en la tierra desde la remota aparición —aparición?— de los primeros homo sapiens, según los datos genéticos aconseguidos hace entre 250.000 y 200.000 años, me ha venido a la mente mientras leía el artículo de Víctor Braojos, «An artist of the 21st Century», la tesis final de Máster en la Guildhall School of Music & Drama de Londres del pianista. Desde un primer momento, Braojos presenta el documento con un enfoque personal, siendo pues las conclusiones que extrae del proceso de autocrítica a su desarrollo personal y artístico durante los dos años que dura el máster, y en general, de toda una vida consagrada a la música clásica. El texto se sirve de la reflexión en torno a los proyectos que ha realizado el artista para establecer los elementos básicos que definirían o se aproximarían a un ideal de «artista del siglo XXI». Si bien es cierto que remarca la imposibilidad de establecer una definición objetiva e inmutable de este concepto, por su constante evolución y porque nos falta perspectiva histórica para hablar de la figura del artista en un siglo el que hace todo justo veinte años que hemos iniciado, el pianista de Cardedeu asienta las tres coordenadas que, a su juicio, determinan la «personalidad artística» de esta centuria: el equilibrio entre la tradición y la creación —una aproximación que tiene mucho en común con los postulados del postmodernistas, tal y como él comenta—, la concepción del artista como narrador de historias —«The performer as a storyteller»— y el carácter obligatorio de este ser un personaje polifacético, que lo denomina «The multifaceted performer».
En el siglo XXI, como artista se debe ser polifacético. Polifacético, que significa saberse vender.
Son la exploración de la técnica «unusual juxtaposition» que culmina en proyectos como Chiaroscuro, la puesta en práctica de la «musical presentation» en, por ejemplo, el recital en la Sala Eutherpe de León el año 2017 interpretando la Sonata en B menor de Liszt, al mismo tiempo que narrando al público las confluencias entre ésta y el mito fáustico de Goethe, pero sobre todo los meses de confinamiento causado por la pandemia del Covid-19 los que le permiten articular tal discurso. Un discurso que se asimila a una de las máximas que se sienten en las esferas artísticas y culturales de nuestros días. Para ser a «today s artist», hay que tener conciencia de pertenecer a un período histórico concreto, de ser «an updated person who is sensitive to the world and the society in which he is living, being consequently able to create and desing his own projects according to this sensitivity », en palabras del pianista.
Llegados a este punto, tal vez sería pertinente preguntarse: ¿Qué es lo que nos hace creer tan diferentes de aquellos otros artistas de los siglos XVIII y XIX que abogaban por una «personalidad artística» que los diferenciaba del resto de la sociedad: individuos excéntricos e incomprendidos por los demás, empujados por una furia de las entrañas que les permitía alimentarse sólo de la pasión y una idea de arte que los sobrepasaba y a la que sólo podían vislumbrar? Y siguiendo esta misma lógica: ¿qué les diferenciaba a estos de sus precedentes, maestros artesanos que trabajaban para que un señor de la iglesia pudiera hacer llegar la historia bíblica a una mayoría de la población que no sabía leer y escribir?
No sé cuál es la respuesta. Puede que no haya respuesta. Lo que sí tengo claro es que la argumentación de Braojos invita a la discusión de qué es y cuál ha sido el papel del artista en la historia de la humanidad y obra la rendija para cuestionar hasta qué punto el mito de el artista romántico es eso, un mito y nada más. Pero al mismo tiempo, un mito que sirvió en su momento de auge para afianzar el diferenciarse de sus precursores. Y que nos sirve también ahora a nosotros para diferenciarnos de nuestros anteriores, alimentando ese otro mito de la evolución irrefrenable de los hombres en la tierra: cada vez mejores, más inteligentes y lúcidos, siempre diferentes de sus antepasados y de todos aquellos que no estan en el mismo estadio de conocimiento del mundo y de la realidad tan elevado que tenemos. Hacia finales del artículo, sin embargo, se siente aquel ruido sutil pero constante y muy compartido que, en el siglo XXI, como artista, —y por tanto, como persona—, hay que ser polifacético. Polifacético, que significa saberse vender porque «one of the most usefull skills that a current performer can develop is learning how to be his / her own promotor».
Con mitos como el del artista romántico alimentamos ese otro mito de la evolución irrefrenable de los hombres en la tierra: cada vez mejores, más inteligentes y lúcidos, siempre diferentes de sus antepasados y de todos aquellos que no estan en el mismo estadio de conocimiento del mundo y de la realidad tan elevado que tenemos.
Más allá de si se trata de promover la obra o, realmente, venderse a uno mismo como personaje —fijémonos con la efectividad que tiene ser un personaje mediático haciendo polémica en las redes—, que nos haría hablar de cuestiones que sólo alargarían esta reflexión hacia puntos que no vienen al caso, como por ejemplo el debate sobre si es posible separar la vida y la obra; me interesa especialmente problematizar una verdad absoluta y enormemente extendida en este nuestro siglo XXI. Actualmente —y siempre— uno no puede vivir si no llega a fin de mes. Mucho nos pese y nos cueste aceptarlo, vivimos en un sistema que exige trabajar para tener un sueldo para comprar la comida para tener un lugar donde dormir o para casi cualquier otra asunto que queramos hacer. Lo que quiero decir es que es obvio que un «artista de profesión» necesita que ser artista sea su profesión. Cobrar un dinero para vivir: muy a menudo, ni más ni menos. Porque si no, como Aina Vega apuntaba a Cómo hablar de lo inefable en tiempo pandémicos, es imposible «pretender vivir (ergo, cobrar), de un trabajo con el que [uno] ayuda —exclusivamente— a enriquecer el [s]u espíritu».
¿No es ésta la expresión álgida de un individualismo que nos ha hecho creer que solos podemos conseguir todo lo que nos proponemos?
En este sentido, las nuevas tecnologías y las redes sociales son idóneas: democratizan el saber y la información, los hacen accesibles para la mayor parte de la sociedad y ofrecen plataformas para visibilizar o visibilizar la obra (es decir, el producto) de una forma prácticamente inédita hasta ahora. Es una utopía. Ahora bien, creo que también es importante preguntarse si no es esa la expresión álgida de un individualismo que nos ha obligado a creer que nosotros solos podemos conseguirlo todo. ¿No es este otro rostro del American dream que nos ha hecho pensar que es posible ascender socialmente y, además, hacerlo todo sin los demás? Y, en última instancia, ¿no es esa la idea que nos ha conducido hacia una realidad connectadíssima siempre y en todo momento pero que nos hace sentir más solos que nunca? Contra el ideal de este «artista del siglo XXI», tal vez hay que recobrar aquella moneda antigua que «la vida colectiva […] es la vida real, [y] no las vidas separadas que llevamos individualmente», tomando las palabras de Virginia Woolf, porque «el paraíso —y no el infierno— siempre son los otros».
