acf domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home1/arinfoco/public_html/website_49f85b7b/wp-includes/functions.php on line 6131WordPress database error: [Table 'arinfoco_barcelonaclassica_wordpress.wp_ppress_plans' doesn't exist]SELECT COUNT(id) FROM wp_ppress_plans WHERE status = 'true'
Error en la base de datos de WordPress: [Table 'arinfoco_barcelonaclassica_wordpress.wp_ppress_meta_data' doesn't exist]SELECT * FROM wp_ppress_meta_data WHERE meta_key = 'content_restrict_data'
Reflexions entorn l’alternativa digital de la música
El ‘Concert Verdi’ del 30 de julio de 2020 fue el último concierto del Festival AprÒpera, el festival de ópera de Sant Cugat a cargo de Marc Sala, director artístico y tenor que desde su debut como Tamino con l’Escola d’Òpera dels Amics de l’Òpera de Sabadell, su carrera profesional no ha parado de crecer, movido por la pasión que este género musical le genera y la motivación personal de acercarlo a todos los públicos. Estos dos elementos son también el incentivo que hizo nacer el festival de conciertos líricos llevados a cabo a través de la aplicación digital Zoom. La ideación del proyecto hacía tiempo que se gestaba. Como Sala explica, hay muchos años y mucha dedicación detrás las producciones que han ido haciendo a lo largo de este julio. De hecho, AprÒpera hace un año que existe: en forma de conferencias en pequeño formato en el Ateneu santcugatenc y en el Teatre Auditori de Sant Cugat que pretendían este ambicioso objetivo de hacer llegar la ópera a todos.

«La agenda quedó trastornada completamente por el coronavirus», confiesa Sala, y la idea de hacer crecer el proyecto de manera sostenible hasta poder transmutar de las charlas en un concierto por trimestre, tuvo que ser abortada de repente. Todo cancelado. «Cuando pasó esto, decidimos convertir el ciclo con los Amics de l’Òpera de Sabadell decidimos reconvertir el ciclo ‘Òpera entre copes’ en un ciclo on-line, con la inestimable colaboración de Amics del Liceu, Teatre-Auditori de Sant Cugat, Casa Orlandai, Amics de l’Òpera de Sabadell y sobre todo la del sumiller Xavier Roig de la tienda Cal Feru de Sant Sadurní d’Anoia, cuya participación fue la casar cada ópera con uno de sus vinos. En estas conferencias participaron los ilustres invitados Carlos Álvarez, Ludovic Tézier, Charles Castronovo, entre otros». Lo que era el inicio de una crisis cultural inédita y que podía suponer, por tanto, la muerte prematura de una iniciativa que apenas estaba naciendo, terminó convirtiéndose en una plataforma nueva de aproximación a la ópera que, de rebote , acercaba el AprÒpera aún más hacia una de sus premisas principales.
«Hicimos una prueba piloto y obtuvimos una sorpresa muy grata: a pesar de ser on-line y de pago, tuvimos una media de 95 personas conectadas. En las dos primeras conferencias, que fueron gratuitas, hubo unas trescientas personas de público. En diez díaz, nuestra Newsletter se cuadruplicó», realza Sala. «Internet fue una especie de salvación». Lo que se presentó como una bofetada y parecía un reto impensable, ha supuesto una re-invención que ha hecho más propenso poder «desmontar prejuicios», a veces inherentes por la aureola que cubre todo lo que se entiende por «clásica» , y procurar por una «proximidad con el artista» real. Incluso la gente mayor, que no ha socializado en esta era dónde lo digital es omnipresente y omnipotente, pudo disfrutar de la interpretación de grandes artistas de renombre catalanes como Sara Blanch, María Hinojosa Sáenz o David Alegret; y de las conversaciones con todos ellos a través del chat, haciendo que el oyente pudiera sentirse —quizás a diferencia del concierto en vivo— un miembro plenamente activo del directo musical.
En muy poco tiempo, el horizonte del AprÒpera había cambiado. Pero no podemos negarlo: el directo físico es insustituible. Más aún en la música clásica que no tiene microfonía. Tal como Marc Sala afirma, en un concierto de clásica hay una especie de magia que recorre desde la boca del intérprete hasta la oreja del público, el sonido se desplaza como si se moviera en un engranaje de hilos invisibles y delicados que hacen estremecer el cuerpo y el alma, siempre y sólo con el propio cuerpo, desde y para la propia piel. Ahora bien, si la otra opción era quedarse sin música durante el que fuera que tuviera que durar aquellos meses de incertidumbre y soledad, la alternativa de la digitalización pesaba más en la balanza que no sus aspectos negativos.
El desconfinament acabó llegando y poder salir la calle —¿salir a caminar! ¿Quien pensaría que pasear libremente habría sido prohibido durante tres meses!?— era también una propuesta seductora para todos. Teníamos cansados los ojos de estar pegados a la pantalla, o es que la inercia nos llevó a querer hacer lo que la rutina nos ofrecía como normalidad? Así pues, a pesar del consumo cultural en Internet aflojó un poco, la programación de las cinco óperas on-line que el festival de óperas había organizado fue todo un éxito. Pero todas las noticias tienen un reverso menos luminoso. Marc Sala matiza que esta democratización de la cultura, sobre todo la música, que Internet ha promovido y que la Covid-19 ha catapultado exponencialmente, parece que deba llevar el requisito de gratuidad económica. Colgar contenido profesional en las redes puede ser liberador, y más en momentos excepcionales donde los vínculos comunitarios pierden su esencia física, y rompe el muro infranqueable de entender la clásica como música culta, elitista e inaccesible; pero también precariza aún más el sector. El trabajo de músico es un trabajo: requiere preparación, esfuerzo, dedicación. Pide muchas horas de estudio y una formación exigente. Es, también, un sector reducido y altamente competitivo. Detrás de la figura del músico, además, hay todo un equipo de personas que han consagrado la parte laboral de su vida no crear sino a que esta creación pueda realizarse, transmitirse, alcanzar su objetivo: conmover al público. Desde técnicos de sonido hasta gestores culturales, el mundo de la clásica es un mundo donde la ocupación laboral trasciende más allá de los muros de lo estrictamente artístico. Y sin ellos, un concierto en vivo tampoco es posible. Así, del mismo modo que no nos cuestionamos que un producto material descubierto y conseguido en Internet valga dinero, tampoco habríamos de suponer que la música en las redes sociales no tenga un coste económico.
Llegados a este punto, es pertinente preguntarnos qué es la realidad. Quizás no es exagerado apostar por creer que durante los tres meses confinados, la realidad era más bien en la pantalla que en la soledad de cuatro paredes haciendo de prisión, monótonas y vacías. Pero si es así, ¿dónde queda «la realidad»? A este lugar abstracto que llamamos Internet o en el lugar físico donde, por ejemplo, se encontraba el pianista Josep Buforn este jueves interpretando Verdi? El auge de contenido de calidad cultural que la Covid-19 catapultó ha evidenciado, aún más, el problema filosófico de nuestro momento: el mundo virtual es, a veces, tan o más real que el mundo físico, y el umbral entre los dos es ambiguo, confuso y mezclado. Negar taxativamente, pues, la realidad virtual no sólo es una apuesta alejada de las preocupaciones y herramientas vigentes actualmente sino que también puede suponer —como se vio entre marzo y junio— la extinción de esta «forma de expresión humana, exclusivamente humana, que es el arte», empleando las palabras de Marc Sala y que, en el fondo, no es más que la propia definición de la necesidad de expresar, de decir algo.
Por otra parte, sin embargo, tampoco se trata de sucumbir a la obligatoriedad de hacer lo que se hace ahora dónde este «se hace ahora» es el imperativo categórico: acrítico, sumiso i estéril. I, además, en trasladar completamente la música a esa realidad de la qual estábamos hablando, tenemos la sensación de que hay algo que le corrompe la esencia, le rompe su elemento constitutivo. En privarle de su fisicidad, de su presencia corporal, la música pierde parte de su «magia», parte de lo que lo ha hecho eterna e inmortal pasando los filtros de la historia y los velos del tiempo y mantenerse, aún, intacta. Sala lo tiene claro: «la obra artística en sí es la que es. No se puede modificar la esencia de la ópera o de la música clásica que ya está compuesta. Siempre habrá las ganas de consumir novedades y eso ocurría antes, ahora y pasará dentro de muchos años, siguiendo la lógica —il·lògica, amenudo— de la especie humana. Pero hay una serie de obras que han llegado para quedarse: si la música es buena siempre habrá alguien que la apreciará de verdad». La cuestión radica, quizás, en pensarla de nuevo sin reinventarla; en augurar nuevas vías de conocimiento de la ópera, poniendo el caso que nos atañe, desde su vertiente histórica y más fiel posible a su nacimiento y al mismo tiempo, hacerlo también desde la más febril actualidad, sabiéndola desde las herramientas y la metodología del siglo XXI. Seguro que la solución no es una y que la pregunta se mantiene abierta durante mucho tiempo. Pero no es, este, el verdadero fondo sin fondo del hecho artístico?
